World News

La historia de Diego: «tengo miedo» (+ Video)

Una pequeña lesión en el dedo de Diego destapó una enfermedad que ni él ni su familia esperaban. Tenía 15 años cuando comenzó el proceso diagnóstico y le confirmaron cáncer. Hoy, a punto de cumplir los 19, ha pasado por cirugías, quimioterapia y ciclos de radiación mientras sostiene su tratamiento en un contexto que se vuelve cada vez más difícil.

Cambiar el concepto de casa es posible cuando los hospitales se convierten en un espacio recurrente. Para Diego Alexander Rodríguez, los viajes desde su natal Villa Clara hasta el Instituto de Oncología en La Habana han impuesto esa sensación. La atención especializada que recibe allí resulta indispensable para su vida, y ahora esos cuidados se ven seriamente amenazados por la decisión imperialista de imponer a Cuba un bloqueo petrolero total.

«Yo tengo miedo a veces de que el equipo se apague o haya alguna complicación. Pero siempre hay que pensar positivo y nunca mirar para atrás, porque no resuelve nada. Hay veces que me siento agobiado con el tratamiento, pero con la compañía que yo tengo, no dispongo de mucho tiempo para pensar en eso», cuenta el joven en la página en Facebook de Naturaleza Secreta.

Su madre, Licet Rodríguez Alonso, es ese apoyo permanente al que Diego alude. Reconoce la calidad humana del personal médico, pero también enfrenta una realidad marcada por traslados interprovinciales, medicamentos difíciles de conseguir y la incertidumbre de que, en un procedimiento en curso, el hospital, simplemente, se detenga.

«Con mi madre al lado, ¿quién se puede sentir mal? Yo estoy muy orgulloso de ella porque, de verdad, hace un trabajo especial», dice Diego.

Desde hace casi cuatro años, su vida transcurre entre ingresos hospitalarios y períodos de recuperación. Ha aprendido a convivir con el cansancio físico y a reorganizar su cotidianidad alrededor de cada ciclo de tratamiento.

«Es increíble, porque el dolor es algo que yo he olvidado muy fácil. Nada más me queda la alegría (…) es un tema de compensación que yo saco a veces. La vida no es fácil, pero uno la sobrelleva».

También piensa en quienes comparten sala con él. Pacientes conectados a equipos que dependen de electricidad constante. «Imagina que a alguien en la terapia se le vaya alguna máquina a la que esté enchufado, ¿me entienden? No es cosa de que puedas esperar un minuto; si un minuto pasa, esa persona fallece. Y no es fácil. Nada fácil».

Hoy Diego continúa su ciclo de radiación mientras espera completar esta etapa del tratamiento. Su historia se mide en procedimientos médicos que deben sostenerse sin interrupciones. Cada sesión depende de transporte, energía, equipos activos y medicamentos disponibles. Para él, como para muchos otros pacientes, la continuidad del cuidado es una ecuación diaria atravesada por condiciones materiales cada vez más frágiles.

A mí nadie me va a donar un barco de combustible

«Comenzamos a atenderlo y lo operaron por primera vez en el Oncológico de Santa Clara. Allí se le hizo un primer esquema de tratamiento, pero cinco meses después continuó con la enfermedad. Cuando tratamos de volver a operar no estaban las condiciones, así que se le hizo una biopsia de la nueva lesión, comenzamos la quimioterapia y vinimos a aplicar radioterapia a La Habana por primera vez», cuenta Licet, quien desde hace casi cuatro años acompaña el tratamiento oncológico de su hijo.

Desde entonces, su vida familiar quedó organizada alrededor de ingresos hospitalarios, períodos de recuperación en Villa Clara y traslados reiterados a la capital. Las radiaciones se realizan en La Habana; las recuperaciones, en su provincia de origen. Diego cumplirá pronto 19 años y, como señala su madre, su edad pediátrica está por concluir.

Utilizan los ómnibus que trasladan a la capital a pacientes para asistir a turnos fijados los lunes, miércoles y jueves. Sin embargo, para la primera operación, ese transporte no fue viable.

«El problema de las ambulancias para provincias se dificulta mucho, pueden pasar semanas sin que venga una a Villa Clara. Tuvimos que venir por nuestros medios y es difícil porque hay que invertir bastante dinero. Como familia, mi esposo, él y yo hacemos lo que hay que hacer en el momento y se busca el dinero como sea por el bienestar de los hijos».

La familia reconoce la atención recibida por parte del personal médico tanto en Santa Clara como en La Habana, en el Instituto de Oncología y Radiología. No obstante, la continuidad del tratamiento está atravesada por factores que exceden lo clínico. Por ejemplo, la eficacia de radioterapia depende del funcionamiento constante de equipos de alto consumo energético.

«¿Cómo no me va a preocupar la situación actual? Diego está en radiaciones. Sin combustible, ¿de qué manera van a echar a andar esos equipos? Si se detiene el hospital, ¿cómo voy a seguirle dándole el tratamiento? Ya estamos en la última etapa; si no hay corriente, no se le puede dar. Es muy, muy difícil. El problema del combustible está rebasando ya todos los límites», cuenta.

Más allá de su hijo, Licet piensa también en otros pacientes, especialmente quienes permanecen en terapia intensiva. «Todo lo mueve la corriente eléctrica; aquí se está jugando con la vida. En pediatría es la vida de niños, es el futuro. Si esto sigue así, nos van a golpear. Rezando estoy para que no pase, porque uno se siente asfixiado con la situación. Hasta ahora he podido resolver muchas cosas, pero el combustible no lo puedo solucionar yo; a mí nadie me va a donar un barco de combustible».

A esta incertidumbre se suma la disponibilidad irregular de medicamentos. En varios momentos ha tenido que adquirirlos fuera del sistema hospitalario. «Agradezco a cuantas amistades tengo porque son medicamentos súper costosos. Para un padre es una carga tratar de buscar esto para lograr la vida de ellos, porque hay que ponerlos cuando toca; de eso depende su vida. Tratamos de pensar positivamente para no tener otra carga más en nuestra mente, pero la preocupación está».

Hoy Licet continúa gestionando transporte, fármacos y acompañamiento médico mientras su hijo completa la última etapa del tratamiento. Su atención depende de electricidad estable, combustible disponible y medicamentos específicos. Con la dedicación de los médicos y enfermeros, ella sabe que puede contar.

Читайте на сайте