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Enrique Herreros, una vida de estupenda carambola

Abc.es 
Alguien que ha escrito un libro titulado 'Polvo eres y en polvo te convertirás' (Edaf, 2018), dedicado a la presencia de cuatro mujeres decisivas en su vida, es alguien que posee una retranca para enmarcar. Enrique Herreros (hijo, como nunca dejó de repetir cuando se le presentaba), le confesó a Andrés Amorós que «todo lo que me ha pasado ha sido pura carambola». Una carambola prodigiosa. Junto a Juan Ignacio García Garzón compartimos numerosas comidas, y el humor y la mala leche -qué bien moteaba Enrique- llenaba de cachondeo la mesa desde el primer plato al postre. Y, claro, el centón de anécdotas, historias, confesiones, amistades y recuerdos le convertía en una enciclopedia andante del cine español y norteamericano. Léanle, es el mejor homenaje. Será un rato memorable. La mirada de Enrique hacia la vida era la de un bon vivant, una dolce vita prolongada, un profesional sin fisuras y a tiempo completo, y un hijo ejemplar. Gran madridista, me lo encontré en el asiento de mi derecha, el miércoles 20 de mayo de 1998, en Ámsterdam, el bendito día de la Séptima, y me confesó, tan emocionado por estar allí, que, con ésta, no se había perdido ninguna final del Madrid . Ninguna. En la tercera, Bruselas, miércoles 28 de mayo 1958 , le ocurrió una de las anécdotas más divertidas que mucho quisieran haber vivido para contarlas. Ese miércoles, como no había entonces pancartas, ni banderas, ni tifos, ni nada, Enrique, con otros colegas, decidió que el Madrid debía tener su correspondiente apoyo abanderado, y ni corto ni perezoso birló una sábana del hotel bruselense donde se había hospedado, y le estampó un glorioso ¡Hala Madrid! y al estadio. Ocurrió que era la única pancarta. Pero no termina ahí, qué va. Como estaba tan enardecido con el que era previsible triunfo del Madrid, y sería la Tercera consecutiva, confundieron un pitido del árbitro con el final, y con la sabana belga saltaron al césped para abrazar a los jugadores, con tan mala fortuna, que el pitido no era el del final y, la verdad, es que bien no terminaron. Eso sí, fueron portada de algún diario, no precisamente español. Con alguien tan entrañable como Enrique, del que uno escribió buena parte de las reseñas sobre sus libros que son legión y todos impecablemente escritos, el tiempo se detenía, las palabras recreaban un mundo envidiable, sí, un mundo de ayer. Ameno, culto, castizo, universal, ligón, gran amigo de sus amigos, su vida sería una carambola, pero, entonces, esta vez, la carambola fue tan estupenda como él. Descanse en paz y si es en una sala de proyección, mejor.

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