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Mil ojos diferentes para leer hoy a 'La señora Dalloway'

Abc.es 
Virginia Woolf escribió 'La señora Dalloway' entre 1922 y 1924, al tiempo que seguía redactando, con todo detalle, sus extraordinarios diarios literarios. Tanto detalle, que buena parte de esos diarios resultarían más tarde imprescindibles (o no) para comprender la compleja estructura de su novela: 'Las horas' (el primer título de que barajó la escritora) interminables de un solo día en la vida de una mujer en Londres, suficientes como para reconstruir su existencia entera. Lo mismo que había formulado unos años antes James Joyce , determinando el tiempo literario de su 'Ulysses' también en un solo día, en este caso en Dublín. 'Ulysses' apareció en 1922, y 'La señora Dalloway', tres años más tarde. Y Woolf dijo de la obra de Joyce que era «brillante pero vulgar»; que su estilo era exhibicionista, y que sobraba énfasis en lo sexual . Aunque se tratara de una obra magistral. Virginia Woolf, como James Joyce, tenía entre sus intenciones literarias la de dinamitar la rígida novela victoriana de su tiempo, marcada por la trama. Así que desarrolló una técnica donde el narrador omnisciente se fundía con el monólogo interior de la protagonista, rompiendo la linealidad de la historia. Todo ello sumado a la expresión de una especie de conciencia colectiva de los personajes, según los sonidos de la ciudad (el Big Ben, los coches, los aviones…) que llegaban a sus oídos. La novela se publicó el 14 de mayo de 1925 en la editorial Hogarth Press, el sello que la propia autora dirigía con su marido, Leonard Woolf : una imprenta casera que les permitía publicar lo que quisieran sin tener que recurrir a las exigencias del mercado tradicional. En la primera edición de la novela, no fueron pocos los críticos que aplaudieron inmediatamente su originalidad formal , así como su capacidad psicológica para penetrar en la vida interior de los personajes, y su trabajo extraordinario con el tiempo real y el tiempo literario. Si bien también tuvo sus detractores, sobre todo aquellos que criticaban la falta de acción, así como la trivialidad del relato. Entre los años cuarenta y sesenta, sin embargo, 'La señora Dalloway' empezó a mirarse como un clásico, y la escritora logró colocarse en el escalafón al lado de un Faulkner o un Proust , o por supuesto un Joyce. Fue a partir de los setenta, con el auge del feminismo, cuando la novela empezó a mirarse desde otras perspectivas, fundamentalmente desde la crítica a la presión social o a la misma opresión del espacio doméstico sufridas por las mujeres en aquel tiempo. En nuestros días, las lecturas que ofrece el mismo texto, sin cambiarle una coma, son de una variedad y un 'aggiornamento' extraordinarios. Desde el señalamiento del momento de deseo homoerótico entre Clarissa, la protagonista, y su amiga Sally, hasta la interpretación del texto como una exposición del trauma sobre la identidad, el género o la propia vida doméstica en la sociedad urbana. Pasando por algo tan de este tiempo como la fragmentación de la experiencia o la sensación de absoluta soledad en plena comunicación con la gente. O por el encierro del ser humano en su propia mente, en los límites de la salud mental . Por no hablar de esa versión 'queer' que abunda en la exploración, por parte de Virginia Woolf, de una identidad sexual fuera de toda clasificación tradicional… Hay para mucho. También en estos días turbulentos, donde los conflictos armados vuelven a estremecernos a todos, el personaje de Septimus Warren Smith, que por cierto Virginia Woolf añadió únicamente al final de su escritura, cobra un protagonismo inusitado representando, además del trauma de la propia inadaptación a la vida cotidiana, el dolor de la herida emocional de la guerra: la incapacidad de los otros para empatizar con él y la presión para que pase página y regrese a la (anormal) normalidad. La fragilidad absoluta, entonces como ahora, de la vida humana frente a un modelo social taxativamente insatisfactorio.

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