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Vicente García en Costa Rica: ¿Dónde quedó la compostura tica? Crónica de un ritual de música

La noche en Parque Viva fue tan sabrosa, que si Miss Universo se hubiera cruzado con Vicente García en el escenario le habría cedido la corona. Lo que pasó este jueves 20 de noviembre en su concierto en Costa Rica fue una celebración dominicana que arrasó con toda compostura tica, pues nos revolcó con merengue, bachata, güira y, tras de todo, nos puso sentimentales… otra vez. ¡Eso no se hace! (sí, con ironía).

Vicente subió a la tarima con Boca e’ Nigua, esa canción que tantas ganas tenía de tocar en nuestro país y que es parte de su disco Puñito de Yocahú. También, abrió el show con la queridísima Bachata en Kingston, la obra maestra que parece como si la bachata hubiera hecho un viaje clandestino a Jamaica, hubiera dormido en un cuarto lleno de vinilos de Bob Marley y, finalmente, despertado en un híbrido raro, improbable y perfecto. Esa dupla musical del inicio fue un aviso directo al corazón, porque con ellas García adelantó lo que tenía preparado para el concierto.

Pero es que “Vicente, eso no se hace”. De principio a fin, el artista jugó con su voz, moldeándola a su gusto, haciéndola rebotar en ritmos ancestrales en un ritual sonoro que le salía de los huesos; una oración al dios Yocahú, del que se sintió su presencia en todo el Anfiteatro Coca-Cola. Vicente lo invocó y él se manifestó.

El dominicano sobre la tarima, acuerpado por Ricardo Muñoz, Juan Sebastián Atehortua, Diego Cadavid, Alex Tripi y Paul Rodríguez —su banda maravillosa— entró en plan de director: no solo de sus músicos, sino del público entero. Vicente movía la mano y Parque Viva se movía con él. Bajaba el hombro y todos bajábamos el hombro. Marcaba la clave, y de pronto Costa Rica entera estaba bailando como si se hubiera criado entre las calles de Santo Domingo. La energía que se formó desde los primeros minutos fue tan fuerte, que era claro que la noche no sería un concierto, sería una ceremonia.

“¡Gracias, Costa Rica, qué rico se siente estar aquí!”, dijo el cantautor al empezar, y fue como si activara un embrujo colectivo.

Un viaje directo a Quisqueya con Vicente García

La noche avanzó y con Entre Luca y Juan Mejía, Vicente hizo otra jugada inesperada con el público. “Eso no se hace, Vicente”. Le dedicó la canción a una joven que se tomó una foto con él previo al show, quien lo conmovió. Y, entonces, aquella trompeta inesperada y dulce hizo que el auditorio en pleno se sintiera como parte de la historia, porque con el gesto, el público se sintió escogido, apadrinado.

El viaje por Quisqueya llevó a los presentes a bailar con un grupo de jazz caribeño, que transformó sus sonidos al folclor dominicano clásico y luego al merengue, todo sonando al borde de la locura rítmica.

La ceremonia siguió al ritmo de Carmesí, Merengue de enramada, Ahí, ahí y Mi balcón. Para cuando iba a iniciar El reperpero, Vicente volvió a mostrar su versatilidad, sacó una armónica y puso al público a aplaudir desde la primera nota. Después viajó entre la guitarra, el sintetizador y el arpegiador, para formar en complicidad del teclado, el bajo, la trompeta y la percusión, esa rareza que es su música.

“Cada vez que voy cantando las canciones que he hecho, me acuerdo de la gente aquí en Costa Rica, y se siente superlindo”, confesó antes de presentar Candela y sí, otra vez: aquello fue una sabrosura.

El mambo violento que no dejó sobrevivientes

El concierto fue de sorpresas. Mambo violento fue apenas la segunda oportunidad para pedir el Puñito de Yocahú en la noche. La potente pieza no dejó a nadie en su lugar, no hubo pies que quedaron quietos ni cinturas que no se movieran con cadencia.

Con Magüá el alboroto se multiplicó. Nadie se resistió, era imposible. Había parejas girando, un niño bailando con su mamá, señoras soltando carcajadas y aplausos y grupos enteros de amigos y amigas que brincaban al son de Vicente.

¿Y Dulcito e’ coco? Ay, no hay forma de que este piezón falte en un concierto de García, y si es en Costa Rica tiene un sentimiento todavía más especial. Así fue como llegó la cantante tica Kumary Sawyers; ella subió al escenario en uno de los momentos más esperados de la velada.

Unos ocho años lleva esta hermandad musical, desde aquella versión maravillosa que grabaron el dominicano y la costarricense en las cataratas de La Paz. Kumary entró con esa naturalidad suya que parece decir “ya ustedes saben lo que viene” y la audiencia la recibió como una hija pródiga de ese Caribe al que Vicente le reza.

La cuota de talento costarricense la completó Mau Madriz, líder de Entrelíneas, quien previo a que el dominicano saliera a escena, calentó el ánimo del público con un set de canciones originales como Corazón atómico, Hasta ver salir el sol, Despiértame al llegar y Hippie. El tico recibió un caluroso reconocimiento del público y salió airoso de la tarima.

Un final para llorar, pero bailando

Los golpes siguieron, no solo de la tambora o del güiro, sino de los pies saltando sobre el suelo y las manos haciendo palmas. La ruta musical continuó con El hijo de Obatalá (un homenaje a Rey Barreto y al orisha de la religión yoruba), Espuma y arrecife y, al final, Te soñé; que esta vez tuvo un aire más de fiesta, muy diferente a lo que hace unos años sonó en el Melico Salazar con Vicente y su banda, acompañados por la Orquesta Filarmónica de Costa Rica.

Fue un cierre emocionante en el que las voces estaban gastadas, pero las gargantas seguían potentes. Costa Rica quedó con el corazón blandito.

Vicente García no solo dio un concierto en nuestro país, dio una clase de identidad sonora caribeña, un recordatorio de lo que significa hacer música con el alma, con la sangre.

Para la despedida, Puñito de Yocahú fue ese adiós de fiesta de amigos, de esos que se encuentran en la sala de una casa haciendo improvisación, muy jazzística, entre piano y palmas. Fue una partida sabrosa, íntima, un momento en los que uno sabe que está viendo algo único.

Así que sí, Vicente: ¿por qué nos hiciste esto? Claro, es que sabés perfectamente que regresarás al país y, seducidos de antemano, todos volveremos a caer.

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