Laura Gallego : «Nunca me he atrevido a hacer del todo lo que yo quería por miedo a no respetar las normas»
Laura Gallego atraviesa uno de los momentos más definitorios de su carrera. La cantante gaditana se encuentra inmersa en la gira de 'La Última Folclórica', el espectáculo con el que está recorriendo algunos de los principales teatros del país y con el que reivindica una copla viva, actual y sin corsés. Dentro de ese recorrido, el próximo día 18 llegará al Cartuja Center CITE de Sevilla, donde presentará el montaje dentro de la programación del Festival Insólito. Tras su paso por escenarios como el Teatro Coliseum de Barcelona, el Teatro de la Zarzuela de Madrid o el Campos Elíseos de Bilbao, Gallego presenta un espectáculo que combina tradición y vanguardia y que funciona tanto como declaración artística como retrato generacional. El montaje dialoga con la memoria del género, pero lo hace desde un lenguaje escénico actual, abierto a otros códigos musicales y visuales. El espectáculo, que nace de la revisión y ampliación del show con el que celebró sus quince años sobre los escenarios, se presenta ahora como una versión más depurada y ambiciosa. «Ahora estamos dentro de la nueva era total», explica la cantante, que define 'La Última Folclórica' como «un concierto bastante mejorado» , con nuevos efectos, cambios escénicos y una narrativa más clara. «Por eso se llama igual: aunque no venimos celebrando los quince años, seguimos estando de celebración». El título, sin embargo, encierra una lectura menos festiva y más reflexiva. 'La Última Folclórica' no es una pose ni una provocación gratuita, sino el resultado de un diagnóstico generacional. «Es un acto de nominación que yo me hago», señala Gallego, que durante años buscó voces jóvenes con las que compartir la copla y dar continuidad al género. «Me di cuenta de que ya ni hay escuelas de copla ni gente que quiera dedicarse a esto . Hay consumidores, sí, pero nadie que me continúe». Para Gallego, el género necesitaba algo más que respeto: necesitaba un zarandeo. Y lo dice sin miedo a las comparaciones. « Cuando Camarón revolucionó el flamenco, de primeras no fue bien visto , pero luego se entendió que era lo que el flamenco necesitaba». Con la copla —defiende— ha pasado algo parecido: ha quedado atrapada en una época, asociada a una ideología, a una memoria ajena. «Todavía queda gente que dice: «sí, a mi abuela le gustaba mucho la copla»». Como si fuera una herencia polvorienta y no una emoción vigente. Su revolución no pasa por negar la tradición, sino por usarla como trampolín. « Mi voz suena a copla por eso puedo atreverme a experimentar ». Lo hace desde la música, pero también desde la imagen. La copla, recuerda, estaba «muy encorsetada, muy incómoda y muy poco divertida». Ella ha decidido abrir ventanas: jazz, tango, techno, látex, gafas de sol, bata de cola. Todo cabe. O casi todo. «Para mí, más es más. Nada me parece excesivo». Ese exceso no es gratuito. En su vestuario conviven las peinetas de siempre con guiños contemporáneos; el caracolillo de Estrellita Castro aparece aunque el traje sea corto o el pantalón sustituya a la falda. «Siempre hay elementos muy icónicos para que todo el mundo sienta que la esencia está presente. Pero evolucionada». La copla, insiste, fue moderna antes que nadie. «Fue el primer género que habló de prostitución, de infidelidad, de sexo». El problema no es lo que decía, sino cómo suena hoy. Algunas letras, reconoce, son difíciles de traer al presente sin incomodidad. «Hay coplas muy complicadas de desprender y de traducir a nuestra época». Su solución no es edulcorar, sino resignificar. Cambiar el punto de vista, el cuerpo que canta, la intención. Ese cuerpo es ahora libre. No siempre lo fue. « Nunca me he atrevido a hacer del todo lo que yo quería por miedo a no respetar las normas». Hasta que un día decidió romperlas todas. «Le di una patada al armario y dije: yo no soy esto, porque yo soy un circo». En el escenario, esa libertad se nota. La entrada es hipnótica; el final, una fiesta. Laura se convierte en DJ y observa al público bailar. «Disfruto solo de verle la cara a la gente». Cada bloque musical activa a un sector distinto de la sala. «Es muy guay ver cómo cada copla va despertando a una parte del público». Cuando se le pregunta qué le ha enseñado la copla que no le haya enseñado ningún otro género, no duda: «A vivir sin miedo y sin límites». La copla —dice— cuenta historias completas, con introducción, nudo y desenlace. «Drama sin escrúpulos. Sentimientos en el sentido más doloroso de la palabra». De ahí aprendió a sentirlo todo y a ponerle pasión a todo. Cuando mira a la Laura de 16 años que ganó 'Se llama Copla'. «Me diría: estás como una cabra , esto no lo hago ni loca». Pero también, asegura, se reconocería. «Me vería como el sueño de su vida». Y eso, quizá, sea lo más revolucionario de todo: haber llegado a un lugar donde tradición y deseo ya no se contradicen.