El fracaso estratégico de Trump en Venezuela
Quien lea el encabezado de este texto podría pensar que no entendí lo ocurrido en la incursión militar de Estados Unidos que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a la justicia norteamericana.
La interpretación dominante es que la operación fue un éxito: una acción quirúrgica, sin bajas estadounidenses, que logró su objetivo inmediato.
Pero el error está en confundir el éxito táctico con el éxito estratégico. La pregunta relevante no es si la operación militar funcionó, sino qué buscaba realmente Donald Trump en Venezuela y si esos objetivos están más cerca de cumplirse hoy que hace dos semanas.
¿Restaurar la democracia? ¿Asegurar el control del petróleo venezolano? ¿Desplazar a China del hemisferio occidental? ¿Ganar puntos políticos en casa? Visto desde cualquiera de esos ángulos, el saldo hasta ahora es, cuando menos, decepcionante.
Comencemos por el petróleo, que muchos consideran el objetivo central. Venezuela presume reservas superiores a 300 mil millones de barriles, las mayores del mundo. Sin embargo, estimaciones independientes sugieren cifras mucho menores, quizá en torno a 80 mil millones, y aun esas son inciertas. La calidad del crudo, el deterioro de la infraestructura y el rezago tecnológico elevan los costos de extracción a niveles poco atractivos.
Esto quedó de manifiesto en la reunión del viernes pasado entre Trump y directivos de petroleras estadounidenses. La respuesta fue cautelosa. Las empresas no tienen claridad sobre la rentabilidad de invertir en un país con instituciones frágiles, alta inestabilidad política y un entorno global marcado por la transición energética. En un mundo que avanza —no sin tropiezos— hacia menores emisiones, apostar a proyectos petroleros de largo plazo es cada vez más riesgoso. El petróleo venezolano podría terminar siendo, para Trump, un espejismo.
En el frente político interno, el panorama tampoco es alentador. La declaración hecha al New York Times, sugiriendo que Estados Unidos podría hacerse cargo de Venezuela durante muchos años, encendió focos de alerta entre los votantes. Las encuestas muestran una opinión pública cansada de intervenciones externas y reacia a nuevos compromisos prolongados. No es menor: la promesa de evitar “guerras interminables” fue una de las claves del triunfo de Trump.
Este giro puede tener costos electorales para los republicanos en las elecciones intermedias de noviembre. Y si algunos legisladores perciben que la lealtad incondicional al presidente pone en riesgo su permanencia en el Congreso, podrían aparecer fisuras en un bloque que hasta ahora ha sido notablemente disciplinado.
Trump parece haber asumido que bastaba con retirar a Maduro para desmantelar al Estado chavista. Es una simplificación peligrosa. Si el nuevo gobierno encabezado por Delcy Rodríguez es percibido como un mero instrumento de Washington —como el propio Trump ha insinuado—, el riesgo de fracturas internas, inestabilidad y violencia aumenta. Un escenario así podría hacer inviable cualquier intento de reconstrucción política y económica.
En el terreno geopolítico, el balance es aún más cuestionable. Lejos de erradicar la influencia china en la región, la intervención podría reforzarla. China es hoy el principal socio comercial de buena parte de América Latina. Las cadenas de suministro, las inversiones y los flujos financieros no se deshacen por decreto. La reciente reunión entre el embajador chino en Venezuela y la presidenta Rodríguez es una señal clara de continuidad.
Peor aún, la acción estadounidense puede exacerbar impulsos nacionalistas y sentimientos antiamericanos en varios países de la región, empujándolos a estrechar lazos con China como contrapeso. El resultado podría ser exactamente el opuesto al buscado.
A una semana de la intervención, la historia aún no está cerrada. Pero si algo empieza a delinearse es que, más allá del golpe inicial, Trump podría haber ganado una batalla táctica mientras pierde la guerra estratégica.
Y ese es, muchas veces, el fracaso más costoso.