Trump: un antes y un después
Desde el Congreso de Viena de 1815, celebrado tras el colapso del orden napoleónico, el mundo moderno entendió una verdad elemental: ningún imperio, ninguna potencia y ninguna guerra pueden sostenerse indefinidamente sin mecanismos de contención. La historia del poder no ha sido sólo la historia de la violencia, sino también la de los intentos –torpes, incompletos y frágiles– por construir espacios donde la política sustituyera al cañón como último recurso. Cada gran conflicto dejó tras de sí no sólo ruinas y muertos, sino también la conciencia de que, sin reglas compartidas, la barbarie termina por devorarlo todo.
El siglo XX, con más de 100 millones de muertos a causa de las dos guerras mundiales, no fue suficiente advertencia para impedir que el sonido de los cañones –ahora convertidos en misiles de largo alcance– volvieran a anunciar nuevas guerras. En su momento, de las cenizas del recuerdo emergió un entramado institucional diseñado precisamente para evitar que el mundo regresara a la lógica de las trincheras. Con todas sus limitaciones, ese sistema ofrecía alternativas: diálogo antes que guerra, alianzas antes que exterminio, diplomacia antes que imposición.
Estados Unidos fue una pieza central en esa construcción, aunque su relación con las guerras siempre estuvo marcada por la ambigüedad. En ambos conflictos mundiales evitó intervenir hasta que la realidad lo hizo imposible. En la Primera Guerra Mundial, la guerra submarina alemana y la muerte de ciudadanos estadounidenses forzaron la entrada. En la Segunda, el ataque a Pearl Harbor eliminó cualquier margen para la neutralidad. No fue una vocación belicista, sino la comprensión de que el aislamiento absoluto era una ilusión peligrosa.
De esa experiencia nació una convicción estratégica: el poder debía institucionalizarse. La creación de Naciones Unidas, concebida en San Francisco como un foro permanente de prevención y negociación, respondió a ese principio. Estados Unidos, que había aprendido que la hegemonía sin reglas conduce al caos, invirtió durante décadas no sólo en capacidades militares, sino en arquitectura política, diplomática, académica e intelectual. La paz se entendió como un bien que debía administrarse, no improvisarse. Incluso en el plano económico, la creación de la Reserva Federal en 1913 reflejó la voluntad de someter el poder financiero a un marco institucional, no de abandonarlo al capricho privado.
Ese legado, imperfecto pero civilizatorio, hoy está en crisis y en entredicho. Cuarenta y ocho horas después de anunciar una acusación por narcoterrorismo contra el presidente –ilegítimo, pero en funciones– de Venezuela, Washington dejó claro que una etapa había concluido. No se trató únicamente de una decisión jurídica o política puntual, sino de un mensaje estratégico: las reglas pueden suspenderse, la soberanía puede relativizarse y el diálogo puede ser reemplazado por la coerción directa.
Con ese gesto e intervención no sólo se rompió una tradición de casi 80 años de política exterior estadounidense, sino más de un siglo de esfuerzos por construir mecanismos que amortiguaran la violencia sistémica. Se abandona la idea de que el orden internacional debe preservarse incluso cuando resulta incómodo. Se renuncia, en los hechos, al principio de que el fin no justifica cualquier medio.
No estamos ante una nueva era; estamos ante la reducción brutal de la política a una ecuación primaria: te capturo, te juzgo, te condiciono y permito que gobiernes únicamente si obedeces. El trasfondo no se oculta ni se disfraza. Petróleo. Petróleo. Y más petróleo.
En la historia contemporánea, sin duda alguna, hay un antes y un después de Trump.
Desde el inicio de esta etapa, simbólicamente inaugurada con el año 2026, ciertos conceptos han desaparecido del discurso central. Ya no se habla de democracia. Ya no se habla de derechos humanos. Ya no se habla de presos políticos. Hoy el foco está puesto en Venezuela, pero sería ingenuo pensar que se trata de una excepción. También, en un segundo plano –por ahora silencioso, pero no por ello menos importante ni potencialmente peligroso– está Ucrania, Taiwán y lo que pueda suceder con las reacciones efectuadas por la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping o la creciente inestabilidad de países como Irán.
En esta nueva era inaugurada por Donald Trump, cualquier país que vuelva a interponerse violentamente en la defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos corre el riesgo de recibir el mismo tratamiento que recibió Nicolás Maduro.
Existen dos tipos de aislacionismo. El primero, de carácter histórico, respondía al rechazo del pueblo estadounidense a involucrarse en guerras ajenas. El segundo es más profundo y corrosivo: el aislamiento del lenguaje, de la narrativa y de la estructura de gobierno respecto del resto del mundo. Cuando eso ocurre, el entendimiento deja de ser una opción y la fuerza se convierte en el único idioma disponible.
Conviene no engañarse. En esta era Trump, el pacto de la solidaridad internacional se ha roto. Se ha roto también el compromiso, siempre imperfecto pero necesario, de intentar que el mundo fuera un lugar gobernado por algo más que la ley del más fuerte.
No se trata de una ruptura repentina ni de un accidente coyuntural, sino del abandono consciente de una lógica que, con todas sus contradicciones, había contenido los excesos del poder durante décadas. Lo que se desmorona no es sólo un conjunto de normas o instituciones, sino la convicción de que la fuerza debía estar limitada por principios, y de que incluso los vencedores tenían obligaciones frente al sistema que decían liderar. En su lugar emerge un orden más crudo, donde la legitimidad ya no se construye mediante consensos, sino mediante hechos consumados, y donde el mensaje es inequívoco: quien puede, manda e impone; quien no, se adapta o desaparece. Este no es el regreso a un pasado remoto, sino la renuncia completa y total a las lecciones aprendidas tras las grandes catástrofes del siglo XX.
Descanse en paz la era de la cooperación y la diplomacia internacional.