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Situación inmadura

Abc.es 
Vaya por delante que el secuestro de Maduro me hizo sintonizar con el nutrido número de venezolanos que se reunieron a celebrarlo en la Puerta del Sol, dando por hecho que había comenzado la transición democrática en su país. No es menos cierto que mis años de brega con la Filosofía del Derecho y los menesteres constitucionales no dejaban de recordarme que el fin no justifica los medios y a consolidar mi convicción de que el Derecho Internacional Público no debe dejar de dar pie a una asignatura de obligado conocimiento y no convertirse en un novedoso capítulo de la Historia del Derecho. En todo caso, no dudo de que la operación llevada a cabo acabará justificando, más pronto que tarde, una apasionante película de acción, que superará algunas anteriores. No es lo mismo llevarse por delante a tiro limpio a Bin Laden que 'extraer' de su peripatético escondrijo a Maduro vivito y coleando, con su pareja incorporada. Debo reconocer, sin embargo, que mi percepción de la peripecia se ha visto fuertemente condicionada por mis recientes lecturas sobre nuestra Transición democrática, que para los de mi generación es sin duda la circunstancia más digna de recuerdo de nuestra vida. Tras leer otros libros suyos anteriores, estoy poniendo fin al 'Memorial de transiciones (1939-1978)' de Juan Antonio Ortega Díaz Ambrona; con sus afinados retratos de las principales figuras del proceso, rebosantes de crítica, afecto y no poco sentido del humor. Tengo también sobre la mesa 'La sombra de Suárez' de Eduardo Navarro; libro en el que puso más que el prólogo mi inolvidable amigo Jorge Trías Sagnier, al que, antes de conocerlo, admiré por sus columnas jurídicas en ABC, sin saber que acabaría siendo su vecino de escaño. Mucho me temo que libros similares sobre la situación venezolana tardarán en caer , a juzgar por el menudeo de noticias. A su principal actual protagonista –puestos a encontrarle alguna virtud– habría que reconocerle una envidiable sinceridad. Nos promete que dirigirá Venezuela hasta una transición y controlará su petróleo. El problema es, en este caso, que el orden de los factores puede alterar el producto. Casualmente para el segundo ya ha calibrado fecha; unos dieciocho meses. El presunto primero queda 'ad calendas grecas'. Su prioritaria preocupación es la estabilidad del país; como si a Maduro se le pudiera achacar inestabilidad alguna, después de llevarse por delante a todo el que le pareciera inestable. La sufrida oposición democrática queda claramente descartada, porque podría alterar la cronología del petróleo. Trump no duda en mostrarse sincero y pone cada objetivo en su sitio: lo que queremos es arreglar el sector petrolero, después arreglar el país y después, elecciones; todo por su orden. Al parecer, lo que más urgentemente exige arreglo es la penosa situación de los pozos petrolíferos, tras haber alejado el chavismo a los que los hicieron rendir, sustituyéndolos por afines que rivalizaban en ineptitud y corrupción. Pero Trump lo tiene claro: el estará al mando. Lo asombroso es a quién ha elegido para estar a la orden. No me imagino a doña Delcy –la de las maletas– haciendo un Adolfo Suárez. Este logró credibilidad legalizando a la oposición democrática y no ocultando actas electorales. Habrá que atenerse a los hechos. Por lo pronto va combinando sospechas de traición con una devota afirmación rebosante de independencia: mi destino no lo decide sino Dios. Los que la han convertido en presidenta no opinan lo mismo: somos una superpotencia y, con el presidente Trump, nos comportaremos como tal. Mis lecturas sobre la Transición democrática española me han refrescado la tensión entre los que defendían al Movimiento, considerando a los partidos como fuente de todos los males, y los que se esforzaban en hacerlos realidad. Trump, que ha considerado al régimen chavista como un narcoestado , elige a su vicepresidenta como clave de la estabilidad exigida por la productividad petrolera. A fuer de rocoso, nada más estable, sin duda, que un partido único. ¿Es pensable, con ese punto de salida, convertirla en la promotora de algo parecido a la Ley de la Reforma Política, que abriría la puerta de nuestro proceso constituyente? Con este panorama, la sufrida oposición democrática, que tras ganar las elecciones se ve obligada a recurrir a la clandestinidad, es tratada como una fuente de problemas que acabarían distrayendo de los objetivos petrolíferos, o incluso impidiéndolos. Atribuir todo a una mala digestión del Nobel de la Paz por parte de su autodeclarado candidato no viene a cuento. Veremos en qué se traduce el estar al mando. No falta en Norteamérica amplia experiencia de trato con dictaduras. Volviendo al caso español, no se recuerdan contrapartidas en la política interna para compensar la instalación de las bases militares en España. Bastó con suavizar el ostracismo internacional al que se veía sometido el régimen. Salvo que se les atribuya algún papel en la eliminación de Carrero a esos servicios de inteligencia, que tan eficaces acaban de mostrarse. La oposición democrática interna se vio, sobre todo, alimentada desde Alemania por fundaciones o empresas afines a los conservadores de la CDU y la CSU, los socialistas del SPD o incluso los liberales del FDP. Recuerdo cómo, cuando la Transición comenzaba a despuntar, siendo director del granadino Colegio Mayor Albayzín, el gobernador civil suspendió una anunciada conferencia de José María Areilza, uno de los aspirantes a encabezarla. La presión llegaba al extremo de que hubo también reticencias oficiales porque, en una mesa redonda con corresponsales extranjeros en el mismo lugar, uno de los participantes había aludido a Comisiones Obreras sin acompañar la cita con el obligado prefijo de ilegales. Para superar los problemas venezolanos habría que husmear en su nomenclatura para encontrar, no solo un Adolfo Suárez sino –antes que él– un Fernández Miranda y, sobre todo –antes y después– un Rey Juan Carlos capaz de tejer un consenso entre líderes del más variado color y de situar en el lugar adecuado a un Ejército con integrantes no menos dispares. No veo a Delcy logrando algo parecido, sobre todo porque su aprecio al consenso tendría que haberlo aprendido de Rodríguez Zapatero , su más conocido mentor, que más bien habrá podido ilustrarla en las bondades de una polarización que desentierre todo aquello que ayude eficazmente a desunir. Al fin y al cabo, la Transición democrática en España se decidió entre españoles, acuciados por el recuerdo de una caótica polarización que acabó degenerando en guerra civil. En el caso venezolano, se ha pasado de que se ignore una –no formalmente controvertida– victoria electoral, lograda en palmarias condiciones de desigualdad, a que un Estado extranjero decida a tiro limpio que ha tenido a bien enriquecerles, repartiéndose con ellos sus recursos a su gusto y antojo. La situación puede acabar, por demás, afectando también fuera del ámbito venezolano, una vez convertidos en rutinarios los atropellos al Derecho Internacional. A nadie podrá sorprender que, una vez enarbolada la condición de superpotencia, los que aspiren a disfrutar de calidad de tal se presten a actuar con idéntica soltura al respecto. Ucrania y Taiwan deben pues tentarse la ropa. Si no se respeta a Europa, señalando a Groenlandia como el próximo objetivo, sin más fundamento que el esto es lo que hay; con qué argumentos podrán contar con apoyo norteamericano esos países frente a quienes manejen similar discurso.

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