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Las protestas de Irán, en mapas: por qué esta vez son diferentes y qué salidas tiene un régimen con "anticuerpos"

Los analistas señalan el carácter extensivo y transversal de las manifestaciones, más fuertes que las producidas en 2022 a raíz de la muerte de Mahsa Amini en custodia policial

El gobierno de Irán reprime con crudeza las crecientes protestas ciudadanas: “Las calles están llenas de sangre”

Las protestas ciudadanas continúan en Irán tras más de dos semanas de movilizaciones que el Gobierno iraní ha reprimido con creciente virulencia. Ante el silencio del Gobierno, un cargo anónimo del Ejecutivo ha ofrecido una primera cifra de fallecidos: 2.000 personas en todo el país, que el régimen achaca a los “terroristas” alineados con los enemigos de la nación. La ONG con base en Estados Unidos Human Rights Activists News Agency también ha cifrado las víctimas en al menos 2.000 en poco más de dos semanas.

Comprobar la información resulta complicado en un contexto de bloqueo informativo absoluto. El Gobierno decretó el jueves 8 un efectivo cierre de Internet del que no se ha librado la conexión con los satélites Starlink de Elon Musk, lo que ha dificultado el recuento de las manifestaciones en estos gráficos y mapas. Desde entonces, los datos sobre la magnitud y localización de las protestas —que se habían extendido por el país, incluso por zonas de tradicional apoyo al régimen— llegan a cuentagotas.

Con todo, los mapas elaborados por elDiario.es a partir de los datos del Institute for the Study of War (ISW), think tank con sede en EEUU, señalan el carácter generalizado del movimiento, incluso descontando las informaciones que la organización señala como de menor fiabilidad por el origen de los datos o las pruebas facilitadas.



Ameneh Mehvar, analista sénior del centro de análisis y estudios ACLED (Armed Conflict Location & Event Data), señala que estos son los disturbios internos más importantes que han sacudido Irán en años, muy por encima, por ejemplo, de los producidos en 2022 a raíz de la muerte de la joven Mahsa Amini en custodia policial. Entonces se registraron, según explica, “más de 300 protestas en casi 130 localidades en los primeros 13 días”. En las actuales movilizaciones y hasta el 9 de enero, las estadísticas recogían más de 460 protestas en las 31 provincias del país, en más de 200 localidades.

Coincide en esta apreciación Samuele Abrami, investigador principal del Barcelona Center for International Affairs (CIDOB). “La transversalidad social y geográfica es una novedad. Es notable que se suman estudiantes, profesionales e, incluso, gente de ciudades y pueblos tradicionalmente más leales al régimen de los ayatolás, como Qom, Mashad o la región de Balochistán. Las protestas del movimiento verde de 2009 y las de 2022 tenían un marco ideológico-político más preciso”, relata.

Un régimen con capacidad de resistencia

Pese a que algunas de las reivindicaciones coreadas durante las movilizaciones han llamado en ocasiones a la caída del sistema teocrático, el régimen de los ayatolás no se enfrenta a un colapso inminente, según los expertos. “El régimen está mostrando que puede mantener una capacidad represiva” cimentada en sus más de 45 años de poder, entiende Abrami, que cree que el sistema acumula “los anticuerpos para reprimir y para resistir”.

Mehvar abunda en el análisis de la solidez del gobierno de los ayatolás. “Las protestas suponen un serio desafío para la legitimidad y la estabilidad de la República Islámica, pero esto no significa que el colapso del régimen sea inminente. El Estado iraní conserva una amplia capacidad coercitiva y sigue mostrando su disposición a utilizar la fuerza contra los manifestantes”, explica.

La experta advierte, en ese sentido, de que “la movilización ha carecido hasta ahora de la cohesión organizativa y el liderazgo interno necesarios para plantear un desafío inmediato a la supervivencia del régimen (la oposición fuera de Irán, por ejemplo [del hijo del sha de Persia], Reza Pahlavi, no ha demostrado hasta ahora capacidad organizativa, sino que ha desempeñado un papel principalmente inspirador). Es importante señalar que aún no han surgido fracturas dentro de la élite política o las fuerzas de seguridad, al menos ninguna que sea visible desde el exterior”, plantea.



La verborrea de Trump es contraproducente

Tras contribuir decisivamente, con el bombardeo de las principales instalaciones nucleares iraníes, a la guerra de Israel contra Irán del verano pasado, el presidente de EEUU, Donald Trump, amenaza ahora con nuevas acciones para detener la represión violenta del Gobierno de los manifestantes. Este martes volvió a llamar a las protestas y avisó de que reprimirlas costará caro al régimen.

Pero este discurso puede tener el efecto contrario al deseado, según Abrami. “Creo que tiene un doble efecto porque, por un lado, puede disuadir al régimen de seguir utilizando la fuerza para reprimir las protestas pero, por otro, refuerza el relato oficial que presenta a los manifestantes como títeres de Occidente. Esta retórica puede ser utilizada para justificar la represión y movilizar a los sectores más conservadores”, observa.

El diagnóstico es similar al que ofrece Mehvar, para quien la cuestión central “no es lo que Washington puede hacer, sino lo que pretende conseguir. Si el objetivo es un cambio de régimen, la experiencia reciente sugiere que los ataques aéreos o la fuerza simbólica probablemente no produzcan ese resultado, que depende principalmente de una dinámica interna prolongada más que de una acción militar externa”.

“Si el objetivo es, en cambio, forzar un nuevo acuerdo nuclear, el momento actual —marcado por la tensión económica, la presión regional y los disturbios internos— puede ofrecer una ventaja. Al mismo tiempo, cualquier ataque conlleva un riesgo real de escalada: los funcionarios iraníes ya han advertido de que un ataque provocaría represalias, también contra Israel, y un régimen sometido a una presión aguda podría responder de forma impredecible”, indica la analista de ACLED.



El cerrojazo de las comunicaciones impide conocer con exactitud si las protestas seguirán cobrando fuerza como esperan Trump e Israel, pero el último informe del ISW sugiere que hay indicios de que no amainan, como informaciones de medios iraníes vinculados al Ejército que el lunes planteaban el posible despliegue de fuerzas militares o una mayor dificultad para la represión en las áreas menos densamente pobladas.

Abrami señala, en ese sentido, el papel de la diáspora. “Creo que en los días inmediatos las protestas seguirán, [espoleadas] por la diáspora iraní, que es fuerte en Europa y en ciertos lugares de EEUU, y es una diáspora también formada por una élite de profesores y de gente que tiene capacidad también de presionar a la comunidad internacional”.

La reacción internacional se ve, más allá de Trump, en declaraciones como las del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, que el martes reclamó que se ponga fin “al asesinato de manifestantes pacíficos”, y juzgó “inaceptable tildar a los manifestantes de 'terroristas' para justificar la violencia contra ellos”, además de declararse “horrorizado por la creciente violencia dirigida por las fuerzas de seguridad contra los manifestantes en todo Irán”.

En el futuro cercano, Abrami prevé cambios estéticos en la estructura del régimen para sofocar el descontento, más que reformas en el sistema. “Es más que probable el cambio de algunas figuras, tanto en el ala religiosa —el ayatolá [Jamenei] es demasiado viejo— como en la política. Mehvar también ve factible que ”la decapitación del liderazgo pueda reestructurar el equilibrio de poder entre las facciones pragmáticas y las de línea dura dentro de la élite gobernante“.

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