Del sueño al desencanto: así se vivió la final de Marruecos en el barrio de Lamine Yamal
Del Estadio Príncipe Moulay Abdellah de Rabat a Barcelona hay casi 1.500 kilómetros, pero en algunas zonas de la provincia los marroquíes no han sentido tan lejas su hogar en esta final de la Copa de África . Entre hariras (sopa) y tés de hierbabuena -nada de alcohol- se ha vivido el partido en el emblemático bar 'Familia LY 304' de Rocafonda (Mataró), barrio en el que se crió Lamine Yamal y cuyo código postal es la razón de su usual celebración. Este bar, forrado con imágenes del '10' culé y orgulloso expositor de sus camisetas firmadas, lo regenta el tío del futbolista, Abdul Nasraoui. Abrió el establecimiento hace tres años, coincidiendo con la explosión de Yamal. Como para tantos otros marroquíes, para Abdelhale, natural de Rabat y desde hace 19 años residente de Rocafonda, este bar es su lugar de confianza para seguir acompañado de compatriotas los partidos de Marruecos, pues su familia sigue en el país magrebí. «Marruecos está mejorando mucho en fútbol. Han hecho campos nuevos para el Mundial y tenemos un equipo joven y prometedor», comenta. Tres cuartos de hora antes del inicio del encuentro, el establecimiento ya está hasta la bandera. Hileras e hileras de sillas. Algunos se sientan tras la barra y el gentío llega hasta la calle, donde se baila en torno a una música de tambor. Abdelhale mira el televisor ilusionado y muestra a sus amigos las celebridades -desde el streamer Speed al boxeador Rico Verhoeven- que han viajado a Rabat para ver la final. Luego, la foto de su hija antes de entrar al campo. «Seguro que a la media parte viene Lamine», asegura el marroquí. No cae en que el Barça juega a la misma hora en San Sebastián. Igualmente, afirma que el futbolista aún se deja ver bastante por el barrio, ya que su familia y amistades siguen aquí. Mientras el tío del futbolista va arriba y abajo tambaleando tazas y vasos, suena el himno de Marruecos, y el canto que sale de dentro del bar se solapa con el que llega de la calle. La calle Pablo Picasso de Rocafonda es hoy más que nunca una alargada embajada marroquí. Comienza el partido y el bullicio de la calle desaparece. Todo el mundo está ya a lo que hay que estar. Un paradón de Bono antes del minuto 10, sumado a las dificultades de Marruecos para generar peligro, enervan al personal: «Mira cómo toca y presiona Senegal. Nigeria no lo hacía tan bien. Es el mejor equipo contra el que hemos jugado», se explican entre ellos dos jóvenes, que dominan el árabe pero usan el castellano. Aunque sea común escuchar a quienes seguramente ya hayan nacido en España comunicarse en nuestra lengua, no deja de ser curioso que los improperios que salen ante fallos claros sean inequívocamente en su idioma materno. El cero a cero se mantiene al descanso y ya se augura un partido de pocos goles: «El fútbol africano es así. Aunque cada vez haya más calidad todavía falta», asegura el tío de Yamal. Pese a que son las nueve de la noche, el café es la bebida por excelencia del descanso. Al inicio del segundo tiempo, El Kaabi falla lo que en una final es imperdonable y llega el pesimismo: «Ya verás que ahora tendrá una Senegal y se terminará el partido». Con los minutos se nota el desgaste, pero es más notable en el conjunto marroquí, y otro joven lo tiene claro: «Mira a los de Senegal, son enormes. Mira las piernas del lateral. Y nosotros con Brahim», bromea asombrado. Con el partido estancado, aparece en pantalla el hermano del rey Mohamed VI y no faltan comentarios: «Vaya Rolex, hermano», se comenta. Con el monarca enfermo, se espera que su hijo sea proclamado más pronto que tarde. Sin embargo, «nada cambiará». «Aunque nosotros no vivimos ahí y no sabemos bien cómo está todo, ya puede venir quién sea que todo seguirá igual. Aquí en España realmente pasa lo mismo». El desencanto con la política cruzando océanos. Una caída de Brahim en el área llega para desbloquear el partido. El colegiado señala penalti y la locura se desata, pero algunos asistentes concienciados piden un poco de calma porque las quejas vecinales están en auge. Pero toda la ilusión de sentir la segunda Copa de África en las manos cae a plomo: al delantero del Madrid le detienen el Panenka y no hay quién se explique qué ha pasado. Y a los minutos, Gueye mete el balón en la escuadra. Nadie se esperaba semejante giro de guion y la decepción se traduce en que algunos abandonan indignados el bar. Pasara lo que pasara en la prórroga, la magnitud del desastre era tal que no se respiraba un ápice de fe. Ni en el césped de Rabat ni en los bares de Mataró. Al menos, hasta el terrible error de Ndiaye en el 110, que era la sentencia. Ver la vida pasar y creer entonces que es ahora cuando contraatacarás es una sensación universal entendible en muy pocos deportes. Con el pitido final, las calles de Rocafonda que se esperaban cortadas por un histórico triunfo marroquí quedaron solitarias y con la lluvia de único testigo.