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México: sin impulso en tiempos de incertidumbre global

Durante años, México apostó a compensar sus debilidades internas con inversión extranjera directa. Sin embargo, ese motor muestra signos de agotamiento.

México ya no puede depender del impulso externo para crecer y desarrollarse: el mundo dejó de ofrecer las certezas que durante décadas sostuvieron esa estrategia. La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos no es un hecho aislado, sino un recordatorio de que la previsibilidad —clave para la inversión— se ha vuelto un bien escaso. El orden internacional se fragmenta, el multilateralismo pierde fuerza y la geopolítica domina las decisiones económicas.

Durante años, México apostó a compensar sus debilidades internas con un motor externo: la inversión extranjera directa (IED). La lógica era sencilla: si el crecimiento no venía de dentro, vendría de fuera. Sin embargo, ese motor muestra signos evidentes de agotamiento.

En 2024, la IED alcanzó 37.7 mil millones de dólares, 19 por ciento menos, en términos reales, que el promedio observado en el periodo 2012-2018. Para 2026, los analistas encuestados por el Banco de México esperan una cifra similar, lejos de los mejores registros históricos. El llamado nearshoring, en la práctica, no está detonando un nuevo ciclo de desarrollo para el país.

A ello se suma un factor clave de incertidumbre: la revisión del T-MEC difícilmente traerá la certidumbre que muchos anticipan. La impredecibilidad de Donald Trump introduce un riesgo adicional para la región, incluso en un escenario de continuidad del acuerdo.

No puede descartarse, además, un escenario más adverso, en el que el Tratado no se renueve o se renegocie en términos menos favorables. En especial cuando México ya se está alineando a la estrategia geopolítica estadounidense, por ejemplo, mediante la imposición de aranceles a productos chinos. En este contexto, apostar al mercado externo como ancla de crecimiento resulta cada vez más frágil.

El problema se vuelve más serio cuando se observan los motores internos. En septiembre de 2025, la inversión productiva del país —la que se refleja en la compra de maquinaria, equipo y construcción— se ubicó en un índice de 101.0: muy por debajo del 110.2 registrado un año antes, lo que implica una caída cercana al 8 por ciento en solo 12 meses. Más preocupante aún, este nivel es prácticamente el mismo que se observaba en abril de 2015.

En términos sencillos, después de una década, México está invirtiendo casi lo mismo. Empresas y sector público están construyendo menos fábricas, comprando menos maquinaria y postergando proyectos clave, lo que limita la creación de empleos de calidad y compromete el crecimiento futuro.

La inversión pública tampoco compensa esta debilidad. Para 2026 representará apenas 2.5 puntos del Producto Interno Bruto (PIB), muy lejos del 4.5 alcanzado en 2014. El gasto en educación se mantiene en 2.92 por ciento del PIB, por debajo del 3.5 de hace una década. En ciencia y tecnología se invertirá solo 0.17 puntos del PIB, uno de los niveles más bajos desde 2012. En seguridad y justicia, México se ubica entre los últimos lugares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con un gasto de apenas 1.56 de porcentaje del PIB, claramente insuficiente para un país con altos niveles de violencia. En pocas palabras, el gobierno no está impulsando el desarrollo del país.

Por el contrario, el concepto del gasto que ha crecido más en los últimos años es el de pensiones, que es por definición improductivo, aunque en ciertos casos socialmente necesario. Además, el pago del servicio de la deuda está en máximos históricos para este siglo y los apoyos a Pemex no están generando una mejora productiva en la empresa.

No sorprende, entonces, que la confianza empresarial esté en mínimos históricos. En la encuesta de diciembre de 2025 del Banco de México, ni uno solo de los analistas del sector privado consideró que era un buen momento para invertir, algo que no se observaba desde los meses más críticos de la pandemia. Además, 64 de cada cien encuestados anticipa una economía estancada, el nivel más alto desde 2022. El mensaje es contundente: el ánimo del mercado es abiertamente pesimista.

Este desaliento se refleja en las expectativas de crecimiento. Para 2026, los especialistas prevén apenas 1.2 por ciento de crecimiento del PIB. Conviene recordar que a finales de 2024 se esperaba crecer 1.1 puntos en 2025, pero el dato oficial que se conocerá rondará apenas 0.37 por ciento. Dicho de otro modo, la economía prácticamente no creció. Para las familias, esto no es una cifra técnica: significa menos empleos formales, ingresos que no alcanzan, mayor presión sobre el gasto cotidiano y menos oportunidades para los jóvenes. Un país que no crece es un país que reparte escasez, no bienestar.

La conclusión es incómoda, pero necesaria: México no puede seguir basando su desarrollo exclusivamente en impulsos externos. En un mundo fragmentado e incierto, depender de ellos como único motor es una apuesta cada vez más riesgosa. El país necesita fortalecer sus motores internos de crecimiento: mejorar la recaudación sin asfixiar a quienes producen, ampliar la base tributaria y enfocar el gasto público en infraestructura productiva, educación, ciencia, salud y seguridad.

Sin confianza, sin inversión pública estratégica y sin capital humano, no hay desarrollo posible. Fortalecer lo propio no implica cerrarse al mundo, sino integrarse desde una posición más sólida en el nuevo orden global.

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