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Kurios cuando la imaginación pierde el control en Sevilla

Abc.es 
El nuevo espectáculo del Circo del Sol ha aterrizado en Sevilla en una noche que no han querido grandes personalidades como Rasel Los Compadres, Máximo Valverde, Eva Ruíz, Juan y Medio, Manuel Lombo, María José Suárez, Rafa Cremades o Manuel Escribano entre otros. Poco a poco todos fueron entrando a la gran carpa en una espera que fue amenizada por los diferentes personajes del show. Los cuales iban interactuando e invitando a los usuarios a subir al escenario, al final de este un reloj que iba avanzado hasta llegar a las 11.11 momento en el esta locura de sueño comienza. Cuando las agujas del reloj se alinean como si obedecieran a una ley secreta, Sevilla dejó de ser Sevilla. Bajo la gran carpa del Circo del Sol, el tiempo se plegó sobre sí mismo y la realidad aceptó, dócil, convertirse en un experimento. Así comenzó Kurios, el espectáculo que acaba de aterrizar en la ciudad y que transforma la lógica en un juego y la locura en un lenguaje universal. Antes incluso de ocupar los asientos, el público ya estaba dentro del relato. Personajes excéntricos deambulaban entre la gente, interactuaban, invitaban a subir al escenario y marcaban la cuenta atrás mientras un reloj avanzaba inexorable hacia ese instante mágico en el que todo empieza. No fue una noche de alfombras rojas ni de grandes alardes: sí hubo rostros conocidos —desde artistas y comunicadores hasta figuras del flamenco y la cultura—, pero el protagonismo absoluto estaba reservado a lo que iba a suceder bajo la lona. El inicio fue tan inesperado como solemne. Michel Laprise, director del espectáculo, apareció en escena para pedir un minuto de silencio por las víctimas del accidente de Adamuz, dedicando la función, en nombre de todo el equipo, a los servicios de emergencia. Un gesto que bajó el pulso colectivo antes de que la fantasía tomara el control. Tras unas breves indicaciones de seguridad, un pasacalles con músicos y un tren atravesó la sala, y la estación cobró vida. Así arranca Kurios: en un andén bullicioso del siglo XIX. Artistas vestidos con ropas vintage llegan como viajeros de otro tiempo. Hay baile, malabares, música en directo. El tono queda marcado desde el primer minuto: estamos en un gabinete de curiosidades donde todo es posible. El científico, ese demiurgo soñador que articula el espectáculo, activa su experimento. De su imaginación brotan criaturas, personajes y números que se encadenan sin respiro: malabaristas suspendidos en el aire, percusión que sacude el cuerpo, equilibristas imposibles, todo acompañado por una banda visible al fondo del escenario y una constante iconografía de maletas, viajes y tránsito. No se sabe si avanzamos por el mundo o por la mente del creador. El primer gran número, Sincronización del caos de 1900, convierte la estación en una fiesta. Una locomotora trae consigo a un grupo variopinto de pasajeros: acróbatas, percusionistas, bailarines. El gabinete de curiosidades estalla en una celebración de libertad y encanto donde la acrobacia se funde con la coreografía y el humor. De ahí pasamos al dúo de cuna, una pieza de delicadeza extrema. Dos muñecos cobran vida tras una descarga eléctrica y escalan un aparato de cuatro metros. Confianza absoluta: él se convierte en trapecio humano y lanza a su compañera al vacío para que encadene saltos mortales cada vez más complejos. El silencio del público pesa tanto como el aplauso posterior. Sin pausa, una bicicleta aparece suspendida en el aire. En Bicicleta aérea, la acróbata desafía la gravedad colgándose del manillar, de la llanta, de un solo pie, incluso cabeza abajo junto a su bicicleta. Desaparece volando y deja caer una carta que recoge el Sr. Microcosmos, un personaje enorme, con una barriga que esconde un mundo. De su interior surge Mademoiselle Lili, artista poética que vive literalmente dentro de otro ser humano, en uno de los juegos visuales más fascinantes del espectáculo. El humor toma forma en circo invisible, donde un maestro de ceremonias dirige números que no se ven, pero que el espectador imagina gracias a un brillante uso del sonido y los efectos visuales. Es un homenaje tan cómico como emotivo al circo clásico. La mano mecánica, 340 kilos de ingeniería escénica, irrumpe para servir de plataforma a criaturas marinas que se contorsionan con una fluidez hipnótica, seguidas por una cena surrealista donde el equilibrio de sillas desafía la lógica y revela un universo paralelo invertido sobre las cabezas de los comensales. Ni siquiera los cambios técnicos rompen la magia: los propios técnicos, con gafas de aviador, forman parte del relato. De ahí surge el temerario aviador sobre rola bola, balanceándose en una estructura suspendida como un péndulo, una proeza de precisión milimétrica. Tras el descanso, la carpa vuelve a llenarse de música y aparece la red de acrobacias. Peculiares peces con gabardinas amarillas rebotan sobre una red gigante que cubre el escenario, saltan, vuelan y caen, observados por dos pescadores que parecen controlar el cielo y las nubes. Incluso los pequeños fallos se integran con naturalidad, recordando que el riesgo es real. El maestro de ceremonias vuelve a provocar carcajadas al interactuar con el público, hasta que su casa se transforma, tras una descarga eléctrica, en un loro, un tiranosaurio rex y un gato. En Correas aéreas, los gemelos siameses que han compartido cuerpo toda la noche se separan para volar, cruzándose a gran altura en una danza aérea de coordinación perfecta. El tiempo se retuerce en yo-yos, donde un maestro del reloj manipula el ritmo con precisión asombrosa, y la poesía llega con una sencilla historia contada solo con dedos, proyectada en un globo aerostático, donde los pequeños personajes acaban viviendo en la cabeza de un espectador. El final es apoteósico: quince artistas levantan pirámides humanas , se lanzan, vuelan en tres niveles y saltan incluso desde el público, borrando definitivamente la frontera entre escenario y grada. Entonces regresan las criaturas, el científico desciende desde el techo y abre una maleta vacía. Todo lo que guardaba en ella ha cobrado vida. El reloj avanza a las 11:12. El sueño continúa, pero ya despiertos. Todos los artistas salen a escena para un último baile entre aplausos prolongados. Kurios no es solo un espectáculo: es una invitación a perder el control, a aceptar que la imaginación, cuando se desata, puede ser el lugar más seguro del mundo.

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