¿Por qué le propongo al TSE reintroducir la práctica del dedo entintado para bajar el abstencionismo?
Uno de los ejemplos más citados en la política contemporánea sobre las consecuencias de la abstención electoral ocurrió en el Reino Unido con el referéndum del brexit. En aquel proceso, una parte importante de la población joven optó por no votar, mientras que los sectores de mayor edad acudieron a las urnas y se inclinaron por la salida de la Unión Europea.
Hoy, muchos jóvenes enfrentan una realidad que no ayudaron a decidir: menos oportunidades laborales, mayores barreras para estudiar o trabajar en otros países europeos y un futuro condicionado por una decisión en la que ellos no participaron debido a su apatía.
Este ejemplo internacional no pretende ser alarmista ni central en el análisis, pero sí sirve como advertencia: cuando sectores de la población se abstienen de votar, otros deciden por ellos, y las consecuencias pueden extenderse durante décadas y afectar de forma directa al sector que no se preocupó por externar su decisión.
En Costa Rica, país orgulloso de su tradición democrática, el abstencionismo se ha convertido en una señal de alerta que no podemos ignorar. En las últimas cuatro elecciones nacionales se observa una tendencia clara: cada vez menos ciudadanos acuden a votar, tanto en primera como en segunda ronda.
En el proceso electoral de 2014, el abstencionismo rondó el 32% en primera ronda y superó el 43% en la segunda. En 2018, aunque la primera ronda tuvo una participación relativamente mayor, el abstencionismo volvió a crecer en segunda vuelta, para acercarse nuevamente al 34%. El punto más crítico llegó en las pasadas elecciones, cuando la primera ronda registró cerca de 40% de abstención, y en la segunda ronda, más del 42% del electorado optó por no votar. En términos simples: en las últimas elecciones, casi la mitad del país no participó.
Este fenómeno es aún más preocupante cuando se analiza el comportamiento electoral de los jóvenes. Diversos estudios y encuestas coinciden en que la población joven es la que menos vota, especialmente aquellos que votan por primera o segunda vez. Las razones son múltiples: desconfianza en la política, sensación de que “nada cambia”, falta de identificación con los partidos o, simplemente, desconexión emocional con el acto de votar.
En nuestra democracia, los jóvenes deben comprender que de no reflejar su preferencia política el día de las elecciones, serán ellos los que más tiempo vivirán con las consecuencias que resulten de la votación.
Frente a este escenario, es evidente que las soluciones no pueden limitarse solo a campañas informativas tradicionales o llamados abstractos al deber cívico. Se requiere creatividad, innovación y la disposición de analizar incluso los elementos simbólicos del proceso electoral.
Durante muchos años, el uso de tinta indeleble en el dedo del elector cumplió una doble función. Por un lado, era un mecanismo de control electoral; pero por otro –y no menos importante– era un símbolo visible de participación democrática.
El dedo marcado generaba conversación en las familias, en los barrios y en los centros de trabajo. Ver a alguien que no había votado ejercía una presión social positiva. Era, en cierto modo, una forma sencilla y cotidiana de recordarnos que votar importaba.
Con el tiempo, y con la adopción del lápiz o crayola, ese símbolo desapareció. Hoy, votar no deja huella visible alguna en la persona, y el acto queda reducido a una experiencia íntima y silenciosa.
Antes, los padres, los novios o los amigos de quien no había votado, ejercían una presión positiva para que el no votante acudiera a las urnas. ¿Cuántos votos se podrían rescatar hoy de esta forma?
Propuesta al Tribunal Supremo de Elecciones
De cara a estas elecciones, propongo, respetuosamente, que el Tribunal Supremo de Elecciones considere la posibilidad de reintroducir una marca visible temporal en el dedo del elector.
Las tecnologías actuales ofrecen tintas seguras, no tóxicas, higiénicas y de corta duración, que podrían desaparecer en 24 horas, evitando así las incomodidades que existían décadas atrás.
Pequeños cambios pueden tener grandes efectos. Recuperar un símbolo moderno de participación podría ayudar a estimular la conversación social, motivar especialmente a los jóvenes y reforzar el valor visible del voto.
Nuestra democracia lo merece y lo necesita.
luichymontero@gmail.com