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La falsa dicotomía del voto útil

Casi en vísperas de las elecciones, con un sistema de partidos altamente fragmentado y una oposición al oficialismo que no cuaja en una opción electoral específica, renace una discusión recurrente: ¿deben las personas ejercer un “voto útil” e inclinarse por una opción con alto apoyo en encuestas, o mantenerse fieles a sus convicciones y apoyar a un partido que es cercano a su ideal del mejor gobierno, aunque este tenga poco apoyo en las encuestas?

La discusión se centra muchas veces en que “la única encuesta que importa es la del día de las elecciones”; sin embargo, la disyuntiva no es real si comprendemos lo que significa el voto útil.

Existen diversas teorías y modelos que explican la decisión de voto; una de las más conocidas en las Ciencias Políticas es el modelo espacial introducido por el economista Anthony Downs en su libro de 1957, Una Teoría Económica de la Democracia.

El título alude a que Downs adopta un modelo de la economía, creado por Harold Hotelling para estudiar la competencia espacial entre empresas, y lo aplica para explicar el proceso de decisión de los votantes y la competencia electoral entre partidos.

A grandes rasgos, el modelo de Downs se puede resumir en que los votantes evalúan sus preferencias en políticas públicas y las propuestas de los partidos políticos en estas, y votan por el partido que proponga políticas públicas más consistentes con la preferencia del votante particular. Es decir, votan por el partido ideológicamente más cercano, pues les reportará mayor utilidad al poner en práctica esas políticas públicas.

El modelo se complejiza mucho más en el texto, así como en mucho trabajo posterior de otros investigadores. Sin embargo, algo notable por mencionar es que, en la economía, la utilidad que obtenemos de comprar algo es “segura” en el sentido de que, si pagamos, obtendremos el producto. En cambio, en política, solo por votar por un partido no podemos asegurarnos de que obtendremos los beneficios de su victoria, porque igual puede perder, aunque haya contado con nuestro voto.

En otras palabras, podemos pensar en los paquetes de políticas públicas propuestos por cada candidato como “productos”, de los cuales solo uno es comprado por la sociedad: el que obtiene la mayoría de los votos. Por tal razón, en este caso no se debe trabajar con la utilidad pura, sino con la utilidad esperada, que depende de varios factores, incluida la probabilidad de victoria.

La probabilidad es el concepto clave en el voto útil. Una probabilidad de victoria alta incrementa la utilidad esperada, mientras que una probabilidad de victoria baja la disminuye. Así, un partido que le reporta a una persona una utilidad alta pero con baja probabilidad de ganar puede tener una utilidad esperada mucho menor que un partido que le reporte una utilidad baja pero con alta probabilidad de ganar.

En resumen, ejercer el voto útil consiste en estimar las probabilidades de victoria e imputar dicha información al cálculo electoral. Posteriormente, se opta por votar por aquel candidato que produciría la mayor utilidad esperada (es decir, la utilidad multiplicada por la probabilidad), no por la mayor utilidad pura.

Aquí es donde surge la confusión, pues, en muchos casos, se propone estimar la probabilidad únicamente con base en los números de las encuestas. Pero cada encuesta es solo una de muchas posibles fuentes de información que pueden ayudar a estimar esa probabilidad. Muchas otras fuentes de información pueden ser consideradas y utilizadas por cada votante en su propio cálculo de la probabilidad de que triunfe cada candidato, incluyendo otras encuestas, conversaciones con conocidos, experiencia previa basada en otras campañas, estado de la economía, e incluso contar banderas de partidos en los carros. No todas estas fuentes son igual de confiables para estimar probabilidades, pero eso es algo que debe sopesar cada votante al decidir su voto.

La base del argumento de voto útil descansa en la concepción de un votante racional y estratégico. Downs ya definió en los años 50 que solo es racional votar por una opción diferente a la preferida cuando esta no tiene oportunidad de ganar. Pero esta concepción racional del votante, por definición, otorga a cada ciudadano ciertas capacidades para estimar de manera creíble la probabilidad de éxito de cada candidato.

Es decir, cada persona puede (o, en realidad, debe) estimar por sí misma, a partir de diversas fuentes que considere válidas, cuál es un voto útil, y esto no debe necesariamente empatar con los partidos que estén en los primeros lugares en las encuestas, sino que puede depender de una estimación de probabilidad que tome en cuenta todas las diversas fuentes posibles de información. Entonces, y solo entonces, podría cada ciudadano considerar cuáles opciones electorales tienen viabilidad y apoyar a aquella más cercana a sus preferencias.

elias.chavarria.mora@gmail.com

Elías Chavarría Mora es docente en la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR.

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