Una vida de periodismo, amistad y memoria
Me va a matar. Ya han pasado unos meses desde que María José Muñoz dejó ABC para una vida mejor. No es una jubilación —porque aún no le tocaba—, sino una decisión personal: parar, por fin, tras una vida entera dedicada al periodismo. Dejó la Redacción de la plaza de Zocodover como ha vivido siempre: en silencio, sin hacer ruido, sin querer protagonismo ni reconocimientos. Ni siquiera una cena formal de despedida, porque, en realidad, no se ha ido: seguimos a unos metros. El mundo —lo supo siempre— no son ruedas de prensa, políticos ni sucesos. Es otra cosa. Hemos estado juntas casi 34 años. Más de tres décadas compartiendo una redacción, viendo cómo cambiaba el oficio, el mundo y nosotras mismas. Un periodismo de pueblo, a mucha honra. Rodeadas a veces de cretinos y espabilados, sí, pero también de gente extraordinaria. Por encima de la profesión, la amistad y el cariño. Toda una vida. Y la que nos queda. Maco no solo tiene vocación: escribe extraordinariamente bien. Sabe llegar. Sabe emocionar sin alzar la voz. Lo demostraba en cada texto, en cada crónica cultural, en cada artículo y en cada charla donde cabían los libros, el cine, las series, la poesía: Miguel Hernández, García Lorca… Y su mundo, el de su amigo y escritor Hilario Barrero . Y su pasión innegociable por Rufus Wainwright. Recuerdo los días grandes de Toledo, como el de la foto que inmortalizó el periodista Juan Manuel Aznares una preciosa mañana de Corpus desde el balcón de la Delegación del Gobierno, con la ilusión desbordante de la juventud; las charlas infinitas sobre lecturas y películas; las risas; las noches electorales; los reportajes juntas, como aquel Con la urna a cuestas siguiendo a Bono —¡ay, Bono!—. Las comidas, las confidencias, las denuncias cuando los políticos vivían gratis en edificios públicos y regalaban jamones. Las mismas caras, las oposiciones amañadas, los discursos repetidos. La llegada de internet, las primeras subidas a la web, el miedo a no saber si estaríamos a la altura. También compartimos lo difícil: la incertidumbre, los no reconocimientos, el vértigo. Y lo más hermoso: ver nacer y crecer a nuestros hijos mientras la vida pasaba entre cierres y cafés apresurados. Siempre he sentido admiración por ella. Siempre. El pasado mes de marzo recibió el premio Toledo con nombre de mujer. No podía tener mejor título. Aquel día lloré al oírla, como tantas veces he llorado leyendo algo suyo. Recuerdo especialmente cuando murió un compañero de Madrid haciendo submarinismo en Tenerife y escribió un texto perfecto, preciso, con Alfonsina y el mar de fondo. Esa capacidad suya de decirlo todo sin exceso. Sana envidia, de la buena, por saber llegar así. Su trayectoria lo dice todo: licenciada en Ciencias de la Información, pasó por Ya, La Voz del Tajo y El Día de Toledo antes de incorporarse a ABC en 1989, con el nacimiento de la edición de Toledo. Fue coordinadora del suplemento Artes & Letras de Castilla-La Mancha y, desde 1995, subdelegada del periódico, una de las primeras mujeres en ocupar ese cargo en una ciudad donde casi todo estaba reservado a hombres y sigue estándolo. En 2009 fue pregonera del Corpus. Pero nada de eso define del todo quién es. Mercedes y yo nos preguntamos muchas veces cómo íbamos a seguir aquí, en ABC, sin ella. Y aquí seguimos, con nuevas caras que nos han devuelto la ilusión por este oficio. Aunque sabemos que la vida está fuera. Yo tuve la suerte de recibir de Maco muchas cartas escritas de forma apresurada en el ordenador, en momentos difíciles y también felices: desde recetas para una «recién casada inexperta» hasta textos increíbles, en «exclusiva», para darme ánimos: «Aquellos años felices, esas noches sin dormir, esa rabia loca de la juventud, de la vida en estado puro entre las manos, la libertad sin fecha de caducidad, los amigos, los bares, el amor… mueres un poco con él, pero a la vez algo suyo entra a formar parte de tu alma, de tu forma de ser y de estar. Y la música, ese milagro que tensiona las fibras de la delicadeza y la sensibilidad, te acompaña y te reconforta en estos momentos tristes. Que Dios te bendiga, Vallecita». Me lo escribió el 12 de mayo de 2009. Hoy soy yo la que le dice: que Dios, o quien sea, te bendiga a ti.