La cucaracha salió de su oído. No huyó, no corrió, ella era libre en la prisión
DOMINGA.– Choqué de frente con el abandono institucional. No fue una metáfora ni una sensación difusa: fue un impacto seco, frontal, imposible de esquivar. En noviembre de 2011, mi destino ya estaba sellado. Condenado a cinco años de prisión por el delito de operaciones con recursos de procedencia ilícita, ingresé al reclusorio más sobrepoblado de América Latina. El Reclusorio Preventivo Varonil Norte. Más de 11 mil 500 internos hacinados en un espacio diseñado para muchos menos. Un monstruo de concreto que respiraba miseria, olvido y resignación. Y esta última empezaba a acomodarse en mi vida, como un huésped incómodo que llega sin ser invitado pero decide quedarse. Sin embargo, la condición material del lugar era algo para lo que nadie puede prepararse. Pasillos, rincones, áreas comunes y celdas completamente inmunes a cualquier noción de higiene o dignidad. Inmunes al Estado. Inmunes al cuidado. Inmunes a la vergüenza.Cientos de compañeros caminaban a diario por los pasillos de dormitorios y patios en un ir y venir constante, muchas veces sin destino claro. Algunos lo hacían por ansiedad, otros por rutina, otros simplemente para no quedarse quietos. Muchos estaban abandonados a su suerte aun dentro de la institución que, en teoría, debía resguardarlos. El abandono no era una excepción: era la norma.No había aseo personal regular. Los olores eran penetrantes, nauseabundos, una mezcla espesa de sudor viejo, humedad, comida rancia y cuerpos enfermos. El mantenimiento básico consistía apenas en arrojar agua sobre el suelo y un poco de jabón, muy poco. No había desinfectantes. No había fumigaciones.La limpieza de celdas y dormitorios recaía exclusivamente en los internos, sobre todo los recién llegados, quienes debían costear con sus propios recursos cualquier intento de higiene. Vi compañeros con micosis severas, hongos que perforaban la piel, llagas abiertas que supuraban sin atención médica suficiente.Cada quien cargaba con sus miedos y sus ascos. Yo podía soportar casi todo. Incluso las chinches, si dormía completamente vestido, sin dejar un solo centímetro de piel expuesto. Pero había algo que no podía tolerar bajo ninguna circunstancia: las cucarachas.La presencia masiva, innegable, de miles de cucarachasUna noche –de esas raras en que la cárcel concede una tregua– el bullicio se apagó. La violencia cotidiana, los gritos, los golpes metálicos y las órdenes aulladas quedaron suspendidos. En ese silencio frágil, un hilo de luz se filtró desde el pasillo hacia el interior de la celda. Era una claridad tenue, casi piadosa, pero suficiente para iluminar el rostro de un compañero que dormía en el suelo.Esa imagen, detenida en la quietud de la madrugada, me golpeó con una verdad elemental: la vulnerabilidad absoluta del ser humano frente a escenarios hostiles creados por la propia especie. Pensaba en eso cuando el compañero giró lentamente la cabeza. Entonces lo vi. Literalmente vi cómo una cucaracha salía de su oído. No corrió. No huyó. No pareció sorprendida. Simplemente emergió, como si aquel cuerpo fuera una extensión natural de su territorio. Me quedé inmóvil, clavado en la penumbra. Miré a los lados buscando confirmación, otros ojos que compartieran la visión, alguien que atestiguara lo imposible. No encontré a nadie. Algunos dormían profundamente; otros, despiertos, miraban hacia ninguna parte, entrenados ya en el arte de no ver.Intenté aferrarme a la lógica. Pensé que quizá la cucaracha estaba en el piso y, por casualidad, se trepó al oído antes del movimiento. Pero entonces apareció una segunda. Y ahí se quebró cualquier intento de explicación racional.Mis pensamientos se desbarrancaron. Imaginé que las cucarachas vivían dentro de mi compañero, que su cuerpo era un refugio, una madriguera orgánica, una ficción biológica donde estos insectos habían encontrado hogar. La idea me hizo apretar la quijada hasta temblar, invadido por una mezcla de horror y repugnancia.Puedo asegurarlo sin exagerar: a partir de ese episodio mi vida cambió. Por primera vez fui consciente de la presencia masiva, innegable, de miles –quizá millones– de cucarachas habitando el reclusorio. Años después escribiría en mis notas: “Las cucarachas merecen un capítulo” de mis días en prisión. Su presencia es absoluta, omnipresente, inevitable.No te das cuenta de su mundo –o decides ignorarlo– mientras el impacto traumático del encierro está fresco. Al principio hay cosas más urgentes: la sentencia, la familia, el miedo, la violencia, la incertidumbre. No esas putas cucarachas que aparecen cuando mueves un traste o levantas un trapo. Al inicio forman parte del fondo, del ruido visual, de lo que se aprende a ignorar para sobrevivir. Además, crees que sólo estarás ahí unos días. Que no importa.Pero cuando te adaptas, cuando la resignación se acomoda en el cuerpo y entiendes que pasarás años ahí dentro, empiezas a aceptar el horror cotidiano de convivir con ellas. Compartes el espacio, la comida, los utensilios, incluso la piel.“Vivimos como cucarachas: nos adaptamos, resistimos, invadimos”Recordé entonces a un amigo inglés que alguna vez me contó que en su casa no lograban erradicar las cucarachas y que él mismo no se atrevía a matarlas. Decía, muy molesto y en un español impecable: “Pinche cucaracha, yo no me meto en tu mundo, ¿por qué te metes en el mío?”. Al final tuvo que fumigar.Aquí eso era impensable. Nadie fumiga una cárcel como esta. Autoridades e internos se burlarían de ti. Así que no quedaba más que aguantar el asco en silencio.Después de aquella noche no pude dormir durante días. Sentía pasos en la cabeza, en los brazos, a veces en la cara. Me cuidaba los oídos. Cualquier cosquilleo me obligaba a presionar fuertemente la oreja contra el colchón. Permanecía alerta, con una pequeña lámpara vigilando cada sombra. Llegué a pensar que los humanos también vivimos como cucarachas: nos adaptamos, resistimos, invadimos.La paranoia me llevó a creer que ellas pensaban. Una mañana desperté y vi a una encima de mi pie. Estoy seguro de que me observaba. Moví los ojos y se movió. Volví a moverlos y avanzó unos pasos, sin dejar de mirarme.Pensé que sabía: El día anterior había conectado la plancha sin sacudirla. Varias huyeron; otras murieron achicharradas. Así aprendí a reconocer el olor de una cucaracha quemada, un aroma que quedó grabado para siempre en mi memoria. De la plancha salieron alas, polvo, cadáveres diminutos. Sin querer, cometí uncucarachicidio.No sentí culpa pero sí temor a ser presa de ellas, sobre todo por las noches. Había una testigo. Pensé que daría aviso a la invisible Sociedad Protectora de Cucarachas del Reclusorio Varonil Norte. Por eso relacioné a esa con la que me miraba. Ya saben, pensé. Me sentí descubierto.Por las noches somos indefensos. Nos trepan. Entran y salen cuando quieren. Las hay pequeñas y veloces, y otras grandes, a las que llamo patinetas. Se refugian en el calor: colchones, libros, zapatos, planchas. Las vi incluso en los vehículos de traslado. Las sentí en la oscuridad de la cabina. Su actitud se parece demasiado a la nuestra: invaden, allanan, se agrupan para devorar, saquear. Tienen sensores para detectar agua y comida, una habilidad exagerada para percibir el peligro y huir.Esa mañana la eché de la celda sin pisarla. Nunca me ha gustado hacerlo. Lavamos todo con agua caliente. Ninguna apareció. Fue como si se hubieran puesto de acuerdo. Esa ausencia me dio más miedo que su presencia.Esa noche el penal volvió a callar. El hilo de luz regresó. Iluminó al compañero dormido en el suelo. Entonces entendí que ahí dentro todos compartíamos lo mismo: cuerpos vulnerables, expuestos, buscando descanso en medio de un mundo hostil.GSC/ATJ