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Una breve pesadilla democrática

Amanezco aturdido, con la sensación de que el huracán ya pasó y aún hay un techo macizo que no voló por los aires. La luz se escabulle por debajo de las cortinas indicándome que ya son más de las seis. Pasaron demasiadas cosas mientras dormía, lo sé, de las que no me he terminado de enterar. Salgo a la calle como para verificar la realidad, constatar que los edificios siguen en pie, que las gentes pasean a los perros y los que no, llevan a sus hijos a las escuelas, que las nubes viajan indiferentes en el Valle Central después de capearse el Irazú y el Barva. Pero sigo con la inquietud: ¿qué pasó realmente anoche?

Recibo el sol en la cara, ese calorcito vitamínico que certifica que uno está con vida. Constato, algo sorprendido, que todo parece bastante normal: unos buenos días por aquí y allá, un vendedor de lotería que pronostica fortunas, y esa contaminación sónica, ese rumoreo incapturable e indescifrable que indica que no es domingo, que hay seres humanos en movimiento. Deambulo un poco más, paso por la venta de verduras y echo un par de bromas con don Juan, el dueño, que hoy anda de buen humor.

Anoche estuvo tenso: hubo mucho enojo, discusiones en línea con personas o troles –da igual, ambas son nefastas, ambas desgastantes–, agrura por los memes sobre mi partido; en algún momento me sentí arrastrado por los mensajes de violencia que, algunos dicen, son cercanos al ochenta por ciento en las redes de nuestro país, pero que tengo meses de no lograr dejar a un lado. Ahí, seguramente, está el origen de esta sensación de estar flotando en medio de una resaca política.

Chequeo entonces mi celular y noto inmediatamente la ausencia de las apps de rigor: ni Instagram, ni TikTok, ni Facebook, ni WhatsApp, ni equivalentes. Todos dejan una huella de ausencia en la disposición de mi pantalla de inicio. Extrañado, intento descargarlas nuevamente, pero ninguna pareciera existir o aparecer en la web. Ninguna.

–No puede ser, ¿pero qué pasó aquí? –me dije en mis adentros.

Ya desesperado, llamo a mi amigo más cercano para contarle lo que me estaba sucediendo.

–Mae, sí, todas desaparecieron anoche. Por decreto presidencial, no existirán redes de aquí a las elecciones. Eso acaban de decir en las noticias –me dijo Andrés, igualmente extrañado.

–¿Pero qué va a pasar con las manipulaciones mediáticas, con los discursos incendiarios, con los lavados de cerebro?, ¿cómo se hará para que continúe la incitación a la decepción de poblaciones específicas, a ese sentido de no sentido del voto para que el próximo 1.° de febrero los contrarios no asistan a las urnas? –atiné a decir.

Poco después, meditabundo, agregué:

–¿Y las inversiones millonarias en la aplicación de la inteligencia artificial que nos guían como siervos menguados para tomar decisiones que creemos que son auténticas, individuales, pero han sido predeterminadas por alguien con mucho, mucho poder?, ¿qué pasará con las campañas de terror viralizadas basadas en mentiras, en datos falsos o, en el mejor de los casos, en verdades a medias maquilladas para tocarle el corazón a quien se conforma con un par de amenazas o de líneas simplonas para definir su voto? ¡Decime por favor cómo vamos a hacer!

Recuerdo por un momento la época en que muchas de estas estrategias se empleaban con el boca a boca, con las pautas de radio o televisión, con los discursos durante las plazas públicas, donde la persona candidata recorría buena parte del país, viendo a la gente a la cara, haciéndose accesible y al menos enterándose de las distintas realidades.

La desacreditación siempre existió, cierto, pero al menos se saldaban las diferencias políticas escuchando a los otros, viéndolos a los ojos, con consciencia de que al frente había un costarricense igual que uno. Incluso cuentan que la gente antes votaba basándose en las fortalezas del candidato, no por descarte, no por el menos malo. Eran ejercicios en automático que, en aquel entonces, no parecían tan sacrificados: era lo que había, pero era, además, lo natural, lo humano, lo esperable.

Las personas entraron, a fin de cuentas, en un síndrome de abstinencia generalizado, desgarrador, que les hacía sentir que no existía el sentido mismo del proceso democrático. Tendrían que salir a informarse, leer diversas fuentes, escuchar a los adversarios, y, sobre todo, lo que más los enardecía: habría que dejar de alimentar disimuladamente la polarización y el odio. ¡Era una semana entera!, así de injusta era la decisión presidencial.

Desperté –ahora sí– sudoroso, exaltado. Me hice lanzado a revisar mi celular para comprobar que todas las redes sociales seguían funcionales. Me metí mi primer bombazo de dopamina del día con unos cuantos escroleos, un par de mensajes de odio y respiré con esa gratificación de constatar que todo seguía igual.

Dedicado a todas las personas que, con consciencia, se alejarán de las redes sociales durante esta próxima semana antes de tomar sus decisiones electorales. Costa Rica les estará eternamente agradecida. Y el próximo domingo, ¡salgamos a votar!

ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr

Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.

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