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Ana Aznar , psicóloga: «Los hijos de padres permisivos tienen más posibilidades de que les vaya mal en la vida»

Abc.es 
Muchas personas que habían perdido la pista a Ana Aznar desde que en 2002 protagonizara la boda del año al casarse con el empresario Alejandro Agag, y decidieran fijar su residencia en Londres, se están sorprendiendo estos días al descubrir que la hija del expresidente del Gobierno , José María Aznar, y la exalcaldesa de Madrid, Ana Botella, acaba de publicar su primer libro 'Educar también es decir no: Cómo poner límites con amor'. Y, además, es psicóloga. Es madre de cuatro hijos -Alejandro, 21 años; Rodrigo, 20; Pelayo, 17 y Alonso, 15- y reconoce a ABC que tener conocimientos de Psicología le ha ayudado porque fui madre muy joven «y la verdad es que el cambio que supone para una mujer ser madre es bestial. Es una transformación que está poco entendida todavía». ¿Por qué está tan poco reconocida la maternidad? Porque al leer todos los libros que hay sobre crianza, hay una cosa que siempre me llama la atención: en el fondo la madre importa poco. Se la menciona en tanto en cuanto lo que ella hace influye en el niño, pero pocas veces se explica qué le pasa a la madre, cómo cambia, qué ocurre en su vida, en su cuerpo, en su identidad. Por eso, el último capítulo de mi libro se lo dedico a ellas, para hablar sobre la maternidad, qué implica y cómo entenderla mejor. ¿Cómo cree que se puede cambiar esta visión? ¿Qué se puede hacer? Hay mucho por hacer. En primer lugar, hay que apoyar a las madres y a los padres..., a las familias. Estamos en un momento de crisis de natalidad, especialmente en Europa, y hay que analizar qué está pasando. Si queremos que las parejas tengan hijos, hay que apoyarlas más y juzgarlas menos porque están muy solas. El modelo de sociedad ha cambiado y la soledad acompaña mucho a los progenitores. Eso no es nada bueno. Hay que crear, además, espacios comunes, públicos, para que los niños puedan jugar y que las familias estén juntas. La conciliación entre trabajo y familia es fundamental también. Además de escribir un libro, imparte clases en la Universidad americana John Cabot y lideras REC Parenting, una plataforma digital de apoyo psicológico a las familias en las distintas etapas de la crianza -que fundó hace trece años junto a su marido-. ¿Cómo se las ha ingeniado para conciliar? He tenido suerte porque mi trabajo en la universidad me ha permitido compaginar bastante bien mi profesión con mis hijos. No obstante, no hay una receta mágica que sirva para todos. En diferentes momentos de la vida hay que hacer lo que sea más conveniente. Cuantas más facilidades pongamos para que las mujeres —y también los hombres— puedan trabajar y tener hijos, más fácil será para las familias. ¿Cómo es un día normal en su vida? Depende del día, pero normalmente me levanto con mis hijos, hago deporte por la mañana temprano y luego voy a la universidad, si tengo que dar clase, o trabajo desde casa, me conecto con padres de manera online, o escribo artículos. Por la tarde intento estar siempre con mis hijos, merendar, cenar juntos. Estoy en una etapa en la que sé que el tiempo con ellos se acaba y quiero aprovecharlo. ¿Qué modelos de educación aprendió de sus padres y cuáles emplea hoy con sus hijos? Me siento afortunada porque me han criado y apoyado siempre; han estado ahí para mí, para mis hermanos y, ahora, para sus nietos. Eso me da una seguridad brutal. Saber que tienes dos personas pendientes, pase lo que pase, es fundamental. Todos necesitamos seguridad, pertenencia y estabilidad. Eso es lo que intento dar a mis hijos, junto con mucho amor. Y también límites, porque los niños necesitan límites. Mucha gente se pregunta cómo estando tan ocupados sus padres, por los cargos de altísima responsabilidad que representaban en nuestro país, tuvieron tiempo para darle en su infancia esa seguridad y amor que menciona. Estar muy ocupado no quiere decir no estar presente. Puedes ser un padre muy ocupado y estar muy presente. Si involucras a tus hijos en tu vida, si el tiempo que tienes lo pasas con ellos, si explicas lo que está pasando, eso da sentido a la familia. También hay que crear equipo y apoyarse unos a otros. ¿Cómo reaccionaba cuando sus padres le ponían límites y le decían un 'no'? Me imagino que me enfadaría, como todos los niños. Eso es parte de crecer y de ser padres. No hay que dejar de decir 'no' por miedo a que un hijo se enfade. No te va a querer menos. Decir 'no' es una muestra de amor. Es verdad que es mucho más fácil decirle 'sí' a todo, pero eso no es ser padre. Si explicas el porqué de ese 'no', lo acaba entendiendo, aunque no le guste. Pero, ¿no cree que hay veces que se dan demasiadas explicaciones? Explicar es positivo porque ayuda a que el niño entienda y cumpla las normas. Pero hay momentos, sobre todo con adolescentes, en los que puedes decir: «Te quiero mucho, siento que no lo entiendas ahora, pero esto es lo que vamos a hacer porque soy tu madre. Y punto». ¿A qué le dice 'no' a sus hijos? A caprichos, a comportamientos irrespetuosos, a no asumir responsabilidades. Les digo 'no' a no comportarse bien con los demás, a no estudiar, a no ayudar en casa... A todo lo que no vaya alineado con esos valores. ¿Cuál es el límite que más le cuesta mantener? Depende mucho de cómo esté. Cuando una madre está cansada o estresada cuesta más mantener límites en general. A veces decides no pelearte porque no puedes más. Pero no hay un límite concreto que me cueste especialmente. Muchos padres se sienten culpables al poner límites. La culpa en la maternidad y la paternidad es una losa. Hay que pensar que este sentimiento nace cuando has hecho algo mal, pero muchas veces las madres se sienten culpables por no llegar a todo; y eso no es culpa, es tensión. Tenemos muchas responsabilidades, no llegamos a todo. Criar con culpa no es bueno ni para ti ni para tus hijos. ¿Aumentan este sentimiento de culpa las publicaciones de 'crianza perfecta' que aparecen en redes sociales ? Totalmente. Ves a la madre perfecta, el niño perfecto, la casa perfecta..., y aunque sepas que no es real, te afecta. La madre perfecta no existe y, si existiera, tampoco sería buena para el niño. El objetivo es hacerlo lo mejor posible sabiendo que nos equivocaremos. Además, no todas las voces tienen la misma autoridad. Un influencer no tiene el mismo peso que un profesional con formación y experiencia. En el libro apunta que los padres no influimos tanto como creemos en el desarrollo de los hijos. Qué alivio, ¿no? Es lo que dice la evidencia. Lo que hacen, dicen o deciden los padres importa mucho, pero no en la forma exagerada que creemos. Nos agobiamos con decisiones pequeñas que no tienen tanta influencia: ¿le doy el pecho hasta los seis meses?, ¿duermo o no con él?, ¿le compro un teléfono a los 13 años?... El problema es que queremos controlarlo todo y pensamos «si hacemos esto, a mi hijo le va a ir bien», pero es que la realidad no es así. No tenemos garantías de que a un hijo le va a ir bien porque controlamos mucho menos de lo que pensamos. Podemos, por supuesto, influir en nuestros niños, pero sin garantizar nada. Lo importante es mantener una relación sólida basada en el amor y los límites. ¿Por qué son tan importantes los límites? Son una muestra de amor. La falta de límites se interpreta como falta de interés. Aunque pueda parecer extraño, los niños se fijan en lo que los padres de sus amigos les dejan hacer y, cuando les dejan hacer todo, en vez de pensar 'qué suerte tienen' en realidad lo que creen es que los padres de sus amigos no se preocupan por ellos. Además, sin límites, los niños están desprotegidos. Hay que dejarles equivocarse, fracasar, y acompañarles en ese proceso porque la vida, antes o después, lo hará y los padres no van a estar siempre ahí para solucionarlo todo. Un menor debe frustrarse, aburrirse, pasarlo mal de vez en cuando para que experimente esas emociones incómodas. Son parte de la vida. De lo contrario, le estás criando para un mundo que no existe, que es irreal. El objetivo de los padres no debe ser que los hijos sean felices todo el tiempo, eso es un error, sino darles herramientas para que sepan funcionar en la vida. La felicidad deben buscársela ellos gracias a las herramientas que nosotros como padres les aportamos. -¿Qué límites son imprescindibles? Para mí hay dos que son fundamentales: El respeto a uno mismo, que se valoren a ellos mismos, y el respeto a los demás. A partir de ahí, los límites dependen de los valores de cada familia. Los padres deben analizar cuáles son los valores que quieren transmitir a sus hijos y, en función de eso, poner límites. Para algunos progenitores, por ejemplo, es fundamental que sean académicamente super exitosos, pero para otros es suficiente con que aprueben y pasen de curso. Ni unos lo hace bien ni otros lo hace mal. Cada uno debe actuar según sus valores. -¿Por qué cuesta tanto imponerlos? Porque muchos padres vienen de modelos autoritarios, no quieren repetirlos y pretenden acercarse a sus hijos. El problema es que confunden cercanía con permisividad. Sin embargo, se puede ser cercano sin dejar de ejercer autoridad. Los hijos de padres permisivos, que no ponen límites, tienen más posibilidades de que les vaya mal en la vida. Los niños van a tener, ojalá, muchos amigos, pero van a tener sólo un padre o una madre, y si no ponen normas, no están ejerciendo su responsabilidad como progenitores y están dejándoles desprotegidos. No por acercarnos a ellos debemos dejar de ponerles límites. -¿Qué consecuencias puede tener no poner normas? Problemas de regulación emocional, de comportamiento, dificultades en el colegio y en las relaciones sociales, para gestionar sus emociones, su frustración. No es determinante, pero sí un factor de riesgo. En general sabemos que los hijos de padres permisivos, que no ponen límites, tienen más posibilidades de que les vaya mal en la vida. ¿Quiere decir que siempre les va a ir mal? No, pero tienen muchas más posibilidades, tienen un factor de riesgo mayor. Es decir, el día que en el colegio o un amigo le diga que 'no' a algo, o que su jefe le diga que algo no está bien hecho, se va a venir abajo. Además, sabemos que la regulación emocional está muy relacionada con la competencia social y académica. Es decir, al no tener esa regulación, a los niños les suele ir peor en el colegio y con sus amistades, la vida se les complica. -A veces la convivencia en casa también es complicada. Asegura en las páginas de su libro que «no hay evidencia de que el grito ocasional, presente en la mayoría de las familias, sea malo para los niños. Sin embargo, hay hogares en los que los gritos es casi una forma de comunicarse por esa desobediencia y estrés de los padres. Ante esta dificultad de mantener la calma, ¿qué recomienda a los padres para que se autorregulen? Hay que diferenciar entre el abuso verbal -cuando un padre dice por ejemplo, «¡eres imbécil o qué te pasa!», «¡nunca hacer nada bien!», que hay que evitar siempre, y el grito ocasional, aquel que suelta una madre cuando le ha dicho a su pequeño 15 veces que se ponga los zapatos. Este último no tiene evidencia de ser perjudicial si no es constante. Pero, si el grito es permanente, genera un nivel de estrés alto y no es bueno. Además, si se grita siempre, el niño se acostumbra y, para que haga caso, cada vez se le gritará más alto. Los padres gritamos porque perdemos los papeles o la paciencia, nos desregulamos. Es muy humano y nos ocurre a todos. -¿Qué aconseja hacer cuando un padre es consciente de que ha perdido los papeles? Vete. Lo mejor es salir de la situación, calmarte y volver después. No somos máquinas. No somos perfectos. Los padres nos equivocamos. ¡Todos! Reajustamos y seguimos adelante. No pasa nada. Si estamos en un momento límite, hay que salir de la situación unos minutos y calmarnos, respirar, llamar a una amiga, dar una vuelta... -Imaginemos una situación muy común. Salón de casa: «Deja ya el movil hijo, apágalo». A los cinco minutos, vuelta con lo mismo, a la media hora...: «¡Qué dejes el móvil!». Ahora, Ana, entras usted en escena. ¿Cómo afrontar esta situación tan cotidiana en tantos hogares? Desgraciadamente las pantallas son el tema de batalla de nuestra generación de padres. Lo importante aquí es poner los límites siempre desde el principio: cuánto tiempo usarlo, qué se puede hacer, dónde no se usa y, sobre todo, qué pasa si no se cumplen las normas. Si un día se pasan del tiempo establecido, pues al día siguiente lo usará menos. Deben tener claro que el móvil es de los padres y son los que ponen las condiciones de uso. Y juntos van a revisarlo, no para controlarles, si no porque hay peligros y deben comprobar que se utiliza sin riesgos. Si no se establecen bases desde el inicio, luego vienen los problemas. -¿Son hoy más exigentes las madres consigo mismas? Sí. Hay una presión enorme por hacerlo todo perfecto, y eso es imposible. Queremos tener la casa perfecta, que el niño haga todo perfecto, no perder la compostura, llegar a todo... Pero, no vamos a llegar a todo. Y no pasa nada. Estamos poniendo una presión y unas expectativas en las madres que es imposible cumplir. Hay que decirse: no voy a llegar a todo, la vida no es perfecta... No pasa nada. -¿Se trata mejor a unos hijos que a otros? No. O no se debería ser así. Lo que pasa es que hay niños más fáciles que otros. La relación con cada hijo es distinta porque cada uno es diferente, pero no puede haber favoritismos. Hay niños que nunca se enfadan son muy cariñosos, obedecen a la primera... y es más fácil ser el padre de estos niños que de aquellos que son muy complicados. No es que les quieras más, es que son más fáciles. Nos centramos mucho en cómo influyen los padres en los hijos, pero la verdad es que ellos influyen mucho en los padres. Según se comporte, reacciono de una manera u otra. Pero tener favoritos no puede ser porque el que se siente menos favorito va a sufrir mucho. -¿Cómo dedica tiempo de calidad a sus hijos? Comemos y cenamos todos juntos siempre que podemos. Los fines de semana son tiempo de familia. Es muy raro que deje a mis hijos salir a comer fuera a menos que sea por algo muy especial. Hay que encontrar tiempo para estar juntos. Hacemos deporte, vemos películas, viajamos cuando podemos, compartimos aficiones, libros. También les hemos involucrado mucho en nuestra vida profesional y nos acompañan a viajes para que entiendan qué es lo que hacemos y conozcan a la gente con la que trabajamos para que entiendan por qué a veces no estamos en casa. ¿Cómo vive la adolescencia de tus hijos? Es una transición bonita. Hay que acostumbrarse a ver cómo se hacen independientes, toman decisiones, salen del cascarón, van y vienen a casa... Lo que intento es que sepan que estamos aquí para apoyarles y que siempre pueden volver. ¿Cómo han vivido ellos que haya escrito su primer libro? Me han animado mucho. Saben que era un sueño para mí. Yo ya había escrito artículos, pero muy científicos, pero no es lo mismo que un libro de divulgación, y nunca había escrito en español. Me ha parecido un reto muy divertido. Ha sido un proceso precioso y lo he disfrutado mucho.

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