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El cristal que envenena la tierra: el costo ambiental de 23 años de narcolaboratorios de metanfetamina

Apestaba. El aire traía un olor a orina de gato y amoníaco, un hedor que se incrustaba en las fosas nasales. No era natural: era picante, acaso tóxico. Y sí, gracias a un ejercicio inédito realizado por MILENIO, por primera vez lo sabemos con certeza científica: lo que cayó en esta tierra es veneno. Un veneno que intoxica las plantas y contamina el agua.El trayecto hasta el narcolaboratorio de metanfetamina tomó dos horas desde Culiacán, en Cheyennes del Ejército, con escolta y chaleco antibalas. Algún punto de la Sierra Madre Occidental, en los límites de Sinaloa con Durango, hacia Tamazula. El follaje ennegrecido de un cedro en plena temporada de lluvias revelaba la intoxicación química en el lugar. Los árboles parecían quemados desde las copas, como si un torbellino los hubiera envejecido de golpe. Ramas sin color, hojas marchitas, troncos debilitados. El suelo con microcristales azul turquesa que la lluvia no alcanzó a disolver. Un fango arcilloso teñido de reflejos metálicos. Un escenario común en los narcolaboratorios, pero del que poco o casi nunca se ha hablado. El bosque es también escenario de esta guerra contra el narco. Una víctima que no grita, pero se marchita por los desechos que deja la fabricación de toneladas de "cristal", un crimen ambiental por el que ningún narcotraficante ha sido procesado penalmente.Lo más difícil fue dar con el laboratorio. La vereda estaba recién abierta: ramas quebradas, huellas de llantas, la maleza apartada a la fuerza. El sitio habría operado al menos un par de meses, oculto entre la espesura, apenas percibido por la comunidad cercana de El Potrero.Conforme se asciende, el bosque de coníferas se hace más denso, hasta que un boquete entre los árboles delata la ubicación del laboratorio. El olor: acetona, ácido, sosa… compuestos que flotan en el aire y se impregnan en la nariz.Cuando se llega, lo primero que salta a la vista son las tinas de PVC color marrón, esenciales para el traslado de químicos. Tambos azules y metálicos con restos de líquidos corrosivos, algunos con etiquetas en mandarín que delatan su origen asiático. Costales rasgados con polvos blancos se mezclan con la tierra húmeda.Armatostes de aluminio y tubos improvisados conforman un sistema de destilación rudimentario. El reactor, de fabricación artesanal, parece todavía respirar, con una nata que sigue fermentando. Un estanque de agua turbia completa la escena. La superficie está cubierta por una película aceitosa: líquido usado para enfriar los reactores, que se filtra en el suelo y arrastra residuos hacia un riachuelo.El primer registro de un laboratorio para la fabricación de metanfetaminas, con el que cuenta el Estado Mayor Conjunto de la Defensa Nacional, data de mayo de 2002 en Culiacán, Sinaloa. Desde entonces, la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa) intensificó su participación en la lucha contra las drogas sintéticas, particularmente en la localización y destrucción de estas "cocinas", que incrementaron drásticamente desde que Felipe Calderón inició la llamada guerra contra las drogas y que hasta agosto de 2025 sumaron 3 mil 867 en todo el país.El rastro químico: de laboratorio a laboratorioLos cocineros producen su meta y se van. Los soldados aseguran y se van. Lo que se queda, no se ve. En un ejercicio periodístico, MILENIO recabó muestras de tierra de dos laboratorios clandestinos, uno cercano a Sanalona, Sinaloa, y otro hacia Tamazula, Durango, y las sometió a pruebas de laboratorio.Se trata de la primera vez que un medio de comunicación documenta en México, con evidencia científica, que el suelo donde hubo un laboratorio para la fabricación de metanfetamina sí está contaminado, con daños que los especialistas califican como prácticamente irreparables, sin un sistema de remediación ambiental.El ejercicio es apenas un primer acercamiento, una pequeña muestra de lo que se tiene que hacer para dimensionar el impacto ambiental real de un laboratorio clandestino. Para estos análisis se acudió al laboratorio especializado Tecnologías Limpias y todos los estudios fueron supervisados por el doctor Jorge Alberto Mendoza‑Pérez, profesor investigador de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con formación en química y biotecnología, y parte del núcleo académico de posgrado. Sus líneas de trabajo incluyen química orgánica, antioxidantes naturales y estudios de toxicología ambiental.Las muestras de suelo y sedimento fueron analizadas con métodos estandarizados de química ambiental.Ahí se midieron compuestos específicos como efedrina, piperidina y fenilamina, además de parámetros generales como carbono orgánico total, nitratos y relación carbono/nitrógeno. Incluso con un muestreo limitado,los suelos revelaron alteraciones profundasy la persistencia de precursores de metanfetamina.En Sanalona, el laboratorio había sido intervenido e incinerado al menos tres meses antes de la recolección de pruebas. Aun así, las muestras de suelo revelaron la presencia de efedrina en concentraciones de 0.0027 a 0.0033 microgramos por gramo y piperidina en 0.0051 μg/g. La detección de estos compuestos, pese al tiempo transcurrido y a la quema de residuos, demuestra que los precursores de metanfetamina no se degradan con facilidad: permanecen atrapados en la matriz del suelo.Los análisis también registraron acetilos totales y ftalatos en todos los puntos, rastros de los procesos químicos y de los plásticos de cubetas y contenedores. El Carbono Orgánico Total (COT) superó los 224 mil mg/kg, un valor anómalo que indica acumulación de residuos químicos y materia orgánica que el terreno no puede procesar de manera natural. Los nitratos, con 14.73 mg/kg, indican que todos estos compuestos no deberían estar ahí y advierten una contaminación deliberada.​En Tamazula, las muestras se recolectaron apenas dos días después de la intervención militar. Aquí la piperidina alcanzó su punto más alto: 0.021 μg/g, acompañada de la detección de fenilamina (0.0018 μg/g), un subproducto tóxico de las reacciones químicas.Los valores de nitratos fueron mucho más elevados, llegando a 44.18 mg/kg en un sedimento semi‑sólido, lo que incrementa el riesgo de que se filtren esos residuos hacia corrientes y pozos. Los niveles de carbono también fueron extremos, con más de 345 mil mg/kg, y la relación Carbono/Nitrógeno apareció alterada en todos los puntos, señal de un suelo desequilibrado y con menor capacidad de recuperación.La humedad observada en campo —alta en algunos suelos y en sedimentos— favorece que los contaminantes no se queden fijos, sino que viajen con el agua.​En ambos escenarios, los hallazgos muestran que la fabricación de metanfetamina no sólo deja tambos y vidrios rotos, también un rastro químico persistente que se incrusta en la tierra, se acumula en los sedimentos y amenaza con filtrarse al agua que beben y usan las comunidades.Al respecto, Jorge Alberto Mendoza Pérez, profesor de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, reconoce la complejidad de estudiar el terreno."Los investigadores quisiéramos estudiar todo eso, pero no tenemos autorización para irnos a… ni la capacidad de irnos a meter en un bosque, en una selva, en una montaña donde además se conoce que hubo actividad de laboratorios clandestinos y todo lo que conlleva."Al ya tener esta muestra y poderla trabajar, de alguna manera da una idea de que hay algo ahí diferente a lo que es el suelo testigo. Si esto se puede repetir con mayor número de áreas donde hubo laboratorios clandestinos y con suelos, podríamos tener una estadística. Ya nos podemos ir hacia una inferencia estadística donde nos diga: 'Bueno, en los sitios donde se está generando metanfetaminas encontramos una gran cantidad de amonios o de fenilaminas', y ver el impacto que pueden tener al ambiente".En su experiencia como profesor investigador, le parece impactante que en la producción de sustancias, que dañan al ser humano, se genere otro tipo de destrucción de la que no nos percatamos. "Cuando analizamos —como ahorita— que un sólo laboratorio puede traer todo este nivel de impacto, pues ahí es donde uno dice: 'Caray, nos estamos volviendo muy insensibles. Si no lo veo, no existe, y así no tomo responsabilidad'", concluye.Cada kilo de droga deja entre 25 y 43 litros de residuos tóxicosUna de las investigaciones más recientes sobre residuos en la fabricación de drogas sintéticas, publicada por el European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction (EMCDDA) en 2022, revela que laproducción ilícita de sustancias como MDMA y anfetaminagenera entre 25 y 43 litros de residuos líquidos por cada kilogramo de droga producida.Los investigadores holandeses Thomas L. ter Laak y Erik Emke, del KWR Water Research Institute, documentaron un caso en el que residuos de producción fueron vertidos en el drenaje de un estacionamiento conectado a una zanja y posteriormente a un canal.Aunque se realizaron acciones de remediación —aislamiento de la zanja, drenaje del agua y retiro del sedimento—, un año después aún se detectaron restos de anfetamina, metanfetamina y MDMA en agua y sedimentos, con concentraciones más altas cerca del punto de vertido. Este hallazgo muestra que los residuos persisten en el ambiente.De acuerdo con modelos hidrológicos citados en el informe, los residuos de MDMA pueden permanecer en aguas subterráneas durante décadas."Si las emisiones ocurren a 300 metros de un pozo de extracción, los residuos pueden detectarse hasta 16 años después; si la distancia es de mil 500 metros, la presencia puede extenderse hasta 154 años" (Ter Laak Emke, 2023). Este dato ilustra la permanencia de los contaminantes y la dificultad de revertir el daño una vez que los químicos alcanzan los acuíferos.El mismo estudio documenta que la producción ilícita de drogas sintéticas genera volúmenes significativos de desechos:"En promedio, la síntesis de anfetamina requiere 3.4 kilogramos de pre-precursores y produce 26 litros de residuos líquidos por cada kilogramo de droga. En el caso del MDMA, se generan entre 25 y 43 litros de residuos por kilogramo producido" (Ter Laak Emke, 2023). Estos volúmenes, altamente ácidos y cargados de solventes, se convierten en una fuente de contaminación persistente para suelos, ríos y sistemas de drenaje.Metanfetamina: seis kilos de residuos por cada kilo de drogaEl cálculo más citado sobre metanfetamina proviene de informes de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) a finales de los años noventa y principios de los 2000, en los que se estima que por cada kilo de metanfetamina se generaban seis kilos de residuos tóxicos.Posteriormente, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) retomó esa cifra en sus informes globales —como el World Drug Report— para dimensionar el impacto ambiental de la producción ilícita. No ha sido actualizado con mediciones directas en campo, lo que subraya la ausencia de estudios sistemáticos en México sobre el nivel real de contaminación de los narcolaboratorios.¿Cuánto cuesta limpiar un narcolaboratorio?El daño ambiental que dejan los narcolaboratorios debería estar tipificado, cuantificado y presupuestado. La legislación mexicana establece que quien contamina debe pagar, pero en la práctica, el costo de la remediación recae en el Estado y se mide en millones de pesos.El Programa Nacional de Remediación de Sitios Contaminados 2021–2024, de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), destaca que limpiar un sitio con residuos peligrosos puede costar entre 2.5 y 20 millones de pesos, dependiendo del tipo de contaminante, la profundidad del daño y la tecnología requerida. El cálculo incluye excavación de suelos, confinamiento de residuos, tratamiento in situ, encapsulado, monitoreo multianual y seguimiento sanitario. En los laboratorios intervenidos por MILENIO, las muestras de suelo revelaron la presencia de efedrina, piperidina, fenilamina, ftalatos, acetilos, nitratos y niveles anómalos de carbono orgánico total (COT). Todos estos compuestos están clasificados como residuos orgánicos persistentes o contaminantes de alta movilidad, lo que implica que no se degradan fácilmente y pueden filtrarse hacia cuerpos de agua.En Tamazula y Sanalona los niveles de residuos como piperidina, nitratos y efedrina parecen pequeños, pero representan una alteración profunda en la química del suelo; su remediación requiere procesos especializados que elevan el costo.¿Quién paga por eso? En teoría, el contaminador. En la práctica, nadie. No hay detenidos, no hay carpetas por delitos ambientales, no hay protocolos de remediación. Sólo queda el cristal sobre el suelo.​El contaminador nunca apareceCuando las autoridades descubren una cocina, el aseguramiento de químicos y equipo es apenas el inicio. El verdadero reto es encontrar a los responsables por la contaminación que queda en suelos y ríos. La Ley Federal de Responsabilidad Ambiental señala que "quien cause daño al ambiente está obligado a repararlo". La Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente obliga a los generadores de residuos peligrosos a hacerse cargo de su disposición final. El Código Penal Federal tipifica como delito la contaminación de aguas, suelos y aire.Los narcolaboratorios suelen operar en zonas rurales, bodegas abandonadas o casas improvisadas. Al ser descubiertos, los residuos químicos ya han sido vertidos en el entorno. Para imputar responsabilidad, las autoridades deben probar que esos desechos provienen del laboratorio asegurado y que estaban bajo control de los responsables. Se requieren peritajes químicos que vinculen los residuos con procesos de síntesis de drogas, además de pruebas forenses que conecten a personas con el sitio.El problema es que, en muchos casos, los responsables huyen, los predios se rentan con identidades falsas y los residuos quedan como evidencia muda.El ex fiscal de Guerrero, Iñaki Blanco Cabrera, lo resume con claridad:​Blanco subraya que, aunque la legislación existe, no se aplica en la práctica:"Regularmente, la Defensa y la Secretaría de Marina (Semar) detectan y desmantelan los narcolaboratorios, y dan parte a la Fiscalía General de la República (FGR) para iniciar carpetas por delitos contra la salud, pero no por delitos ambientales".La consecuencia es que el principio de "el que contamina paga" se diluye en la impunidad."Lo ideal sería que los responsables asumieran el costo de la reparación de daños. Pero, como regularmente no hay detenidos, es el Estado quien tiene que asumir esa tarea de restitución y rehabilitación de los lugares afectados".El vacío institucional se refleja también en la falta de transparencia:"No existe un registro nacional de narcolaboratorios ni de predios señalados por haber albergado uno. La Defensa sí lleva un registro de estos sitios, pero no hay coordinación suficiente con Semar, la FGR ni con las autoridades ambientales", acotó el ex fiscal.México carece de un diagnóstico certero sobre los daños ambientales y los residuos químicos persisten en el entorno durante décadas, mientras la responsabilidad se diluye entre expedientes judiciales y presupuestos públicos.El vacío institucionalLa autoridad ambiental reconoce que no dispone de información, ni mecanismos, ni protocolos, ni denuncias sobre los narcolaboratorios. Es más, asegura que ni de su incumbencia es.La entidad responsable de vigilar y sancionar daños ambientales es la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa). A través de distintas solicitudes de información, confirmó que no cuenta con protocolos, manuales, lineamientos ni convenios de colaboración para atender el daño ambiental que dejan los laboratorios clandestinos de drogas sintéticas.Tras revisar sus propios archivos, la institución declaró la inexistencia de documentos y señaló que tampoco tiene atribuciones para pronunciarse sobre la capacitación de inspectores en este tipo de operativos.Al solicitar estadísticas de inspecciones ambientales y medidas de remediación aplicadas desde 2002, la Profepa respondió que no cuenta con información alguna. No existen registros oficiales de inspecciones ni de acciones de remediación ambiental en sitios vinculados a la producción de drogas sintéticas, lo que significa que cualquier tipo de daño permanece y permanecerá fuera de las estadísticas y sin atención institucional.También se consultó a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). Respondió que no cuenta con registros de sitios contaminados por laboratorios clandestinos de drogas sintéticas. La dependencia argumentó que la fabricación de estas sustancias no es de su competencia y que los precursores químicos no están clasificados como materiales peligrosos en la normatividad vigente.Y así es. Bajo la NOM‑052‑SEMARNAT‑2005, México clasifica como residuos peligrosos a metales pesados, solventes orgánicos, compuestos halogenados y ciertos residuos industriales por sus características tóxicas, corrosivas o inflamables. Sin embargo, los precursores químicos usados en narcolaboratorios —como piperidina, efedrina y fenilamina, detectados en suelo y agua— no aparecen en ese listado oficial.Esa omisión normativa permite que la autoridad ambiental se declare incompetente: al no estar tipificados como materiales peligrosos, no reconoce sitios contaminados por estas sustancias ni activa protocolos de remediación.Consultado al respecto, el entonces comandante de la 9ª Zona Militar en Culiacán, Porfirio Fuentes Vélez, explicó que el trabajo de la Secretaría de la Defensa Nacional inicia con la localización y concluye con la puesta a disposición del Ministerio Público Federal."El trabajo empieza cuando encontramos el área de concentración, se hace un informe, damos cuenta del material que hay ahí, se da vista al Ministerio Público. El personal espera de 24 hasta 72 horas y ese material se pone a disposición competente. Normalmente cada tres meses se hace una ceremonia de destrucción de drogas; esta semana está programada. Y todo esto que se encontró ahí concluye el trabajo de la búsqueda y localización del laboratorio para la destrucción de drogas sintéticas".En cuanto a los residuos, agregó: "Los materiales químicos, ese material, los reactores son destruidos ahí. El metal se pincha con barretas, con hachas, se destruyen y esos se quedan ahí. Pero el producto químico queda a disposición de la autoridad y cuando llega este proceso de incineración en hornos, ahí acaba este residuo".Al corte de esta publicación, tanto la Procuraduría Federal de Protección Ambiental como la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales se negaron a emitir un comentario.Ceniza y diamantina: hojas quedan 'chamuscadas' y el piso con cristalesEn los laboratorios clandestinos a los que se acudió para este reportaje, pero también en otros visitados a lo largo de más de cinco años de cobertura periodística, se ha podido observar unacostra de cristales diminutos en el suelo, que brilla como si alguien hubiera esparcido diamantina. Sólo ramas secas, follaje marchito. Las hojas están chamuscadas. No es sequía. No es plaga. Es intoxicación química.Determinar el verdadero nivel de contaminación en estos sitios exige un análisis profundo y especializado. Se requiere la presencia de edafólogos, botánicos, expertos en restauración ecológica. Pero mientras eso no ocurre, las investigaciones se limitan a la evidencia visual.​Como no es posible acceder con un equipo técnico completo, decidimos acercar el bosque a quienes saben leerlo. Le llevamos las imágenes aErika Pagaza Calderón, maestra en ciencias, activista de rescate silvestre y ex directora del Jardín Botánico de Culiacán, para que pudiera apreciarlas.Fotografías, videos y planos del suelo, del follaje y del claro abierto. No fue un protocolo técnico, pero permitió una primera lectura. Se percibe una intoxicación evidente en las plantas, una degradación acelerada por la absorción de vapores químicos. Y explica cómo es que los residuos de la fabricación de drogas contaminan el entorno.Cuando un narcolaboratorio se instala en la sierra, lo primero que ocurre es el desmonte. Es decir, se despeja la vegetación, se rompe la cobertura forestal. Ese acto, que parece logístico, es en realidad el primer golpe ecológico.​En esos claros, las plantas oportunistas llegan primero. Colonizan el espacio, modifican la calidad del suelo, alteran la dinámica del ecosistema. Lo que antes era un bosque con comunicación subterránea —raíces enlazadas por hongos benéficos— se convierte en un terreno fragmentado, sin sinergia, sin memoria."Estas plantas que empiezan a colonizar van a generar una dinámica en el pequeño ecosistema, que va a cambiar su calidad, su condición, y en las especies asociadas".Los químicos alteran el pH, matan la microfauna, eliminan los hongos que permiten a los árboles absorber nutrientes y comunicarse entre sí."Hay hongos en las raíces que permiten que absorban nutrientes, que hacen esta comunicación entre los mismos árboles. Toda la contaminación química va eliminando esos microorganismos".​Lo que parece una simple mancha amarilla en el follaje es, en realidad, el inicio de una muerte lenta.Pero el daño no se queda en la raíz. Sube por la cadena. Las orugas se alimentan de hojas contaminadas. Las aves comen esas orugas. Y los depredadores más grandes, a su vez, consumen a las aves."Las orugas forman parte de una cadena alimenticia. Si están intoxicadas y las consume otro organismo más grande, seguramente va a tener acumulación de solventes. Y no sabemos qué está pasando en esa cadena de residualidad".En México, no existen estudios sistemáticos sobre lo que ocurre con los organismos después de que se neutraliza una cocina ilegal. No hay seguimiento. No hay datos. No hay equipos permanentes de restauración."¿Qué pasa después de estos procesos de restauración y remediación? ¿Cómo le hacemos para recuperar esa área que está profundamente impactada?"Activismo, bajo amenazaHay otra razón por la que nadie estudia el bosque: el miedo. Los colectivos ambientalistas trabajan sin fondos, sin protección, sin acompañamiento institucional. Muchos dependen de apoyos gubernamentales. Otros prefieren no meterse en problemas con las organizaciones criminales y enfocarse en otros temas de igual relevancia como el tráfico de especies o contaminación por plaguicidas."Los defensores también vivimos una situación de riesgo. No es que yo voy y quiero restaurar una zona y me meto. También necesito ese apoyo gubernamental, necesito tener estrategias que permitan acompañar", indicó la también activista Erika Pagaza Calderón.​"Los más optimistas, los más enamorados de la naturaleza… varios de nosotros, como grupos ambientalistas, conservacionistas, como nos quieran llamar, estamos tratando de dar esta lucha. No queremos meternos en ninguna guerra. Lo que queremos es tratar de proteger a la naturaleza. Son víctimas de esta situación".Durante 23 años, el narco ha contaminado cuencas y corredores hidrológicosLa erradicación de cultivos y fábricas ilícitas comenzó en la década de 1960 bajo la Procuraduría General de la República. Sin embargo, fue hasta el sexenio de Vicente Fox cuando la Secretaría de la Defensa retomó el control del desmantelamiento de laboratorios, a partir de 2002. De ahí provienen los números empleados en nuestra investigación.Esta visualización no sólo revela los corredores criminales más importantes en dos décadas de lucha contra el narco, sino también el daño ambiental acumulado: cada punto en el mapa representa una instalación que dejó residuos en suelos, ríos y mantos freáticos, afectando directamente las cuencas que sostienen la vida agrícola, energética y humana del país.Sin embargo, este mapa es apenas una primera aproximación. Para conocer el verdadero alcance de la contaminación es indispensable incorporar estudios de agua en todo el país, capaces de medir qué tan expuestas han estado las comunidades a los residuos químicos.En Sinaloa, el epicentro nacional de los narcolaboratorios desde 2012, estas instalaciones se concentran en Culiacán, Cosalá, Elota, Badiraguato y Mocorito. Todos se ubican sobre la cuenca del río Humaya–Tamazula, que forma el río Culiacán y alimenta la presa Sanalona.​Pero más allá de los cuerpos superficiales, esta región está catalogada por el Inegi como zona de alta vulnerabilidad freática: los acuíferos del valle de Culiacán y del río San Lorenzo presentan recarga directa desde los escurrimientos serranos, lo que significa que los residuos químicos —ácido clorhídrico, tolueno, acetona, amoniaco— pueden filtrarse rápidamente al subsuelo.En Michoacán, los municipios de Apatzingán, Buenavista, Aguililla, Tepalcatepec y La Huacana se asientan sobre la cuenca del río Tepalcatepec, afluente del río Balsas. Pero también sobre el acuífero Tepalcatepec–Apatzingán, uno de los más explotados para riego en Tierra Caliente. La cercanía entre los laboratorios y los pozos agrícolas implica que los lixiviados de la producción sintética pueden contaminar directamente el agua subterránea que alimenta cultivos, ganado y comunidades rurales.En Jalisco, municipios como Tequila, Zapopan, Tlajomulco y Pihuamo drenan hacia el sistema Lerma–Santiago, pero también se ubican sobre acuíferos de recarga media-alta como el Valle de Atemajac y el Bajío Jalisciense.En Guerrero, los laboratorios en Chilpancingo, Heliodoro Castillo y Coyuca de Catalán se ubican en zonas de recarga del Balsas Medio, donde los mantos subterráneos alimentan presas hidroeléctricas y sistemas de riego. En Chiapas, los hallazgos recientes en Palenque y San Cristóbal de las Casas se localizan sobre la cuenca del Usumacinta, pero también sobre acuíferos de selva alta con conexión directa a pozos comunitarios.Y a diferencia de los decomisos, que se contabilizan y se cierran, la contaminación subterránea se acumula, se dispersa, se consume.En el caso de la Secretaría de Marina, clasificó como reservados los datos sobre los laboratorios que ha localizado: ubicación, fechas, materiales incautados. El Estado Mayor General argumentó que revelar esa información pondría en riesgo la seguridad nacional y la vida del personal naval.Cristal en California deja huella en SinaloaEl cristal que se fuma en un suburbio de California o en una calle de Chicago no sólo es el resultado de una cadena criminal: es también la huella de un bosque envenenado en la Sierra Madre.El negocio es transnacional: los precursores llegan de Asia, los cárteles los procesan en la sierra, y el consumidor final en Estados Unidos alimenta una maquinaria que no sólo mata cuerpos, también degrada territorios enteros.Y sin embargo, nadie asume la factura ambiental. Los cárteles desaparecen entre la maleza, el Estado asegura laboratorios sin restaurar la tierra y el mercado estadunidense sigue demandando sin mirar atrás.​ROA

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