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Los animales se drogan

Abc.es 
En los años setenta, en Hawái, los cultivadores clandestinos de marihuana estaban convencidos de haber identificado al culpable de los saqueos nocturnos de sus almacenes: las mangostas. Encontraban semillas de cannabis en los excrementos y en el estómago de esos pequeños mamíferos, y asumían que se colaban en los depósitos para comerlas. Ronald K. Siegel, psicofarmacólogo estadounidense y profesor en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), viajó allí para investigarlo como parte de una larga línea de trabajo sobre intoxicación y conducta animal. Fue un trabajo de campo, con vigilancia y tecnología nocturna, que «también tuvo un lado oscuro: fui capturado e interrogado por cultivadores de marihuana que se negaban a creer que yo era un científico interesado únicamente en los animales», escribiría después. Pese a todo, sus pesquisas dieron con el verdadero culpable: no eran las mangostas, sino los ratones. Eran ellos quienes entraban a los depósitos, comían las semillas de cáñamo y quedaban aturdidos, con los movimientos ralentizados. Las mangostas aprovechaban para cazarlos con facilidad. Las semillas halladas en su aparato digestivo no eran señal de consumo voluntario de cannabis, sino el rastro indirecto de haberse comido a los roedores intoxicados. Durante décadas, Siegel viajó por la India, México, Tanzania o Vietnam documentando casos similares en animales salvajes y domésticos. Su hipótesis es que el consumo de sustancias psicoactivas no es un accidente evolutivo ni una desviación cultural, sino un impulso natural y compartido. «La intoxicación es una pulsión tan básica como el hambre, la sed o el sexo», escribió en su libro Intoxicación: el impulso universal hacia las sustancias que alteran la mente. Esa 'cuarta pulsión' se manifiesta en cientos de especies, desde elefantes y monos hasta aves, felinos, renos y abejas. Muchos animales, sostiene, ingieren sustancias voluntariamente para obtener placer o estados alterados que les permitan actuar o sentirse de forma diferente. Como el ser humano. En la guerra de Vietnam, muchos soldados recurrieron a las drogas para soportar la realidad: se calcula que un tercio de los norteamericanos probó la heroína durante el conflicto, y uno de cada cinco desarrolló adicción. No eran los únicos. Algunos campesinos empezaron a notar un comportamiento extraño en sus búfalos de agua, animal icónico en Vietnam y Camboya. Inquietos por el estruendo de los bombardeos, se internaban en campos de amapolas silvestres y mordisqueaban las flores una y otra vez. Al cabo de unos días parecían necesitarlas. Mostraban signos de dependencia e incluso de abstinencia cuando terminaba la floración. Con los años, etólogos, biólogos evolutivos y neurocientíficos han recogido cientos de comportamientos parecidos. Las hipótesis que intentan explicarlos son diversas, pero apuntan en la misma dirección: el consumo de drogas en el mundo animal no es accidental ni aberrante, sino un fenómeno natural y generalizado, impulsado por motivos biológicos, evolutivos y psicológicos. Para Siegel, el motor principal es esa 'cuarta pulsión', una fuerza motivacional que lleva a los organismos a alterar su percepción de forma voluntaria. En paralelo, el etnobotánico italiano Giorgio Samorini sostiene que la ebriedad puede funcionar como un instrumento adaptativo: permite respuestas más flexibles ante un entorno cambiante. Otros autores se fijan en mecanismos más pragmáticos. Uno es la automedicación o zoofarmacognosia: animales que usan sustancias para mejorar su salud, ya sea de forma preventiva –aves que incorporan plantas aromáticas a sus nidos para repeler parásitos– o curativa, como chimpancés que ingieren hojas ásperas de Aspilia o raíces de Vernonia para tratar infecciones intestinales. También hay razones reproductivas y sociales. Los gatos responden con éxtasis a la nébeda (Nepeta cataria) porque sus compuestos mimetizan feromonas sexuales y potencian la libido. Algunas mariposas recolectan alcaloides que luego transforman en feromonas para atraer pareja. Incluso el néctar con cafeína puede alterar la conducta social de las abejas melíferas y aumentar la frecuencia de su 'danza del meneo', afinando la comunicación dentro de la colmena. Otro patrón aparece bajo estrés o privación. Babuinos en zoos, elefantes en parques cerrados o monos aislados en experimentos recurren al alcohol, al tabaco u otras sustancias disponibles. En esos contextos, la intoxicación se parece a una medicación del aburrimiento, la ansiedad o la frustración. Y hay hipótesis sensoriales: la llamada 'hipótesis del mono borracho', formulada por el biólogo Robert Dudley, sugiere que la atracción por el etanol evolucionó porque su olor ayudaba a localizar frutas maduras en la selva. Finalmente, algunos comportamientos podrían ser un mecanismo de advertencia: una intoxicación leve como señal biológica que enseña a evitar dosis letales en el futuro. En otros casos, la búsqueda de la droga termina en desastre. En 1974, una manada de 150 elefantes entró en un alambique ilegal en Bengala, bebió licor casero y protagonizó una estampida: cinco muertos, una docena de heridos y decenas de viviendas arrasadas. En África, algunos elefantes siguen rastreando frutas fermentadas o granos mojados con una determinación que recuerda a la compulsión humana. Lo que une a todos estos comportamientos no es la casualidad, sino una lógica interna. Los animales se drogan. Unas veces lo hacen para curarse; otras para explorar, relajarse o soportar un entorno hostil. En algunas ocasiones, simplemente por placer. Igual que nosotros. Es un impulso compartido, antiguo, profundamente arraigado en la evolución.

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