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Davos con otro enfoque, por Diego García-Sayán

Carney partió de una constatación incómoda para muchos asistentes: el sistema internacional basado en reglas atraviesa una fractura estructural. Las grandes potencias utilizan hoy el comercio, la energía, la tecnología y las finanzas como instrumentos de coerción, no como espacios neutrales de cooperación. En ese contexto, fue muy claro en que insistir en que las viejas instituciones multilaterales funcionarán por simple inercia es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irresponsable.

El valor de su intervención no estuvo solo en el diagnóstico, cada vez más compartido, sino en la pregunta que hizo a continuación: ¿qué pueden hacer los países que no son potencias hegemónicas? Propuso, en cambio, una estrategia basada en autonomía, diversificación y cooperación flexible, lejos tanto del alineamiento automático como del aislacionismo estéril.

El mensaje implícito fue aún más relevante: el multilateralismo no desaparece, pero cambia de forma. Ya no se organiza exclusivamente alrededor de grandes instituciones universales, sino también mediante acuerdos parciales, geometrías variables y asociaciones pragmáticas. Cooperar cuando sea posible, competir cuando sea inevitable y proteger intereses estratégicos propios dejó de ser una contradicción moral; es una descripción honesta del mundo real.

Yendo a nuestros terrenos, es un enfoque que podría apuntar a procesos como la alianza estratégica entre Perú y China que se está forjando, de hecho. Creciente comercio bilateral e inversión, y pasos estratégicos como Chancay, que debería apuntar a ser el puerto para América del Sur.

Para Europa —y, por cierto, para América Latina y los demás países que no controlan ni la moneda global ni las grandes plataformas tecnológicas—, el discurso canadiense encierra una advertencia incómoda: defender valores como la democracia, la sostenibilidad o los derechos humanos exige hoy poder económico, resiliencia interna y Estados eficaces.

Más claro ni el agua: sin esas bases materiales, los valores quedan reducidos a declaraciones bienintencionadas, fácilmente ignorables por quienes sí están dispuestos a usar el poder sin complejos.

Gobernar en un mundo fragmentado

Davos suele funcionar como un escaparate de consensos aparentes. El discurso de Carney fue distinto porque asumió el fin de las ilusiones sin caer en el fatalismo.

No ofreció una gran narrativa redentora ni una salida heroica, sino algo más exigente: la responsabilidad de gobernar en un mundo más duro, más fragmentado y menos complaciente. Ese es el punto que incomoda y, al mismo tiempo, vuelve relevante su intervención: gobernar hoy implica aceptar límites, priorizar intereses y asumir costos políticos. En Davos, pocos se atreven a decirlo con esa franqueza.

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