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México, fuera de la mesa (2)

En mi columna anterior analicé cómo el cambio de contexto en Estados Unidos está transformando de fondo su política comercial y estratégica. Expliqué que ya no se trata únicamente de comercio, sino de seguridad, y que ese giro abre distintos escenarios para la relación económica en América del Norte. Ahí señalé que me concentraría en tres de esos escenarios. El primero, la eventual construcción de un mercado común entre Canadá y Estados Unidos, un esquema que por su lógica política, institucional y estratégica difícilmente incluiría a México. En esta columna exploro el segundo escenario que surge de ese cambio de contexto.

Durante más de tres décadas México construyó su relación económica con Estados Unidos bajo una idea central: competitividad. Mano de obra más barata, integración de cadenas productivas, eficiencia logística y acceso preferencial al mayor mercado del mundo. El TLCAN y posteriormente el T-MEC fueron diseñados para maximizar eficiencia económica dentro de la lógica de la globalización, producir donde fuera más barato, integrar procesos y reducir costos para empresas y consumidores.

El principal argumento repetido por analistas, empresarios y la prensa mexicana, es que Estados Unidos no podría mantener su competitividad sin México. A partir de esa premisa, muchos dan por sentado que Trump renegociará el T-MEC. Se afirma que México es indispensable para que la economía estadounidense siga funcionando en sectores clave como el automotriz gracias a su integración productiva, su cercanía geográfica y la disponibilidad de mano de obra que Estados Unidos ya no tiene.

El problema es que esa lectura confunde conveniencia económica con necesidad estratégica y asume que sin tratado no hay comercio. Estados Unidos no necesita un acuerdo comercial de cientos de páginas para comerciar. Lo único que necesita es decidir en qué sectores mantiene aranceles en cero para ser competitivo y en cuáles no. El comercio puede continuar sin el T-MEC. La asimetría real es otra. Mientras Estados Unidos puede comerciar sin tratado, México lo necesita para ofrecer certidumbre jurídica, atraer inversión y protegerse de decisiones discrecionales.

Estados Unidos dejó de concebir el comercio como un ejercicio de eficiencia y pasó a verlo como un componente de seguridad nacional. La lógica que guio al TLCAN y al T- MEC fue sustituida por otra muy distinta: reducir vulnerabilidades, asegurar capacidades estratégicas y mantener control soberano sobre flujos críticos. En este nuevo marco, los tratados dejaron de ser el eje de la política comercial. Washington puede comerciar y ser competitivo sin tratado. Puede mantener aranceles cero para insumos estratégicos, imponer restricciones selectivas, otorgar excepciones sectoriales o cerrar mercados enteros por razones de seguridad nacional. No necesita negociación multilateral ni reciprocidad. Basta una decisión administrativa. El comercio no desaparece, cambia de naturaleza. Deja de ser contractual y se vuelve discrecional.

En este escenario también cambia la forma de negociación. Ya no se trata de un diálogo entre gobiernos ni de una mesa trilateral con reglas compartidas. La negociación se traslada al lobby empresarial en Washington. Son las empresas las que presentan sus argumentos a la Casa Blanca. Si las armadoras estadounidenses explican que ciertos componentes importados desde México son indispensables para mantener costos bajos y proteger empleo en Estados Unidos, el presidente puede simplemente decidir mantener esos aranceles en cero para ese sector específico. No hace falta una renegociación ni acuerdos gobierno-gobierno. Basta con que las empresas convenzan a Washington de que ese flujo les conviene.

El problema para México es que esta transformación no ocurre en el vacío. Desde la firma del TLCAN y el T-MEC no solo cambió Estados Unidos. México también cambió, y no para bien desde la óptica de Washington. Un indicador de ese cambio es que hoy cerca de tres de cada diez vehículos que se venden en México son de origen chino. No se trata solo de una preferencia de mercado, es una señal de reconfiguración estratégica silenciosa. Por otro lado, el deterioro de la seguridad, la erosión del Estado de derecho, el debilitamiento institucional y la desaparición de contrapesos regulatorios dejaron de ser asuntos internos para convertirse en señales de riesgo.

A diferencia de Canadá, México dejó de ser percibido únicamente como un socio productivo y pasó a ser evaluado como un riesgo administrable. Esa diferencia explica por qué, desde la lógica estadounidense, un esquema trilateral resulta cada vez menos atractivo. El nuevo criterio ya no es solo quién produce más barato, sino quién es confiable cuando las cosas se complican, quién garantiza cumplimiento regulatorio, seguridad física, respeto a contratos y alineamiento estratégico.

La falta de energía eléctrica agrava aún más el problema. En el momento en que Estados Unidos busca relocalizar manufactura avanzada, semiconductores, centros de datos e inteligencia artificial, no poder garantizar energía deja de ser un obstáculo técnico y se convierte en una alerta estratégica.

Estados Unidos puede prescindir del tratado sin dejar de comerciar. México no. No por los aranceles, sino por la certidumbre jurídica que protege la inversión frente a decisiones discrecionales. El tratado no garantiza crecimiento, pero su ausencia sí garantiza mayor riesgo. Mientras Estados Unidos puede operar sin tratado, México no puede prescindir de la certidumbre sin pagar un costo elevado.

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