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Los relatos inquietantes de Samanta Schweblin: “El buen mal”

En lo que respecta a la narrativa del siglo XXI, podemos señalar que hay un puñado de autores que podemos catalogar de posicionados. El tiempo se ha encargado de poner las cosas en orden, porque a inicios de este siglo aparecieron muchas voces a tener en cuenta y, junto con ello, un aparato editorial y festivalero mediante el cual se les visibilizaba.

Cada país de la región, como mínimo, tenía uno o dos autores nuevos con gran proyección. No voy a negar que no pocas de estas poéticas exhibían originalidad discursiva y temática. Pero el aparato editorial, a cargo de los grandes grupos editoriales, requería posicionar voces para marcar una tendencia editorial. Pensemos en la metaliteratura en menor medida y en el tópico de la violencia política como el grito mayor. Para hacerlos más atractivos, los congresos, los festivales y los concursos fueron los aliados de ese propósito.

Muchos de los autores que aparecieron lo hicieron bajo el registro con el que suelen debutar en la literatura los noveles: el cuento. Pero el aparato editorial, que estaba a la búsqueda de autores jóvenes a promocionar, necesitaba que lo hicieran en el registro más vendedor; es decir, la novela. Entonces muchos se volcaron a escribir novelas y dejaron de lado el ejercicio del cuento. La tentación era muy grande y humanamente entendible (no hay que olvidar que los artistas y escritores son de carne y hueso; no solo es ego, muchas veces sobredimensionado, lo que define a la práctica creativa). Y esas intenciones se tradujeron en novelas de todos los tipos y colores.

Quien escribe se acuerda muy bien de esos años, cuyo arco mayor de producción literaria fue del 2004 al 2008. Se publicaron muchas novelas de autores jóvenes (incluyamos asimismo a los que habían aparecido a mediados de los 90) y el relato breve entró en una especie de crisis (no de calidad), ya que las grandes editoriales (y también las editoriales independientes, no todas, que deseaban estar en onda con la moda editorial) querían sí o sí que se publicasen novelas y, bajo ese objetivo, hasta dejó de importar la procedencia literaria del autor de turno y la exigencia de contenido (como bien sabemos, para escribir hay que leer mucho y, obviamente, escribir y tener algo que decir) siempre y cuando fuera alguien famoso.

A la fecha, son muy contados los que han sobrevivido a la criba/guadaña. La literatura de verdad no admite propuestas que coquetean con la farsa. Un escritor debe escribir sin pensar en las modas. El chicote demora, pero llega.

La cuentista

La argentina Samanta Schweblin (1978) es autora de cuatro cuentarios y dos novelas. Su primer libro fue uno de relatos llamado El núcleo del disturbio (2002). Este es un título muy celebrado. Lo mismo podríamos decir de su novela Distancia de rescate (2014). Toda la obra de la autora está atravesada por la inquietud de la cotidianidad y su escritura exhibe esa extraña cualidad en donde confluyen la claridad con el sentido simbólico. A sus personajes les están pasando cosas aunque en apariencia no esté sucediendo nada.

"El buen mal". Imagen: Difusión.

Desde su aparición, Schweblin se destacó por ser una autora original. A saber, siguió en el cuento en tiempos en los que el mismo no estaba de “moda”. Si hoy hablamos de un buen momento del cuento hispanoamericano, se lo debemos en gran parte a voces como Schweblin, quien además se ha convertido en faro para muchísimos cultores del género breve. Es todo un referente.

Su último cuentario, El buen mal (Random House), lo publicó en el primer semestre de 2025 y desde entonces la publicación no ha conocido otro sendero que el saludo entusiasta. No sorprende, en los seis cuentos (todos de largo aliento: “Bienvenida a la comunidad”, “Un animal fabuloso”, “William en la ventana”, “El ojo en la garganta”, “La mujer de Atlántida” y “El superior hace una visita”) que conforman el volumen, es posible ver la tradición de la que se nutre (Bioy Casares, Cortázar, Felisberto Hernández y Kafka) y la ética de su propuesta.

Los personajes de Schweblin están huyendo de algo o tratando de evitar algo. Son personajes que guardan secretos. Se percibe en ellos una insatisfacción con la vida y una intención de querer cambiar su presente. Pongamos como ejemplo a la protagonista de “Bienvenida a la comunidad”. Ella salta desde un muelle a un lago con la intención de no emerger más. Es una mujer casada y con dos hijas. Ha dejado notas de despedida. Es una mujer que no soporta vivir y en los silencios yace la fuerza de la transmisión de la historia. ¿Qué la perturba? Es una sencilla pregunta sin potencial respuesta. Regresa a casa a hacer su día y en la interacción con su familia no se percibe de dónde proviene su conflicto interior. Pero un hombre la ha visto lanzarse al lago. Es un vecino de quien se sabe que le gusta la caza y que un tiempo atrás (tres años) estuvo envuelto en un juicio por hostigar a una mujer. Es una persona extraña y de pocas palabras. Este hombre es testigo de lo que la mujer quiere ocultar.

Si hablamos de cotidianidad, debemos tener en cuenta la dimensión familiar. En “El ojo de la garganta”, la escritora argentina nos proporciona la historia de un trauma entre un padre y su hijo. En su infancia, al hijo le sucede una tragedia (no hay una mayor que las que acaecen en el entorno doméstico) que le afecta de por vida. Queda sin voz y el padre se siente culpable porque algo más pudo hacer. Este relato no explora el sentimiento de culpa, sino las sensaciones encontradas generadas por las ganas de comunicarse y no poder hacerlo. El relato es narrado por el hijo. En este escenario, Schweblin, antes que describir miedos, construye atmósferas por medio de los silencios y gestos. A este cuento se le ha dado una lectura torcida cuando se señala que explora en la culpa del padre ante su descuido. “El ojo en la garganta” no va de la culpa, sino de la dignidad ante una sensación de tragedia que no se irá jamás. Es una obra maestra del cuento latinoamericano del presente siglo.

La relectura de El buen mal nos confirma, una vez más, la contundencia narrativa y originalidad de Samanta Schweblin. No todos los autores tienen el poder de remecer al lector.

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