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Aranjuez recupera las góndolas donde Carlos II navegaba por El Retiro y Alfonso XII celebraba festejos en la Casa de Campo

Abc.es 
En épocas pretéritas, los canales y estanques de los reales sitios españoles eran surcados por góndolas y falúas. Desde ellas se escuchaba a los músicos tocar, se pescaba o se representaban naumaquias, espectáculos que recreaban batallas navales . Las había decoradas con sirenas, tritones y nereidas, ornamentadas con tallas en forma de mariposas y guirnaldas, además de tapicerías de seda entretejida con oro fino, realizadas en maderas nobles –caoba, majagua, encina, pino o haya–. Se trataba, en resumen, de joyas flotantes concebidas para el recreo. Ese universo de fasto cortesano vuelve a mostrarse desde este miércoles al público con la reapertura del Museo de Falúas Reales de Aranjuez –construido según el proyecto del arquitecto Ramón Andrada entre 1963 y 1964 en el interior del Jardín del Príncipe, en las cercanías del Embarcadero Real y sus pabellones–, donde Patrimonio Nacional custodia una de las colecciones más singulares del legado histórico español. Se trata de seis embarcaciones fluviales de recreo construidas entre el siglo XVII y el último tercio del XIX, que conviven con cañones de salva, empleados antaño por las brigadas de artillería de la Armada desde el fortín del Sotillo de Aranjuez, para rendir honores a los monarcas en el momento del embarque. Como se ha mencionado anteriormente, estas embarcaciones no eran simples medios de transporte, sino escenarios móviles de la vida cortesana. Navegaban con majestuosidad por los estanques y canales del Buen Retiro de Madrid, la Granja de San Ildefonso, la Casa de Campo y, sobre todo, de Aranjuez, acompañando fiestas, paseos regios y celebraciones diplomáticas, donde cada detalle hablaba del poder y la magnificencia de la monarquía española. A lo largo del tiempo, estas falúas han sido objeto de diversas intervenciones debido a su uso histórico y a la complejidad de sus materiales. Lourdes de Luis, jefa del servicio de Restauración de Artes Decorativas, explicó ayer desde el espacio museístico donde se exhiben las piezas que los trabajos –que han tenido una duración de nueve meses y ha supuesto una inversión de 110.00 euros– se han desarrollado en dos fases: una primera centrada en la limpieza y consolidación, tanto de las partes que componen las embarcaciones como de las decoraciones, y una segunda dedicada a la reintegración, donde destaca «la reposición de tallas que faltaban, acompañadas de su policromía correspondientes, así como el dorado de las zonas perdidas». Para ello, recalca, se ha contado con un equipo multidisciplinar integrado por ebanistas que han reproducido las tallas que faltaban, apoyándose en el trabajo de los carpinteros que realizaron la consolidación de las estructuras de las embarcaciones. También han intervenido especialistas en textiles, encargados de restaurar los tejidos, «sobre todo en las piezas de épocas más modernas». Además, han trabajado restauradores de escultura, estuco y pintura para recuperar las múltiples decoraciones que presentan las falúas. «Ambas fases se han llevado a cabo sobre la totalidad de los materiales que conforman las embarcaciones, tanto en sus elementos constructivos como en los decorativos y textiles», indican desde Patrimonio Nacional. Uno de los trabajos más interesantes ha sido la restauración de los doseletes y sus cortinillas, así como la tapicería de los bancos corridos, en su mayoría de factura isabelina con importantes conjuntos de pasamanería: «El tratamiento de estos materiales, de gran fragilidad, ha permitido que las falúas puedan exhibirse ahora en todo su esplendor». La embarcación de recreo más antigua de las conservadas por Patrimonio Nacional es la góndola dorada encargada en Nápoles por Carlos II en 1683 para su uso en el Estanque Grande del Retiro , adonde llegó desmontada y encajonada. Con cerca de 17 metros de eslora y casi tres de manga y de estilo barroco tardío, está decorada con una talla dorada sobre fondo de color verde que, en origen, era negro, cuenta Lucio Maire, restaurador del Taller de Dorado y Estuco de Patrimonio Nacional. Los mascarones en la proa –una sirena con el escudo real– y en la popa –un león alado con cetro y terminación en forma de pez–, decorados con oro fino, refuerzan su carácter de joya flotante de la corte. Para Maire, se trata de «la joya de la colección». Explica que fue intervenida profundamente antes de 2001: «Había zonas que, de tanto tocar la gente, habían perdido el dorado». Hoy, el calefateado que luce es «el más cercano al original». Cronológicamente le sigue la falúa de Carlos IV, construida en Cartagena a comienzos del siglo XIX y la única conservada de su flotilla: «La decoración pintada con motivos heráldicos por encima de la línea de flotación tiene un sentido político, al incluir escudos y emblemas de reinos y ciudades españolas». Del reinado de Fernando VII procede otra falúa de estilo pompeyano, con delfines entrelazados en la proa y el escudo real laureado en la popa, además de un pabellón adornado con mariposas y guirnaldas. Aunque fue utilizada en la década de 1830 por María Cristina de Borbón, cuarta y última esposa de Fernando VII, esta pequeña embarcación había sido construida originalmente para su segunda esposa, María Isabel de Braganza. Al reinado de Isabel II corresponde una canoa en madera de caoba –especialmente adecuadas para salir a pescar– con refuerzos de bronce dorado, construida en Ferrol en 1859 y que sería empleada por su hijo Alfonso XII en la Casa de Campo, según reza la chapa de bronce en la popa: «Se fue imponiendo un gusto más comedido y el uso de barcas se fue popularizando». También de Isabel II es la embarcación de cabotaje obra de José Tuduri de la Torre, dedicada por «Mahon a su Reina», con el escudo de la ciudad en la popa. Antes de ser trasladada a Aranjuez para navegar por el río Tajo, fue utilizada en el estanque del Buen Retiro y la Casa de Campo de Madrid. Finalmente, se expone la falúa de Alfonso XII, regalo de la ciudad de Ferrol en 1879. Con 11 metros de eslora y 14 remos, fue utilizada por el monarca en sus estancias veraniegas en San Sebastián. La restauración integral de las embarcaciones es el primer paso hacia el futuro Museo de Falúas Reales. Las obras del nuevo edificio comenzarán el próximo año y su apertura está prevista para 2028. El museo incorpora un concepto expositivo renovado y adaptado a las necesidades actuales. El Tajo tendrá un papel central en el diseño, se verá desde el edificio, y así las falúas podrán contemplarse en su contexto natural, el lugar para el que fueron concebidas. Además, el espacio museográfico incorporará soportes audiovisuales y recursos que facilitarán la comprensión del origen, la función y la evolución histórica de estas embarcaciones.

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