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Mucha certeza… poca inversión

Una vez más, la presidenta Claudia Sheinbaum convoca y se reúne con líderes del sector empresarial para lanzar, por enésima vez, mensajes que convoquen, convenzan y movilicen al sector privado a invertir en el país.

Los mensajes son repetitivos, cíclicos: el país tiene certidumbre absoluta; las inversiones gozan de total certeza en el marco jurídico; este debe ser el año del despegue de la inversión.

Es encomiable la labor de la jefa del Ejecutivo federal, saliendo a la escena para “vender” una realidad que, a los ojos de los empresarios y dueños del capital, no corresponde con el país.

La presidenta prefiere ignorar o, mejor dicho, borrar con palabras y discursos alegres y amenos, que su gobierno impulsó y aprobó una reforma judicial que modificó por completo la independencia, autonomía, solidez y credibilidad de la Suprema Corte de Justicia, sin hablar del entramado completo de juzgados, tribunales, consejo de disciplina y otras tantas ocurrencias.

La reforma, en los hechos, contrajo la inversión y la certidumbre de los empresarios.

Las causas son simples: no confían.

¿Cómo confiar cuando hay una ministra que merece regresar a la Facultad de Derecho, porque insiste en hacer juicios retroactivos y reabrir expedientes juzgados y dictaminados? Olvida la “señora del pueblo” que la Constitución sostiene el principio de la no retroactividad de la ley. Es tan solo un botón de muestra.

La reforma trajo a una colección de personajes improvisados, sin experiencia judicial auténtica, con taras y atavismos ideológicos, que ahora son los responsables de juzgar e interpretar la Constitución.

En cualquier conversación en corto con empresarios de distintos sectores, coinciden en señalar: “Yo mejor voy viendo cómo se pone la cosa”; “no les creo esto de una Corte democrática y del pueblo que defienda la ley”… Y cosas por el estilo.

Pero ahí no se detiene la profunda desconfianza en el gobierno.

Agreguemos la eliminación de los organismos autónomos que, en los hechos, debilitó los contrapesos al poder presidencial para fortalecer a un sistema centralizado en el Ejecutivo. En suma, la democracia mexicana retrocede en índices internacionales de derechos y libertades. Aunque a la presidenta no le guste lo del retroceso.

Y ya para terminar, no hay ninguna señal de reordenar el excesivo, endeudatorio y fallido gasto público, que dilapida miles de millones en rescatar a Pemex de la quiebra técnica por defender un modelo energético también fracasado.

¿Cómo pretende el gobierno motivar a los inversionistas y empresarios del país a construir, fabricar, impulsar la economía ante este escenario?

Parece un juego de sordos. Ebrard promete “un portafolio de inversiones superior a los 400 mil millones de dólares” que, por cierto, está por verse a partir de los términos de renegociación del T-MEC.

La presidenta afirma que hay certidumbre y que el marco jurídico es sólido.

Los empresarios presentes en el acto hacen declaraciones espectaculares, de total alineamiento con el discurso presidencial. No es la primera vez. Ha sucedido ya con el Plan México reunión 1, 2… etcétera.

Pero en los hechos, la inversión no llega, no crece, sino que, por el contrario, está estancada.

Felicidades por los discursos, por la creación de un nuevo consejo promotor de inversiones y tantos esfuerzos dedicados a impulsar la confianza y la credibilidad de los empresarios.

Lamento decepcionarlos, pero en corto, ellos dicen lo contrario.

Nadie le va a decir que no a la presidenta de la República, mucho menos en su rostro: más de 100 tiendas anuncia Antonio Chedraui; mayor inversión y crecimiento, en voz de Daniel Servitje. ¿Y luego? ¿Qué pasa? ¿Dónde se atora?

El gobierno, los diputados y senadores, así como la presidenta parecen no comprender que su programa de reformas ha sido el antídoto de la inversión.

Concentrar el poder en el Ejecutivo, desmantelar el Estado de derecho, desactivar y eliminar las instituciones que fortalecían equilibrios y canales democráticos, todo esto tiene su costo y pasa factura.

Y el mayor temor —la presidenta se puede burlar todo lo que quiera del nuevo Frente Amplio Democrático— es la reforma electoral que representa un atentado contra la debilitada, centralizada y restante democracia mexicana, que han ido diluyendo.

Dice Claudia Sheinbaum: “¿cuándo dije yo que se iba a acabar la autonomía del INE?”.

Es cierto, usted nunca. Pero qué tal Pablo Gómez, su alfil en el desmantelamiento del Instituto y sus facultades.

Ahora parece que no enfrentaron una batalla interna al interior de su coalición con el PT y el Verde, por los plurinominales, y que no, hasta donde alcanzamos a ver, fueron doblados por sus aliados. Su intención era eliminar las curules de representación proporcional.

Si resulta que presentan una reforma edulcorada sin ninguno de esos cambios como se había anticipado, tal vez, y solo tal vez, pudieran recuperar algo de la credibilidad que es sustento para la inversión.

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