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Cuando impera el autoritarismo

Creo que es envidiable vivir toda una vida como un ser humano capaz de conmoverse ante el dolor ajeno, de rebelarse ante las injusticias, de actuar por convicción. Sentirse y ser humano es envidiable porque corren tiempos en los que impera un orden global que condiciona a despersonalizarse, obliga a pasar desapercibidos cuando algo nos exige compromiso. Este es un tiempo de abundante flujo de información con un mínimo de comunicación. Un tiempo que contempla impasible genocidios como el de Gaza, naturaliza la intolerancia a los migrantes en Estados Unidos. Un tiempo en el que los villanos ejercen de héroes y se confunde la honestidad con la tontería.

En este tiempo en el que la inteligencia artificial avanza a pasos agigantados, todavía somos trogloditas al momento de cuidar nuestra humanidad. El hambre en el mundo afecta a 673 millones de personas; 123 millones se han visto forzadas a dejar sus hogares por conflictos armados, persecución, incendios o inundaciones provocados por el cambio climático, son familias que han tenido que dejarlo todo y huir. Cuentan 830 millones de personas en el mundo que viven en extrema pobreza.

Estamos viviendo un tiempo en el que los pactos y los consensos establecidos se están rompiendo. Se confunde la defensa de la democracia con la imposición de decisiones tomadas unilateralmente. Se está estableciendo un nuevo orden mundial basado en la ley del más fuerte con absoluta impunidad y con el asentimiento de quienes han resignado el valor humano a la riqueza material, venga de donde venga.

Las instituciones establecidas después de la Segunda Guerra Mundial padecen fragilidad. La Organización de Naciones Unidas es una muestra clara de esta afirmación, se ha desgastado su legitimidad en la opinión pública, se ha debilitado su accionar en ayuda humanitaria y mantenimiento de la paz, recortando o eliminando los recursos económicos que sustentan su gestión. Estados Unidos ha contribuido ampliamente en ese accionar desde hace mucho tiempo, aunque nunca con tanta fuerza como ahora.

Trump ha desenmascarado las pretensiones del poder y ha mostrado que el mundo es un mercado donde por ejemplo, la paz es un gran negocio y quienes quieran invertir en ella pueden ingresar con una cuota de mil millones. Gaza, después del genocidio y la desaparición de su población y sus edificaciones, podrá ser un gran centro turístico para millonarios construido sobre los huesos de sus muertos. En ese escenario, América Latina vuelve al antiguo cauce de proveedor de materias primas, donde la opción es entregarlas resignadamente, casi servilmente, o bajo ocupación. Ya no cuentan los consensos, ni la legalidad. Impera el autoritarismo.

Sin embargo, de la fuerza con la que se impone el poder global, hay voces que todavía se dejan escuchar detrás del ensordecedor ruido que provoca la inteligencia artificial, las noticias falsas, el espectáculo de la guerra, del desconcierto social y que nos convocan a no aceptar pasivamente la destrucción de la arquitectura social basada en valores de humanidad, de compasión y civilidad.

(*) Lucía Sauma es periodista

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