Felices suspensos
Hubo un tiempo en que ir a clase significaba levantarse cuando entraba el profesor. A veces te pegaban o te ponían de rodillas —haciendo bueno aquello de que la letra con sangre entra— y también había docentes que amaban su profesión y convertían el aula en un lugar amable de debate y conocimiento. Todo eso, aunque contradictorio, ocurría en una época en la que la escuela estaba llena de «infancia vivida», es decir, de aquellos niños y niñas que en Galicia conocían bien la palabra emigración porque muchos padres se pasaban todo el año fuera para poder traerles un futuro mejor. Pues bien, en aquella infancia vivida se aprobaba y se suspendía: si estudiabas, aprobabas; si no estudiabas, suspendías. Y... Ver Más