World News in Spanish

Padres helicóptero: cuando proteger demasiado impide crecer

Abc.es 
El término «padres helicóptero» describe a madres y padres que supervisan de manera constante —y a menudo excesiva— cada aspecto de la vida de sus hijos: tareas escolares, conflictos con amigos, decisiones cotidianas e incluso problemas que los propios menores podrían resolver solos. La metáfora es clara: el adulto «sobrevuela» permanentemente, listo para intervenir ante cualquier dificultad . El objetivo es evitar errores y sufrimiento. Sin embargo, la evidencia psicológica apunta a que crecer sin margen para equivocarse puede tener consecuencias en la autoestima, la tolerancia a la frustración y la capacidad de tomar decisiones. El término nació en Estados Unidos , pero el fenómeno no entiende de fronteras. La intención es clara: evitar dolor, fracaso o frustración. El resultado, sin embargo, no siempre es el esperado. No se trata de falta de capacidad, sino de falta de práctica. Tomar decisiones es una habilidad que se entrena . Tolerar la frustración también. Y ambas requieren algo que incomoda a muchos padres: permitir que el niño experimente pequeñas dosis de fracaso. La sobreprotección no suele manifestarse como control autoritario. Es más sutil. Padres que escriben al grupo de WhatsApp ante el mínimo conflicto entre compañeros. Madres que corrigen cada deber hasta dejarlo perfecto. Familias que negocian con profesores por una mala nota que el alumno apenas ha intentado mejorar por sí mismo. En muchos casos, detrás hay miedo . Miedo a que el hijo sufra acoso. Miedo a que quede rezagado académicamente. Miedo a que un error condicione su futuro. También hay presión social: en una cultura donde el éxito parece obligatorio, cualquier tropiezo se vive como amenaza. Algunos adolescentes criados en entornos muy controlados muestran mayor ansiedad ante exámenes o decisiones vocacionales. Otros presentan baja tolerancia a la frustración: cualquier obstáculo se vive como injusticia. E l desafío no es pasar del control absoluto a la indiferencia . Es ajustar la distancia. Soltar implica pequeñas renuncias cotidianas: no llevar el material olvidado al colegio cada vez. No intervenir de inmediato en una discusión entre amigos. No rehacer un trabajo escolar porque «podría estar mejor». Acompañar desde la retaguardia, no desde el centro del escenario. También implica tolerar la incomodidad propia. Ver a un hijo frustrado duele . Escuchar que ha discutido con un compañero activa el impulso de protección. Pero muchas veces lo que el menor necesita no es que el adulto resuelva, sino que escuche y confíe. La autonomía no aparece de repente a los 18 años. Se construye desde la infancia, con responsabilidades acordes a la edad y con espacios de decisión reales. Elegir la ropa, gestionar una paga, organizar el estudio o asumir una consecuencia lógica son pasos pequeños que suman competencia. En un contexto donde la tecnología permite supervisarlo todo —ubicación en tiempo real, plataformas escolares, comunicación constante— la tentación de controlar es mayor que nunca. Pero crecer requiere cierto margen de incertidumbre. Porque la meta no es que los hijos no tropiecen nunca. Es que aprendan a levantarse sin necesitar siempre que alguien les quite la piedra del camino.

Читайте на сайте