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Cuba: entre el régimen y el mar

En una isla no se huye: se salta. No hay frontera que se cruce a pie ni carretera que se tome de madrugada; hay mar y hay Estado. En Cuba, salir del país sin cumplir las formalidades migratorias sigue tipificado como delito.

Permanecer, en cambio, se ha convertido para muchos en un ejercicio de desgaste cotidiano. Entre la penalización de la salida irregular y la asfixia de la permanencia, la población queda atrapada en un callejón estrecho: correr está regulado; quedarse, cada vez más difícil.

La ley ya no exige el antiguo permiso de salida. En el papel, basta con pasaporte vigente, visa del país de destino y no estar sujeto a restricciones administrativas. En la práctica, la movilidad depende de algo que el propio Estado no controla: que otro país abra la puerta.

Cuando los visados se encarecen, los corredores se cierran o las rutas aéreas se cancelan, la vía legal deja de ser opción para amplios sectores. Y cuando la vía legal se vuelve inaccesible, la movilidad no desaparece: se desplaza hacia rutas más riesgosas.

Cuba ya vivió ese patrón. En 1980, el éxodo del Mariel convirtió al mar en frontera masiva. En 1994, la crisis de los balseros volvió a exponer la lógica insular: cuando la presión interna aumenta y los canales formales no alcanzan, la salida se produce por el agua. Durante décadas, el horizonte inmediato fue Florida —a menudo Key West, por la lógica de las 90 millas—. El destino final era Estados Unidos.

Pero el patrón cambió. Con el fin de la política “wet foot, dry foot”, el refuerzo de la vigilancia marítima y la cooperación regional, el cruce directo hacia Florida dejó de ser la vía predominante.

En los últimos años, la migración cubana se reconfiguró hacia corredores continentales: vuelos a terceros países con menos requisitos y tránsito terrestre por Centroamérica y México hasta la frontera estadounidense. No desapareció el destino; cambió la forma de llegar.

Ese desplazamiento no eliminó el riesgo; lo redistribuyó. Cuando existen rutas “administrables” —aunque sean largas y costosas—, el peligro se fragmenta. Cuando esas rutas se estrechan, el riesgo vuelve a concentrarse en los bordes geográficos.

El mar reaparece como opción desesperada, aun con altas probabilidades de intercepción y devolución. La movilidad no cesa; se vuelve más incierta, más cara y más peligrosa.

No se trata de romanticismo migrante ni de heroicidades individuales. El problema es estructural: los diseños de contención producen trayectorias más riesgosas. Criminalizar la salida irregular no inmoviliza a una población que siente que quedarse la erosiona; la empuja hacia redes clandestinas. Cerrar corredores no ordena los flujos; los fragmenta y los encarece en vidas, deuda y riesgo.

México no está al margen de esta dinámica. Cuando las rutas se reconfiguran, el país vuelve a ser corredor, sala de espera o destino parcial. Aumenta el varamiento, la presión sobre albergues y la informalidad como mecanismo de supervivencia. La movilidad cubana no es un fenómeno aislado: forma parte de un tablero regional donde cada puerta que se cierra desplaza el riesgo hacia otra orilla.

Sería cómodo atribuirlo todo a factores externos. Pero en un país con instituciones que funcionan, los choques geopolíticos no empujan de forma sistemática a su población al mar. Aquí la asfixia es previa.

Décadas de decisiones económicas y políticas han estrechado el margen vital hasta volver la migración una estrategia de supervivencia. La salida no es un gesto épico: es una respuesta racional a un encierro prolongado.

No es que no exista salida; es que se ha vuelto cada vez más incierta. Cuando el corredor continental se estrecha y el cruce directo es interceptado, la movilidad se convierte en una apuesta que se repite. El costo lo paga el cuerpo: noches en altamar, deudas que crecen, trayectos interminables, devoluciones que obligan a empezar de nuevo.

Antes del fin

Hay quienes quieren convencernos de que la virtud está solo en enviar auxilio, nunca en preguntar por qué fue necesario. Pero la ética pública no se agota en repartir vendas mientras se protege a quienes abrieron la herida. Evitar el daño es superior a administrarlo.

No desvíen la incomodidad hacia quien pregunta. Si hay que señalar, que sea hacia quienes, desde el poder en Cuba, han producido las condiciones que obligan a huir. Cuando la compasión se usa para blindar aliados y silenciar preguntas incómodas, deja de ser compasión y se vuelve coartada. En democracia, la conciencia crítica no estorba: es el único límite real frente al poder.

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