Discos de la semana: la alegría de El Kanka y la ira de Mandy Indiana
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. «Pff… como me suena está portada…». «Vamos, es que está portada la he visto yo en algún sitio, es que estoy seguro». «¿Y por qué le habrá llamado esta a su disco 'Jessica Pratt'?». Uno nunca se acuesta sin aprender algo nuevo y el mangurrián que aquí escribe ayer aprendió –después de mucho escuchar el 'nuevo' disco de Asher– que en realidad es un remake, una rendición del primer trabajo de la cantante californiana Pratt. Por homenajear ha replicado hasta la portada. Pues nada, tarea doble para este crítico en crisis. Esta declaración de amor no alcanza la magia contenida y desnuda de la propuesta original pero sirve de interesantísimo experimento sonoro: ¿cómo sería la Jessica Pratt del universo paralelo en el que le flipa el noise? Sería un universo bien rico en matices, un poco como el sello que acoge a la artista, ruidista a la par que disfrutable. Asher, además de clavar unas voces super exigentes, toca todos los instrumentos: baterías, guitarras, bajos, sintetizadores… y lo hace con estilo, con onda. Secundamos su reivindicación hecha en redes sociales: «No es solo un homenaje, sino un disco por derecho propio». El músico malagueño vuelve con canciones originales tres años después, en un álbum en el que deja patente de nuevo su abono al 'si funciona, no lo toques'. Un puñado de canciones donde, como acostumbra, le canta a la vida, el optimismo, la cotidianeidad y a encontrar la calma entre las múltiples tormentas a las que cada uno se enfrenta en su día a día. Precisamente con el tema que da título al disco y que ahonda en la búsqueda de la paz mental arranca el nuevo trabajo, con melodías cálidas, sencillas y efectivas en lo suyo. La carnavalera 'Los compadres' agranda la cuota de alegría en un álbum donde también hay hueco para cantarle a la ansiedad («Un estruendo sordo, una pesadilla, una sombra de horror»), a las ganas, y a una aspiración de existencia simple pero disfrutona sin mucha preocupación. Repite fórmula y funciona, guitarra en mano, sin exceso de arreglos y dándole una vuelta, aunque sin florituras (ni en música ni en letra) al flamenco pop que a lo largo de los años tantos representantes exitosos ha tenido. Él es ahora uno de los elegidos para mantener vivo el legado y va consiguiendo asentarse sin prisa pero sin pausa, una frase hecha que bien podría ser una de sus cotidianas canciones. No está mal. Ahora que casi todo el mundo canta en español, con acento de autotune y hechuras escénicas de Superbowl, vamos a recordar los buenos tiempos de una canción ligera que desapareció del mapa nacional en los primeros ochenta y que Francia supo mantener, aunque fuera por patriotismo y apego a lo que fue y aún es la 'chanson'. Un respeto. Ahora que incluso Trump busca emplazamiento en los jardines de la Casa Blanca para la estatua de Colón, un dizque italiano en la corte de la xenofobia hispana, vamos a ponernos algo en francés, mayormente por tocar un poco los huevos de una España olvidadiza e imperial, a su manera. De la mano de su compatriota Duvall, belga de la francofonía, Schoos rehabilita un dúo que en su nueva e inesperada entrega reivindica el buen gusto de la canción galante, los arreglos de cuerda sin estridencias, las voces bien temperadas y las letras bien escritas, aquí en torno al desencanto de los tiempos febriles que padecemos. Incluso una versión de los Kinks, en su día analistas e ironistas de su propia contemporaneidad, cabe en un álbum con el que descansar de la batalla cultural que de boquilla libra nuestra burguesía intelectual. Vamos a ponernos algo en francés, que ya está bien. Para Mandy, Indiana, la única manera de atravesar el dolor es a través de la verdad. Y el grupo, que se mueve entre Manchester y Berlín, tiene de ambos para poner un puesto. Podríamos enumerar las múltiples operaciones quirúrgicas por las que pasaron el batería, Alex Macdougall, o la vocalista, Valentine Caulfield, durante su grabación –que les llevó a perder, respectivamente, parte de su tiroides y de su visión–, pero esto sería distraernos de la música. En 'URGH', el cuarteto reduce el rock a sus elementos atómicos para reconstruirlo en una especie de monstruo de Frankenstein muy cabreado con techno por sus venas y distorsión por su voz –eso sí, en francés–. Una apisonadora sónica que tritura para llegar a la catarsis y disfrutar si se tienen tendencias masoquísticas.