La isla de los idiotas
«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Agamenón: Conforme. El porquero: No me convence». Estas famosas palabras de Juan de Mairena, apócrifo profesor de gimnasia y retórica de Antonio Machado, pueden servirnos para iniciar una modesta reflexión sobre el destino de la verdad en estos tiempos en los que, por encima de todo, reina la confusión. Pocos conceptos han sido tan cuestionados y vilipendiados, tras décadas de cierto posmodernismo, como el concepto de verdad. En la época de la posverdad, todas las opiniones se nos antojan equivalentes: si todo es relato o interpretación, el mismo valor tiene la opinión del experto que la del profano, la del sabio que la del necio. Si todo es relativo, debemos concluir que vale lo mismo la opinión de mi abuela, que atribuye el origen del cáncer de pecho al mal ojo, que el consenso de una comunidad de expertos oncólogos que atribuyen esta enfermedad a la mutación de determinado gen. Todo es debatible. Todo es opinable. Con esa obscenidad que confiere la luz de los focos, un famoso futbolista puede pasearse por todos los platós de televisión defendiendo a bombo y platillo que la Tierra es plana, y siempre encontrará una audiencia receptiva de «opinadores» tan idiotas como él. No existen en la actualidad más tontos que antes, pero los de ahora hacen mucho más ruido. Ya advertía Ortega y Gasset contra un fenómeno social genuinamente contemporáneo: la rebelión de las masas. Hoy cualquiera se cree con derecho a discutir el diagnóstico o la receta al médico, y es frecuente encontrarse con un padre que, delante de su hijo, cuestiona al profesor los criterios de evaluación y calificación, o a Manolo el del bar de enfrente abroncando al entrenador de su equipo porque no sabe nada de fútbol. Cada hijo de vecino es dueño de una opinión , generalmente nada o mal argumentada, que suele ser una idea postiza o prestada, pero exige que sea respetada con esa autoridad intelectual que merecen los que saben de lo que están hablando. Entre todas las especies de necedad, la mayor de todas, decía Sócrates, es la del ignorante que hace presunción de saber, pero ignora hasta su propia ignorancia. ¿La muerte de la inteligencia? ¿Estamos asistiendo al funeral de lo que podríamos llamar la verdad objetiva? A lo largo de la historia del pensamiento se han manejado diferentes teorías de la verdad. La más antigua, que encontramos ya en los primeros filósofos griegos, es la teoría de la verdad como autenticidad: se dice de algo que es verdadero cuando coincide la apariencia con el ser, es decir, cuando es lo que parece. Así decimos que una persona es falsa, o hipócrita, cuando finge ser lo que no es, y auténtica cuando se muestra tal cual es. Un anillo puede tener el color y el brillo del oro y no ser oro («no es oro todo lo que reluce»), o un objeto tener la apariencia de un producto artesano y sin embargo haber sido realizado industrialmente. El fingimiento, la simulación y la impostura se han impuesto de tal manera que han acabado normalizado la mentira, en todos los ámbitos, desde el arte y la política a los programas de televisión, por ejemplo, en algunos reality de éxito como La isla de las Tentaciones , que reduce las relaciones humanas a dinámicas tan simplistas como inauténticas, restringiéndolas al ámbito de los celos y la competitividad, mediante la exposición pública (y obscena, por no decir pornográfica) de las emociones de las parejas participantes. Tales simulacros no dejan de ser un síntoma de la influencia de las redes sociales y la cultura de la vigilancia en el actual modelo de sociedad. Fieles a este estilo, muchos programas hacen caja exhibiendo en la pantalla sin ningún pudor las intimidades (casi siempre impostadas) de los invitados o participantes; programas que suelen carecer de su parte más inteligente, es decir, de guión, pero que a cambio pretenden hacer gracia con las más burdas explosiones de (supuesta) espontaneidad y las más tontas y zafias butades. Me viene a la mente un programa de máxima audiencia como La Resistencia , en la que el popular Broncano recibe siempre a su invitado con sus dos indiscretas y «atrevidas» preguntas: ¿cuánto dinero tienes en el banco?, ¿cuántas veces has mantenido relaciones sexuales en el último mes? En estos tiempos en los que en tantas ocasiones se habla de sostenibilidad, l a pregunta es si tanta imbecilidad es sostenible . ¿Cómo podemos salvar a la inteligencia para que no muera de inanición? Los que gobiernan la isla de los idiotas no ayudan; al contrario: no sólo mienten con absoluta desvergüenza e impunidad, sino que hacen todo lo que pueden para mantenernos aborregados, achatando nuestra conciencia crítica mediante toda clase de narcóticos digitales. La isla de los idiotas está manejada a su antojo por aquellos idiotas del horror a los que ya dedicamos un artículo: hablamos de psicópatas narcisistas como Trump o Putin, o tecno-oligarcas como Elon Musk o Peter Thiel, cuya inteligencia emocional es la de un niño de siete años. Estos enemigos declarados de la democracia basan sus negocios multimillonarios en la manipulación algorítmica, en la desinformación y en la polarización. Hace siglos era más fácil persuadir a la gente de que la culpa de una mala cosecha o de la muerte de una vaca la tenía el maleficio de una bruja o de una minoría étnica estigmatizada, que no atribuirla a una mala e injusta política agraria. Hoy día, resulta sencillo convencer a alguien de que la causa de todos sus males se encuentra en un complot o una conspiración a escala mundial (por ejemplo, la teoría del reemplazo) y no en la ilimitada codicia de un exclusivo grupo de seres humanos de rapiña. La culpa la tenía y la tiene siempre el otro. Mientras tanto, las grandes oligarquías tecnológicas, en connivencia con los políticos de turno, se lucran comprando y vendiendo al mejor postor nuestros perfiles, nuestros datos y nuestros gustos y preferencias. Este artículo, que pretendía hacer una pequeña reflexión sobre el concepto de verdad, nos ha llevado demasiado lejos. En la isla de los idiotas la primera víctima siempre es la verdad. Quizás sea imposible mantener hoy un concepto duro, metafísico, de la Verdad, así, con mayúscula y artículo determinado. Eso no quiere decir que no haya verdades más verdaderas que otras. Es más verdad atribuir los asesinatos de mujeres en el Londres victoriano a Jack el Destripador, que a la mala iluminación del barrio londinense de Whitechapel. Este ejemplo, que hemos tomado prestado de Fernando Savater, puede servirnos para terminar estas líneas con una exhortación en defensa de la verdad: en la época de los fakes (falsificaciones de noticias, bulos o contenidos manipulados), la verdad, aunque sea un concepto modesto de verdad (esa verdad, siempre provisional, que deriva del consenso de una comunidad de expertos), merece el respeto y la consideración de los ciudadanos que aspiran a un cierto grado de veracidad y de libertad.