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Reynaldo Arenas: “Hay un desgano general por los candidatos. Nadie quiere votar por esa gente”

Reynaldo Arenas se desplaza en tres vehículos por Lima. A veces en auto, a veces en scooter, y casi siempre en bicicleta. Usa una campera celeste de canastilla blanca. La consiguió hace dos años, después de que le robaran un tesoro: la bicicleta Monark que heredó del poeta Lucho Hernández, a quien considera un hermano. Era un día de ensayo en el Teatro Municipal. Al terminar, cuando salía del Cercado y cogía el jirón Camaná, un tipo le apuntó con un arma y le ordenó que soltara la bicicleta. “Le dije que se llevara lo que quisiera, pero que no disparara, que tengo que velar por una madre de 95 años, que no fuera miserable”. El maleante solo tomó el vehículo. No se llevó el celular o la billetera del actor. Reynaldo Arenas piensa que fue un robo planificado, que ya lo venían siguiendo. “Pudo ser un coleccionista o alguien que sabía que esa bicicleta le había pertenecido a Lucho Hernández. Bueno, se la han llevado para siempre”, dice, resignado. Es un recuerdo agrio. Pero en su memoria hay otros episodios más amables. Después de meses de espera, finalmente ha aceptado conversar con este diario. El encuentro es en su casa de Pueblo Libre, llena de fotos y pinturas que repasan su carrera. Es el lugar propicio para hablar del pasado y de lo que está en el horizonte.

Si usted tuviera que definir su carrera con una sola palabra, ¿cuál usaría?

Identidad, creo yo. Pesa muchísimo en mí, porque estoy orgulloso de ser cusqueño, quechua. Amo mis raíces, toda mi familia es de la sierra. Y todavía tenemos algunas costumbres incásicas que conservamos, como el respeto a la Pachamama. Cada vez que llegamos al Cusco hacemos primero un agradecimiento, pedimos permiso para estar ahí.

¿Y va con frecuencia al Cusco?

Sí. Bueno, yo vivo entre Estados Unidos, que allí vive mi hija; Lima, porque tengo mi casa acá y una mamita de 95 años; y Cusco, que realmente es mi fortín, porque de acá 5 años pienso retirarme, y quiero hacer un centro cultural en el Valle de Urubamba.

¿Y es de los que se sienta a ver sus propios trabajos, los del cine, los de la televisión?

No hay tiempo en realidad, porque estoy últimamente muy enfrascado en lo que es el teatro, tanto acá como afuera, a veces salgo mucho al extranjero. Hace poco he estado en Atlanta, haciendo un trabajo muy lindo sobre Vallejo, un unipersonal. Este año voy a ir a Manizales, a un festival de teatro infantil, llevando una obra que se llama Gepetto y Pinocho. Y ahorita tenemos una obra que se llama La semilla de la aurora, que habla de un enfrentamiento entre Areche y Túpac Amaru.

Una vez más interpreta a Túpac Amaru

Sí, en el teatro.

Es la figura que lo persigue.

Bueno, para bien.

¿Cuántas veces lo ha interpretado?

Muchísimas veces. En la televisión creo que lo he presentado como tres o cuatro veces. En el cine una vez y en el teatro es la tercera vez que lo hago.

Es su personaje.

Con él he estado en muchos festivales, en Moscú, La Habana, Alemania, la India, Japón. Indudablemente es la obra que me ha dado la oportunidad de conocer y confrontar con otras culturas y otros directores.

Además que cuando un peruano piensa en la figura de Túpac Amaru, realmente piensa en su rostro.

Claro.

Su figura ha suplantado a las pinturas, a la iconografía que hay sobre el rebelde.

Aunque hay una figura muy importante en la que nosotros nos basamos para crear la parte física de Túpac Amaru. Es una pintura muy linda de Milner Cajahuaringa. Es un rostro que se acerca a la personalidad de Túpac Amaru, muy austero, muy arrogante, muy brillante, muy altivo. En eso nos basamos nosotros para crear toda una iconografía, porque no había ningún vestigio de Túpac Amaru.

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Ahora, como en todo oficio, a veces la precariedad nos asalta. He leído que usted, paralelamente a la actuación, ha tenido que hacer un sinfín de trabajos. Ha sido cerrajero, ha sido taxista en la pandemia

Sí (se ríe) Nosotros vivimos del teatro y ese fue un momento en que prácticamente se cerraron todas las puertas, no había nada que hacer. Los ahorros comenzaron a irse y llegó un momento en que me preguntaba de qué iba a vivir. Entonces agarré mi carrito y me paraba en la puerta de CIVA. Y le preguntaba a la gente para dónde iba.

¿Lo reconocían a pesar de la mascarilla?

Sí. Me acuerdo de una señora muy linda, que no estaba segura, y me preguntó si era yo. Le dije que sí. Y luego me dijo que era un honor, que tenía que acompañarla a almorzar con sus nietos, y al final acepté. Y me dejó unos 200 soles en la chaqueta. Era cusqueña también y valoraba mi trabajo.

Su primer papel fue el de un soldado romano en una puesta en escena de la Pasión de Cristo. En el Coliseo Nacional de la Victoria.

Exacto. Yo tenía como compañero de carpeta, en el Colegio Lima San Carlos, a Fernando Larrañaga Travesí, que era hijo de la famosa dinastía de los Travesí. Él era hijo de doña Gloria Travesí, hermana de doña Elvira, que era una mujer muy apasionada por el arte. Y en Semana Santa solían hacer esta representación del Vía Crucis. Y un día Fernando me dijo: “Oye, Reynaldo, tú tienes cierta postura, ¿no quieres trabajar en el teatro?”. Y le dije que sí. Y entonces me vistieron el soldado y me indicaron que me acercara a Cristo cuando dijera “tengo sed”. Tenía que darle una esponja y maltratarlo. Así que le lancé un “toma, miserable”. Y la gente empezó a reaccionar. “Qué malvado este tipo, cómo no se muere”, decían.

O sea que lo hizo muy bien.

Sí. Yo decía: “Qué bonita reacción”. Eso me pareció lindo, esa dualidad que sufre la persona en el escenario. Esa magia me pareció interesante. Y ese es el momento en el que realmente dije: “Quiero ser actor”.  

Para esa época, ¿ya había vivido con la familia Hernández?

Ya estaba viviendo con ellos. Mi mamá era cocinera y mi tía era ama de llaves de la familia. Ya vivíamos con ellos, con Luchito y con Carlos. Con Max no, porque era mayor que nosotros. Con Carlos tuve mucha afinidad, porque era menor que yo

¿Y cuánto influyó en usted haber vivido con los Hernández? Esta familia de la que salió el querido poeta Lucho Hernández o su hermano Max, que es una figura política importante.

Para mí simbolizó mucho porque se convirtió en mi segundo hogar. La mamá era una persona muy dadivosa, muy caritativa. Yo era un hijo más en la familia. Yo gozaba de las propinas de los domingos, de los regalos en cumpleaños. Nos dieron mucho cariño. Y a mi mamá la trataron con mucha prudencia, con mucho calor. Eso fue hasta los 11 años. Luego salimos de la casa Hernández y yo comencé a trabajar en distintas cosas. Pero es un hermoso recuerdo. Lucho era un chico muy adelantado a su época, muy culto. En vacaciones solíamos hacer teatro en su casa y cobrábamos 20 centavos por la entrada. Y cuando ellos iban a la playa, yo subía a su cuarto y encontraba una biblioteca vasta donde comencé a descubrir a Lope de Vega, a García Lorca. Me parecía apasionante esa gran literatura.

¿Cuánto lo golpeó la muerte de Lucho?

Bastante, era como un hermano para mí. Fue el pediatra de mi hija y nunca nos cobró un solo centavo. Yo lo admiraba mucho, a veces iba por la tarde a recogerlo al Hospital 2 de mayo y lo escuchaba tocando piano. Y le decía: “¿Qué haces?”. “Los moribundos necesitan música”, me respondía. Era un tipo extraordinario. Y él no se suicidó, a él lo mataron. Él amaba mucho la vida. Lo que pasa es que estuvo en Argentina en una época muy difícil, como fue la de Videla. Y a él le gustaba fumarse sus porritos. Y un día vino la redada policial, lo agarró. Y como era un tipo muy rebelde, se enfrentó a la Policía. La Policía le dio de alma y lo mató. Y para disimularlo lo dejaron lo dejaron en las rieles del tren.

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Tengo una curiosidad. ¿Alguna vez militó en algún partido?

No. Nunca. Mi familia es de Cajamarca. Son apristas. Y he asistido muchas veces al Partido Aprista, pero no he formado parte de ninguna asociación.

Pero entiendo, sin embargo, que al inicio de los 80, porque colaboró con el Sinamos de Velasco Alvarado, lo vetaron de la televisión y el cine.

A toda la gente que trabajó en Sinamos nos tildaban de comunistas. Entonces, me sacaron de todos los trabajos. Me sacaron de Radio Nacional, me sacaron de Telecentro. Ninguna institución cultural me daba trabajo, con el pretexto de que había trabajado con Sinamos. El 80 y el 81 me dediqué a otras cosas. Fui, por ejemplo, a Puerto Maldonado, y me dediqué a una actividad totalmente ajena: afilador de cuchillos.

¿Y cuánto duró el veto? ¿Cuándo volvió a la actuación?

Bueno, yo había ganado algo de dinero en la selva, así que volví a Lima y le dije a mi familia para hacer algo. Optamos por poner una dulcería entre Bolívar y Brasil, una dulcería hermosa, adornada con afiches de cine. Y justo en esa época llegó a la dulcería Pablo Fernández, un viejo maestro, y me dice: “Te estoy buscando como loco. Fico García está por filmar una película de Túpac Amaru y está buscando actores de tu talla, trigueños, cusqueños, ayúdame con eso”. Le dije que no. Yo ya tenía un sueldo fijo en la dulcería, me vendía 300 sándwiches por día. Era un negocio próspero. Y mi mamá que estaba ahí, me dice: “Nunca he visto un profesor que ruegue tanto a un alumno. ¿Por qué no le haces caso?”. Ella me convenció y fui al casting. Y en esa época era flaco, esmirriado, pesaba 65 kilos, así que no me hicieron caso. Volví a ver a Pablo una semana después, le dije que no me habían aceptado. Me quedó mirando y me dijo: “Yo estoy seguro que tú puedes hacer un buen Túpac Amaru. ¿Por qué no sacas cuerpo?”. Y me dejó pensando.

Ese es un buen punto, porque la gente que vio Túpac Amaru solo piensa en el tema actoral, pero también hubo una demanda física para llegar al papel. Usted se entrenaba en el gimnasio de la Policía de El Sexto.  

Sí, Pablo me dijo que la película se iba a filmar en el 83 y estábamos en el 81. Tenía un año para prepararme y volver al casting. Entonces hablé con un capitán en El Sexto, le dije que necesitaba entrenar en el gimnasio, pero que no podía pagarle. Me ayudó, me puso un horario de 5 a 6.30 de la mañana, de lunes a viernes. Paralelamente me iba al cuartel El Potao, a aprender a montar a caballo. Y todos los martes y jueves me iba a San Marcos a hablar con Atilio Sivirichi, Juan José Vega y otros historiadores. En el 82 me llamó Pablo y me dice: “Ya están los cubanos en Lima, anda, ya están haciendo casting”.

Dice los cubanos porque el financiamiento de la película venía de Cuba.

Sí. Era una producción peruano cubana. Pero en ese momento yo ya estaba con 85 kilos, el pelo lo tenía largo, hasta la cintura. Así que fui un día al estudio que tenían en la Avenida Tacna. Toqué la puerta y salió un cubano. Me quedó mirando, asombrado. Llamó a otros cinco cubanos. “Coño, ya lo tenemos”, se decían entre ellos. Luego me sacaron un papel, me preguntaron si sabía quechua y trajeron parte del vestuario. Me vistieron, fue surgiendo esa cosa imponente que tenía el personaje. Y al final el asistente del director me pidió que regresara a la semana siguiente. A los días, ellos fueron a buscarme a mi casa. Me vio Fico y me dijo que contaba con su aprobación, pero que faltaba el visto bueno de la plana directiva del ICAIC, que seguía haciendo casting, buscando a Túpac Amaru en Santo Domingo, en Nicaragua y en otros países. Cuando me vieron, dijeron: “Ya está, ya lo tenemos”. Y ahí comenzó el periplo de Túpac Amaru.

Ahora, la película se estrenó finalmente en 1984, cuando ya había aparecido Sendero Luminoso. ¿Hubo alguien que desconfiara del mensaje de la película, que tuviera dudas?

Bueno, hay una versión socialista y hay una versión capitalista de la película. ¿Por qué?  Cuando llegó acá la versión socialista dijeron que no podía salir. Hay un momento en que se anuncia la muerte del corregidor Arriaga y todo Cusco está convulsionado. Y de repente hay un tipo barbón que se espanta y se comienza a vestir. Es el Obispo Moscoso y a su lado hay una monja calata.

Eso no podía salir.

Por supuesto (se ríe con ganas) Después hay como cinco proclamas de Túpac Amaru en quechua, arengando lo que eran principios comunistas y socialistas. Pidieron que botaran todo eso. Pero en Cuba existe la versión original.

La versión del Bloque del Este.

Sí, que luego se pasó en Polonia, Checoslovaquia, todos los países detrás de la Cortina de Hierro, la Unión Soviética, Hungría.

Así que una de las películas más queridas del Perú tuvo dos versiones por la Guerra Fría.

Sí. Yo me acuerdo que cuando fui a la Unión Soviética la consideraban como una cosa épica, por la cantidad de gente que entraba en el metraje.

Conoció a muchas personalidades por la película. A Fidel Castro, por ejemplo.

Sí, cuando la exhibieron en la Unión Soviética, en el hotel estaba toda la parte de Latinoamérica. Estaba Ecuador, Costa Rica, Colombia, Perú y Bolivia. Y en la delegación de Colombia estaba Gabriel García Márquez. Yo me encontraba todos los días con Gabriel. Y él a mí no me decía Reynaldo. Cada vez que me veía decía: “Allí llega el Inca, Ave César”. Era un personaje muy lindo. Y a Japón nos invitó Akira Kurosawa. Allí estuvimos con él

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Hablemos un poquito de la actualidad. ¿Cómo ves estos días de campaña electoral? ¿Lo entusiasman?

Me deprimen, porque no se avecina un buen futuro. O sea, hay demasiados candidatos. He estado viendo algunos y ninguno merece respeto, salvo dos, que a mí me parecen que son los más coherentes y que de una u otra forma podrían ordenar el país: López Chau y Lescano. Más o menos tienen cierta visión de cómo se encuentra el Perú en este momento, porque estamos en la época de la barbarie. Estamos yéndonos a un pozo de donde va a ser difícil salir. Y necesitamos que alguien ordene este país, pero sin conveniencias, sin intereses propios.

¿Irá a votar?

Voy a votar, creo que sí, para apoyar a uno de esos dos que le digo. Quiero sentarme tranquilo y creer que la esperanza está por ahí. Pero a mí me da mucha pena lo que pasa. Estuve hace poco en Arequipa y hay un desgano general contra todos los candidatos que conocemos. Hay un resentimiento, un odio. Nadie quiere votar por esa gente.

Habla poco con la prensa. ¿Por qué?

A mí me parece que últimamente está muy venida a menos. Está muy parametrada. Y hoy he hecho una excepción, porque ya no doy tantas entrevistas. No voy a las conferencias de prensa, no voy a los estrenos de las películas.

Está un poco cansado.

Estoy un poco resentido con el periodismo, es eso.

Mea culpa.

Sí, es que a veces no van al centro. A veces yo hago una obra y se van por otros caminos. Hace poco estaba haciendo esta obra, La semilla de la aurora, pero nadie te publica, a pesar de que mandamos gacetillas y notas. Es que no es Baño de mujeres, no es TikTok. Ahora se promociona lo que da risa. Hice una película con Óscar Catacora, Los Indomables, que al final es historia, pero no fueron a verla. Dicen: “Es una película de serranos”.

¿Y cuál es su relación actual con la televisión?

No me llama nadie, a excepción del Canal 4. Me llamaron para hacer un personaje en Al Fondo Hay Sitio, me llamaron para De Vuelta al Barrio y últimamente me han estado llamando para dos programas, algo con milagros. Yo la verdad es que ando muy resentido con la familia de El Comercio. Yo jamás trabajaría con esa gente que considero que es el peor enemigo de nuestra patria. Entonces, yo no trabajo simplemente por eso, por ética, porque no me siento cómodo.

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¿La última película que ha hecho es la del maestro Catacora?

Hice una que se llama Basilio y el mar, que ya estaba seleccionada para Cannes, que la hizo un director muy bueno que radica en Argentina, pero es peruano, Roger Neyra. Es una película con una factura técnica hermosa, toda narrada en quechua. Y ahorita voy a grabar una en marzo, una película muy costumbrista, en Cajamarca, que es Pasión en Blanco. Es la historia de un matrimonio joven, que como todo matrimonio joven tiene muchos conflictos. Y yo soy el cura que ordena un poco esas cabezas un poco dispersas.

Está ahora más relacionado con el cine regional.

Sí. Es que en el cine regional se han puesto los pantalones largos, están haciendo cosas de muchísima factura.

¿Diría que ahí está el futuro del cine peruano?

Claro, con identidad, sobre todo. No hacen películas solo para entretener. Acá hay ciertos valores históricos, valores estéticos, muy buenos personajes, que tienen que ver con nuestra idiosincrasia, con la cultura.

Si tuviera que hacer una lista de las tres mejores películas del cine regional peruano, ¿cuáles serían?

A ver. Wiñaypacha, es una joya. Willaq Pirqa también, la del niñito que lleva el cine al ande. Y hay una que es muy buena, que es El río, también muy bonita. Pero le digo que a veces no tengo tiempo de ir al cine, solo puedo ver cosas en la plataforma de Netflix

Hace unos meses se discutió si se iba a retirar, pero por todo lo que me cuenta parece que ese día no va a llegar.

Bueno, tengo 81 años ya. Y yo digo que hay un momento en que hay que parar. Porque la memoria no es eterna, amigo.

Claro, quizá deje de actuar, pero no creo que se vaya a desligar de la cultura.

No. Lo que pasa es que también quiero dejar cosas para la posteridad. Para mí el sueño más grande es ir al Cusco y crear un centro cultural. Yo tengo ahorita la fuerza, tengo algo de dinero y quiero invertir en eso. Y mira, si sale, enhorabuena. Y si no, me morí en el intento.

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