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Ángeles en huelga

Abc.es 
Leo estos días que los médicos salen a la calle para defender sus derechos. Y no puedo evitar recordar cómo, hace seis años, los aplaudíamos desde los balcones. Eran héroes entonces. Hoy siguen siéndolo, aunque el aplauso se haya apagado. Mientras escribo estas líneas, mi madre está ingresada en la UCI del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Desde ese lugar donde la vida y la fragilidad conviven tan de cerca, he descubierto algo que trasciende cualquier debate político o laboral: he visto ángeles de carne y hueso. Es Cuaresma, tiempo de desierto y esperanza. Y tiene un profundo simbolismo que, precisamente ahora, quienes nos sostienen en los momentos más oscuros estén alzando la voz. Porque los ángeles no siempre llevan alas; a veces llevan bata blanca y responden a nombres propios: Román, Cervera, Fernández, Marta Rebollo, Barrios, Alba Gallo, Vázquez, Macías; Esther, Bárbara, Gonzalo, Paula, Patricia, Aurelia, Alejandra, Borja… En esa unidad hay 34 camas. En cada cama, una vida. Y detrás, una familia entera conteniendo el aliento. Nuestros encuentros con ellos son breves e intensos. Conocen el peso de las malas noticias y también la luz de cada pequeña mejoría. Entonces comprendemos que no estamos solos: somos un equipo que lucha unido. Para nosotros son un regalo de Dios en el camino. Viven encarnando el amor al prójimo de la forma más radical. Permaneciendo doce horas seguidas. Con profesionalidad, con paciencia, con una sonrisa que a veces intuimos nace del puro esfuerzo. Y hay algo que conmueve profundamente: en el amor no hay huelga. Mientras reivindican con justicia mejores condiciones para cuidar mejor, siguen sosteniendo vidas. Desde aquí, como familia agradecida y creyente, queremos decirles gracias. Gracias por su humanidad. Gracias por su ternura contenida. Gracias por seguir cuando todo es incierto. Porque si Dios tiene ángeles en la tierra, muchos trabajan en una UCI. Familia Montaño. Madrid Este viernes se ha cumplido el 144 aniversario de la Academia General Militar, depositaria de una historia de decenas de miles de ilusiones juveniles, de anhelos desbordantes, de compromisos inalterables con España, de aprendizaje de esencias, de retos a priori inalcanzables. Y de superación: del miedo a perder la vida en el cumplimiento de la misión; y de la fatiga, y del desánimo; y de la incomprensión, cuando no abierta hostilidad irradiadas desde escenarios de comodidad y banalidad; y de la falta perenne de medios para cumplir los cometidos; y del desarraigo que puede suponer tanta movilidad y olvido: ni pagados ni agradecidos. Y de amor: por España como alfa y omega; por el trabajo bien hecho, siempre perfectible en función de tiempo y medios; y por la exactitud en el servicio en toda circunstancia; y por los compañeros, porque ¿qué es un militar aislado en combate sin la unidad? Nada. Es en el espíritu de unidad donde únicamente se asientan las raíces del éxito y se potencian hasta límites imponderables la bonhomía y preparación de cada uno de sus componentes, de cada una de sus piezas de engranaje, de cada aportación tan precisa como significativa. En una España ahíta de discrepancias irreconciliables, que nada bueno pueden preconizar, el espíritu de la General se enhiesta hoy, como en el último siglo y medio, en faro y guía contra la división inducida y la destructora insidia. Todos deberíamos conocerte y amarte, espíritu de la General. Nos iría mucho mejor. Jacinto Romero Peña. Madrid

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