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La generación sedada

Abc.es 
Vienen a consulta con el móvil en la mano. Siempre. Lo dejan sobre la mesa entre nosotros, boca abajo, como si el silencio de las notificaciones les costara un esfuerzo físico. Y me dicen que están enfermos. Veo llegar a jóvenes cada semana convencidos de que padecen trastornos mentales. La mayoría no los tienen. Tienen una vida normal en un mundo anormal. Llegan con un diagnóstico de internet. «Creo que tengo ansiedad «. »Seguro que es TDAH «. Y cuando les explico que lo que tienen no es una enfermedad, algunos se ofenden. Como si negarles el diagnóstico fuera negarles el derecho a sufrir. Según el Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027, el consumo de antidepresivos entre jóvenes de veinte a veinticuatro años ha aumentado un 52% desde 2017. Uno de cada cuatro menores de veinticinco años toma medicación psiquiátrica. No es una epidemia de trastornos mentales. Es afonía de la voluntad. Hace treinta años, venir a consulta era un signo de debilidad. La gente se rompía en silencio antes de pedir ayuda. Eso no era salud. Era tortura. Hoy vienen al primer síntoma. A la primera incomodidad. Al primer lunes difícil. El estigma necesitaba morir. Pero lo que vino después tampoco es sano. Es la medicalización de la vida normal . Un adolescente nervioso por la selectividad. Convencido de que padece un trastorno de ansiedad. Le pregunto si ha probado estudiar más. Me mira como si le hubiera insultado. Una mujer triste porque terminó con su novio hace dos semanas. Segura de que necesita antidepresivos. Le pregunto si ha llorado lo suficiente. Me dice que llorar no soluciona nada. Un hombre que no puede concentrarse en el trabajo. Convencido de que tiene déficit de atención. Le pregunto cuántas horas duerme. «Cuatro o cinco». Le pregunto cuántas horas pasa frente a pantallas. «Bastantes». Le sugiero dormir ocho horas y reducir los estímulos digitales durante un mes. No vuelve. Algo se rompió en la forma en que nuestra generación entiende el malestar. Hemos aprendido que toda incomodidad es enfermedad. Que sentirse mal debe eliminarse, no escucharse. Que - debo - ser feliz. Así, la tristeza se convirtió en depresión . El nerviosismo en trastorno de ansiedad. La distracción en déficit de atención. Y cada emoción incómoda, en un síntoma. Los psicofármacos son necesarios, salvan vidas. Hay depresiones y ansiedades que sin ellos nos destruirían. Pero igual que no tomamos antibióticos por un resfriado, no deberíamos medicar cada tristeza. Porque no todo es un trastorno. A veces la ansiedad señala que estás en el lugar equivocado. A veces la tristeza indica que necesitas cambiar algo. A veces la inquietud grita que tomes las riendas de tu vida. Y medicar esas señales es arrancar la alarma de incendios para no escuchar el ruido. La realidad es que hemos crecido sin aprender algo esencial: la capacidad de atravesar el malestar y salir fortalecidos al otro lado. Porque eso es lo que hace el dolor emocional cuando se le permite funcionar. Obliga a parar . Exige reflexión. Fuerza el cambio. La frustración no es una enfermedad. Es una emoción primaria. Cada vez que enfrentas algo incómodo, te haces más fuerte. Cada vez que atraviesas una tristeza - aprendes - que el dolor no te destruye. Veo el amanecer de una sociedad sin el estigma de la enfermedad mental. Pero con las primeras luces, observo que algo se está malinterpretando. Quizás la respuesta está en enseñar algo que olvidamos: que la vida duele . Que hay tristezas que deben atravesarse, no tratarse. Que el malestar no siempre es el enemigo. A veces es la única voz que te queda. He visto a algunos lograrlo. Llegan buscando un diagnóstico. Se van sin él. Y meses después vuelven distintos. Más fuertes. No porque encontraran la medicación correcta, sino porque aprendieron que podían sostenerse solos. El resto sigue buscando. Afónicos. Esperando que alguien les diga qué tienen, sin darse cuenta de que lo que buscan no es una etiqueta. Es permiso para sentir. *Javier López-Ibor. Neuropsicólogo clínico y forense.

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