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Therians: mascotas del algoritmo

En ocasiones ando como una bestia de carga cuando me encuentro repleto de bultos bajo el sol y no aparece una maldita guagua. He mirado a ese sujeto cruel y juraría que, cuando nadie lo observa, saca a través de los labios una lengua viperina; mi padre decía que los cobardes se transformaban a la larga en jutías.

No soy una bestia de carga; y los hombres y mujeres de mal haber poseen menos carácter que roedores y serpientes. Sin embargo, en la web —ese mundo extraño visto con un caleidoscopio roto— ahora están de moda los therians. Estos son sobre todo adolescentes que se identifican desde un punto de vista espiritual con determinado animal. Perros malabaristas. Purasangres. Almiquíes. Elefantes rosados.

Therian proviene de la palabra griega therion, que significa bestia. Esta subcultura ha tomado auge y relevancia en Internet. Aunque la tendencia luzca novedosa, se encuentra en formación desde la década de los 90 y se ha desarrollado a través de foros y otros espacios de intercambio.

Reúne a personas que se identifican psicológicamente con un determinado animal no humano. No creen que sean estos, explico; más bien solo asumen algunas de sus costumbres y arman un show al respecto.

Por ello se disfrazan. Usan colas de perro tan sintéticas, pero tan sintéticas, que si las pisas no les duelen; máscaras con orejas plásticas de gato, que nunca se bajarán para demostrar tristeza. Algunos andan en cuatro patas, ruedan por el césped, se hacen los muertos si les piden que se hagan los muertos.

Los animales desde las primeras noches de la humanidad han sido compañía, amenaza y modelo. El hombre convirtió lobos fieros en pequineses a los que les enganchan a la cabeza un gorro de cumpleaños. Temimos a las fieras que rondaban en los exteriores de las cuevas y a las víboras que se escondían en los herbazales. Quisimos volar la primera vez que alguien levantó los ojos al cielo y contemplaron un ave caer en picada y luego planear antes de estamparse contra el suelo.

Tal vez por lo anterior hay pocas religiones en las que no existan mitos de animales antropomorfos o los dioses no se transformen en estos. Zeus se vuelve cisne para secuestrar a Europa. En Japón, el kitsune (zorro de nueve colas) se le aparece a los viajeros como una pálida joven para embaucarlos. Anubis vigila el paso al otro mundo egipcio con sus fauces de chacal.

Incluso, en la modernidad, algunas de estas creencias han sido adoptadas y adaptadas por la cultura popular y comercial. Los hombres lobos pasean por París. Los vampiros que brillan con el sol enloquecen a las muchachitas. Las furras —personajes sexys del anime japonés, con cuernos o alas o colmillos— enloquecen a los otakus.

Los therians de alguna forma se alzan como herederos de esta relación sincrética con el reino animal. Sin embargo, en ellos está esa necesidad de diferenciarse en una sociedad de masas global que intenta homogeneizar comportamientos y hábitos. A la vez, se dejan conducir por aquella maquinaria productora de ego y centro: las redes sociales. Algunos hallan su validación como individuos en cuánto puedan resaltar dentro de estas.

Además, esos comportamientos, las quebraduras de lo convencional, suelen aparecer en países o lugares con culturas conservadoras o limitantes. «Rompámoslo todo y lo más espectacularmente posible». «Nadie puede dejar de enterarse de que no soy igual al resto o mis padres o mis abuelos», aunque ello signifique aplastar en estampida el sentido común.

¿Los therians son tontos o solo hacen el tonto? No lo sé. Valga aclarar que existe la teriantropía clínica: el trastorno psicológico donde un sujeto cree que, realmente, es un animal. Poseen un nivel de alteración de la realidad complejo, donde no distinguen qué es delirio y qué no. Según un artículo publicado en un blog de la Universidad Humanitas de México, hasta ahora solo se han documentado 77 de estos casos a nivel mundial.

Por ello resulta importante diferenciar dicho padecimiento de las conductas therians. Estos últimos se relacionan más con la psiquis social, mientras que los otros con el rompimiento de la racionalidad interna.

¿Parecen un poco ridículos y se merecen los memes y el chucho que han recibido? Quizá. En verdad atacan a través de lo surreal la lógica. Mas, genera curiosidad cómo los sinsentidos —por lo menos a primera vista— de un grupúsculo de muchachos ha opacado otras problemáticas actuales todavía más preocupantes: los archivos develados del depredador Epstein, las acciones carroñeras del ICE en Estados Unidos, los conflictos bélicos alrededor del globo donde el hombre más que hombre parece fiera.

Los algoritmos favorecen y multiplican la banalidad. Poseen tal maestría para mover el foco de lo vital a lo nimio, que en ocasiones ni nos percatamos de cuándo esto sucede. De aquí a un par de semanas, tal vez días, nos habremos olvidado de los therians y surgirá otro fenómeno, con la extrañeza o el morbo suficiente para tratar de distraernos un tiempo de nuestras miserias o de los engranajes del poder y la geopolítica.

A veces he estado seguro de que soy un perro, pero después me percato de que no. No voy más allá de un humano cuyo contexto lo supera. (Tomado del periódico Girón)

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