«Polvo enamorado»
«Polvo eres y al polvo volverás». Dicha en otro contexto, esta frase sonaría cruel, incluso ofensiva. Más aún en una sociedad vulnerable, donde abundan heridas a las que apenas sabemos poner palabras. Y, sin embargo, hace unos días vi cómo esa sentencia era acogida con serenidad. Casi con alivio. Era mi primer Miércoles de Ceniza viviendo el rito desde el altar y el confesionario. Otras veces lo había celebrado como fiel, entre la multitud. Esta vez, en cambio, imponía la ceniza y escuchaba confesiones. En el colegio donde trabajo, la capilla se llenó de alumnos, profesores y familias que, quizá sin saber explicarlo del todo, querían recibir ese gesto austero: una cruz de ceniza en la frente. Por la tarde, desde el interior del confesionario, entre penitente y penitente, veía a través del pequeño cristal cómo no cesaban de entrar personas muy distintas. Venían a desprenderse de un peso, a pedir perdón por cargas arrastradas durante años. Un miércoles cualquiera la misa reúne a quince o veinte personas; el pasado miércoles la iglesia estaba abarrotada, con muchos fieles de pie. Vivimos en la era de la inmediatez, de la 'divinización' del progreso. Almacenamos nuestra vida en la nube; el teléfono móvil se ha convertido en una suerte de prótesis inseparable; la inteligencia artificial nos promete optimizar tareas y simplificar decisiones. Todo parece susceptible de mejora técnica. Sin embargo, hay un límite que ninguna actualización tecnológica puede suprimir: nuestro cuerpo, tarde o temprano, será polvo, ceniza. Y, pese a ello, el recordatorio de nuestra fragilidad sigue atrayendo. Tal vez porque intuimos que nuestra vocación no es la simple prolongación indefinida de la vida biológica. Basta un instante de silencio para descubrir que aspiramos a algo más que a sobrevivir; anhelamos plenitud, sentido, un amor que no se desgaste con el paso del tiempo. Por eso Quevedo pudo escribir: «Serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». Incluso en la conciencia de nuestra caducidad late una apertura a un Amor infinito. Quizá por eso las iglesias se llenan cada Miércoles de Ceniza. No porque nos agrade que nos recuerden nuestra finitud, sino porque intuimos que solo quien acepta que es polvo puede abrirse a algo mayor que sí mismo. La ceniza nos baja del pedestal de la autosuficiencia, del mito de la eterna juventud, y nos devuelve al suelo firme de la realidad. Desde el reconocimiento humilde de lo que somos puede comenzar algo nuevo. Al caer la noche tuve la impresión de haber asistido a un rito antiquísimo y, a la vez, radicalmente actual. «Lo que hayamos amado permanecerá; lo demás será solo ceniza», escribió san Agustín. Quizás ahí esté la clave. No somos solo polvo: somos polvo capaz de amar. Y eso –solo eso– es lo que permanece. Ramón Fernández Aparicio. Valencia En el marco de la conmemoración de la longevidad de la Constitución, la misma recogía y sustentaba las bases de un hemiciclo democrático. Esta forma geométrica es indispensable para garantizar la continuidad institucional: la distorsión del semicírculo es peligrosa. Generar tensión por los extremos sólo provoca la degradación de la figura, disminuyendo su parte central. Cuanto más se cierre el círculo, mayor será la probabilidad de aquellos que estén en el centro de caer en el agujero. José Manuel de la Peña. Madrid