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Antonio Tejero, apóstol de la dialéctica de las pistolas

Abc.es 
Antonio Tejero nunca se arrepintió . Tuvo tiempo en los 15 años que pasó en la cárcel, pero no lo hizo. Su particular código del honor le llevó a implicarse en un golpe de Estado que pretendía acabar con la democracia y reinstaurar una dictadura militar. Fracasó y acabó su carrera con indignidad y deshonor. Entró en la historia de la infamia aquel 23 de febrero de 1981 cuando irrumpió en el Congreso a tiros, obligó a arrojarse al suelo a los diputados y zarandeó a Gutiérrez Mellado, un hombre desarmado que tuvo el valor de reprocharle su conducta. Mezcla de fanático y visionario, Tejero identificaba la democracia con el caos. Y creía que los sables podrían acallar a las palabras. Ya lo había intentado en la Operación Galaxia por la que fue condenado a una leve pena de cárcel. Ya había desobedecido a los mandos. Ya había utilizado el uniforme para amedrentar a quienes no pensaban como él. Por eso, no fue una sorpresa su implicación en los planes de Milans del Bosch y Armada para dar un golpe de Estado. Horas después de entrar en el Congreso, se sintió traicionado por Armada cuando éste le presentó una lista de un Gobierno de concentración que él consideró una traición. Él no estaba allí para secundar un Gabinete en el que aparecían Tamames, Solé Tura, Enrique Múgica y Javier Solana. En la mañana del 24 de febrero, todo había acabado. El teniente coronel Tejero se despidió de sus guardias civiles y liberó a los diputados. No buscó ninguna excusa ni se amparó en las órdenes de sus superiores. Ya sabía que tendría que sentarse en el banquillo, ir a un penal militar y sufrir la humillación de ser expulsado del Ejército. Pero jamás se arrepintió ni pidió perdón porque creía que su obligación era extirpar el cáncer de la democracia. Su última aparición pública junto a la tumba de Franco en 2019 despejó cualquier posible duda sobre sus lealtades. Tras recibir la libertad condicional en 1996, Tejero se recluyó en su piso de Madrid sin más contacto que sus seis hijos, uno de ellos sacerdote, y un grupo reducido de amigos. Salió de su silencio con una carta dirigida al periódico Melilla Hoy en la que arremetía contra el Estatuto de Cataluña. Hombre de convicciones religiosas, acudía a los oficios de su parroquia y rezaba a Dios por España. Sus dos grandes pasiones eran la lectura y la pintura, a la que dedicó muchas horas en los castillos militares en los que cumplió su condena. Esperaba que la historia le absolviese algún día. Edipo, rey de Tebas, salva a la ciudad de la peste, pero descubre que es un parricida y que está casado con su madre. Horrorizado, se ciega a sí mismo tras haber provocado la desgracia de su familia. Tejero es una figura edípica que, en el intento de salvar la patria, incurre en la deshonra y en la traición. Pero si Edipo era consciente de la responsabilidad de sus actos, el golpista creyó hasta el final de sus días que todo el mundo estaba equivocado menos él. Tejero podría haber inspirado una tragedia griega porque, tal vez, los dioses le cegaron. Podríamos creer que una mano invisible le llevó al desenlace fatal que le convirtió en un apestado. Pero no fue así: él eligió su propio destino. Sabía las consecuencias que podría desencadenar el golpe y asumía que un baño de sangre era la solución para arreglar los problemas de España. El fanatismo que le movía fue lo que provocó su fracaso y su autodestrucción. Con su muerte, desaparece la mentalidad de una generación que añoraba la dictadura y que todavía estaba convencida de que las pistolas podrían arreglar los males de esta vieja nación.

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