La inquietante propuesta del científico Adrian Woolfson sobre las especies: "Los organismos podrían construirse por encargo y convertirse en máquinas vivas”
A la carta - Woolfson compara la llamada ABI con los inicios de la computación moderna y explica que estas herramientas buscan entender la sintaxis de las secuencias para predecir cómo una cadena lineal acaba formando un ser vivo
¿Qué es el fenómeno de Dehnel y por qué permite a algunas especies reducir hasta un 20% su cerebro y sus huesos en invierno?
El control sobre la materia viva ya no se limita a observarla o modificarla por partes. La artivolución plantea que se pueda crear vida por encargo y abre la pregunta de si eso es ético, porque al diseñar organismos con fines concretos se entra en un terreno donde la libertad biológica deja de depender solo de la selección natural y pasa a depender de decisiones humanas.
Este planteamiento no se queda en la mejora de una característica aislada, sino que apunta a construir genomas completos con objetivos definidos. La duda moral surge cuando esa capacidad deja de ser un experimento teórico y se convierte en una posibilidad técnica real, ya que elegir qué rasgos deben existir implica decidir también qué rasgos no tendrán cabida. Esa tensión entre capacidad técnica y criterio moral obliga a aclarar hasta dónde puede llegar esa intervención sin convertir la vida en un producto sujeto a pedido.
Adrian Woolfson sostiene que humanos y máquinas pueden guiar la evolución más allá del azar
Según Muy Interesante, el investigador británico Adrian Woolfson expone en El futuro de las especies. Genómica sintética, inteligencia artificial y la reinvención de la vida, publicado por la editorial Pinolia, que la biología se encuentra ante un cambio de escala al unir genómica sintética e inteligencia artificial. En el libro defiende que la evolución natural podría verse acompañada por una evolución guiada de forma deliberada por humanos y máquinas.
El ensayo no presenta un escenario imaginario, sino un análisis del estado actual de la biología molecular y de las herramientas informáticas capaces de analizar grandes volúmenes de datos genéticos. A partir de ahí mantiene que el dominio del código genético permitiría pasar de la simple lectura del ADN a su escritura completa.
El concepto que concentra esa idea es artivolución, una evolución artificial, predictiva y orientada a objetivos concretos. Woolfson describe que ya se han sintetizado genomas completos de virus, bacterias y levaduras, y afirma que el paso hacia organismos más complejos depende de tiempo y capacidad de cálculo. Entre los posibles usos menciona bacterias capaces de capturar carbono o producir biomateriales, y también la reaparición de especies desaparecidas como el mamut lanudo o el dodo.
En esa línea introduce una advertencia cuando explica que “la misma tecnología que permite curar también puede alterar la naturaleza humana”. La posibilidad de diseñar especies no se limita a otros seres vivos, ya que muchas enfermedades humanas dependen de múltiples variantes genéticas y podrían requerir la reescritura completa del genoma.
La historia reciente de la genética muestra que leer el ADN no bastaba para entenderlo todo
Para sostener ese planteamiento, el autor recorre la historia reciente de la biología. Recupera la figura de Sydney Brenner, que participó en el desciframiento del código genético y defendió que los organismos podían entenderse al descomponer su complejidad en componentes moleculares. El Proyecto Genoma Humano aparece como un momento decisivo en esa trayectoria. Sin embargo, secuenciar un genoma no supuso comprenderlo por completo. El descubrimiento de que el ser humano cuenta con alrededor de 20.000 genes codificantes, una cifra menor de la prevista, llevó a revisar el papel de las regiones no codificantes, consideradas durante años como basura genética.
A partir de ese punto, el libro insiste en que los genomas pueden leerse como textos formados por cuatro letras, A, C, G y T, que contienen instrucciones químicas. Durante décadas la ciencia aprendió a descifrar fragmentos de ese código. Ahora, con el apoyo de modelos de aprendizaje automático, se busca identificar patrones que no resultan evidentes a simple vista.
Woolfson explica que “los genomas son textos” y señala que el reto consiste en entender su sintaxis, es decir, las reglas que convierten una secuencia lineal en un organismo con forma y funciones concretas. Esa capacidad de análisis masivo es la que abre la puerta a intervenir de forma más amplia.
En ese contexto aparece la idea de inteligencia biológica artificial, abreviada como ABI. Woolfson la describe como la capacidad de predecir, generar y activar cualquier genoma posible, y la compara con el papel que tuvieron Alan Turing y John von Neumann en el nacimiento de la computación moderna.
La célula se interpreta como una especie de computadora molecular que ejecuta programas genéticos. Sin embargo, también reconoce que los sistemas biológicos mutan y responden al entorno de forma probabilística, por lo que no funcionan como circuitos cerrados.
El autor advierte de que intervenir en ecosistemas exigirá normas claras y responsabilidad
El ensayo dedica sus últimos capítulos a las consecuencias de aplicar esa capacidad en ecosistemas complejos. Introducir organismos diseñados puede alterar equilibrios difíciles de anticipar, y por eso el autor reclama un debate público amplio y marcos regulatorios sólidos.
La selección natural dejaría de ser la única fuente de biodiversidad si se consolida esa vía artificial, y el catálogo de especies podría ampliarse con organismos creados con intención definida. Ese escenario obliga a decidir qué criterios se utilizan y quién asume la responsabilidad cuando la vida deja de evolucionar solo por azar y pasa a depender también de elecciones humanas.