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El 23-F que viví

Abc.es 
«En febrero busca la sombra el perro». El refrán habla del calor, pero aquel 23 de febrero de 1981 lo que se respiraba no era temperatura, sino incertidumbre. En mi memoria conviven dos climas: el del mediodía luminoso en la playa y el frío que caía al atardecer en Córdoba, ese frío seco que parece colarse por las rendijas de las casas antiguas. El termómetro bajaba sin frenos, y también algo más: la sensación de seguridad. Yo me encontraba en una capital de provincia andaluza cuando mi hermano pasó a recogerme. «Paso por ti. Vamos al Sector Sur a recoger a Ana, que está dando clase. Los militares se han sublevado. Parece que en Valencia han sacado los tanques a la calle». La frase se me quedó clavada. «Los militares se han sublevado». Sonaba a libro de historia, a 1936. Pero no: estaba ocurriendo en ese mismo instante. Nos subimos al coche. Recuerdo el trayecto como una película muda. La gente caminaba con aparente normalidad. Nadie parecía alterado. O no sabían lo que estaba pasando. Encendimos la radio. En una emisora sonaba música militar, patriótica. Ninguna explicación. Cambiamos de dial. Más música. Ni una palabra. Aquello, más que tranquilizar, inquietaba. Recogimos a Ana y regresamos a casa. Allí busqué en la onda corta algo distinto. Sintonizamos la BBC de Londres. Y entonces sí: allí se hablaba del golpe de Estado. El teniente coronel Tejero había irrumpido en el Congreso de los Diputados. En Valencia, el teniente general Jaime Milans del Bosch había sacado los tanques a la calle. España estaba, otra vez, en manos de militares que pretendían torcer la voluntad popular. Las imágenes que luego veríamos por televisión forman ya parte de la memoria colectiva: Tejero gritando «¡Todos al suelo!», los disparos al techo del hemiciclo, los diputados escondidos bajo los escaños. Sólo el vicepresidente del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, se encaró con los golpistas en un gesto de dignidad. Aquella noche fue larga. España entera contuvo la respiración. Y entonces apareció el rey, Juan Carlos I, en televisión, uniformado como jefe supremo de las Fuerzas Armadas, defendiendo el orden constitucional y desautorizando la asonada. Fue un momento decisivo. Sin aquella intervención, la historia quizá habría tomado otro rumbo. Al día siguiente, el golpe se desinfló. Los guardias civiles salieron del Congreso. Los responsables fueron detenidos. La democracia, joven y aún frágil, había resistido. Han pasado 45 años. El 25 de febrero de 2026 murió Tejero a los 93 años. El Rey que frenó el golpe abdicó años después en su hijo, y terminó marchándose a Abu Dabi, con su figura envuelta en polémicas. La historia no suele ser lineal ni concede medallas eternas. Los símbolos también envejecen. El 23-F no fue sólo un episodio espectacular retransmitido por televisión. Fue la prueba de estrés de una democracia que apenas caminaba. Veníamos de la dictadura de Franco y aún no estaban asentadas muchas lealtades institucionales. El miedo no era una exageración; era un recuerdo cercano. Hoy, cuando se desclasifican documentos –algunos sí, otros no– y el debate político vuelve a tensarse en el Congreso, conviene recordar que la democracia no es un decorado permanente. Es un equilibrio delicado. Aquel día aprendimos que puede quebrarse en cuestión de minutos y que su defensa no depende sólo de discursos solemnes, sino de la firmeza de las instituciones y de la serenidad de los ciudadanos. El 23F que yo viví fue, sobre todo, una lección: la democracia no está garantizada por el simple paso del tiempo. Se sostiene día a día, con memoria, con vigilancia y con responsabilidad. Cayetano Peláez del Rosal. Cartagena (Murcia)

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