'Giulio Cesare', de Haendel, conquista Hispania y acampa en Valencia
Entre los enigmas del universo está el de la música de las esferas: aquella armonía 'grande y dulce' que se produce por el movimiento celeste, y que Cicerón comentó en un pasaje incluido en el tratado de filosofía política ' De re publica' . Cicerón miró siempre con recelo el poder del emperador Julio César, sin tener en cuenta la sensibilidad artística que este demostró cuando aquella armonía se convirtió en un momento de éxtasis: «¿Qué es esa música que baja de la esfera celeste y me arrebata?» Las palabras, imaginadas por el libretista Nicola Francesco Haym , figuran en 'Giulio Cesare in Egitto', la ópera de Haendel que estos días se ve en el Palau de les Arts valenciano. A lo largo de la historia, la música planetaria ha causado un efecto profundamente turbador. En Valencia también convulsiona a los espectadores porque el Palau sigue convirtiendo en algo excelente una programación que entrecruza riesgo y novedad. En ello está la producción de Vincent Boussard , estrenada por la Ópera de Colonia, y en la que un esteticismo sublimado reconduce el poso de abstracción que, ya hace un siglo, convirtió las óperas del compositor sajón en una belleza idealizada y atemporal. Visto en general, llama la atención la negrura del escenario recogida sobre un fondo de paisajes y atmósferas, la sintética presencia de objetos que puntean el relato, la continua compartimentación del espacio mediante paneles cortina que encuadran la acción con un perfil luminoso, además del hipnótico transcurrir de las escenas. La sutil iluminación de Andreas Grüter y el distinguido vestuario de Christian Lacroix terminan por conceder a la obra una mirada idealizada y aristocrática. Pero hay que volver al momento en el que César oye un concierto de varios instrumentos, porque entonces cuando coloca al espectador a la entrada del Parnaso y a punto de imaginar el templo de la Virtud. Hay emociones complejas, que surgen entonces sin orden ni razón: el de la música superpuesta que llega desde lugares imprevistos del teatro y que el director Marc Minkowski, él mismo participando de la fiesta con una efusividad contagiosa, inscribe en una versión que bebe de todo lo bueno que la interpretación históricamente informada es capaz de crear aún rompiendo su autocracia. La Orquestra de la Comunitat Valenciana, con el apoyo de varios músicos cercanos a Minkowski, convierte el grupo instrumental en puro virtuosismo. Hace apenas una semana, se había escuchado 'Giulio Cesare in Egitto' en el Teatro Real, en versión de concierto, dirigida con una exquisitez más amable por Francesco Corti a Il Pomo d'Oro, con el contratenor Jakub Jósef Orlinski y la soprano Sabine Devieilhe. El éxito de su actuación se sitúa en el nivel de lo satisfactorio. En Valencia hay que apuntar a la euforia, particularmente cuando llega el momento en el que Julio César y Cleopatra pasean por el patio de butacas al amparo de la música celestial. Él es el contratenor americano Aryeh Nussbaum Cohen y hace en Valencia su presentación española, dejando claro que tiene una voz imponente, flexible y muy musical. Ella es Marina Monzó, y hace su primera incursión en este repertorio, que domina con una frescura contagiosa y una técnica inapelable. En el reparto, sólido y seguro, está también la más veterana Sara Mingardo explicando que Cornelia es un personaje reflexivo, lleno de sombras e inquietudes; Arianna Vendittelli, quien pese a haber anunciado una indisposición, engrandece el papel de Sesto; y el contratenor Cameron Shahbazi centrando la determinación de Tolomeo. 'Giulio Cesare', en Valencia, es ante todo una experiencia escénica que mantiene al espectador en vilo, lo seduce y lo deslumbra: con el mismo arrobo que aquella música de las esferas ante la que Nireno, el confidente de Cleopatra, advierte que sólo un corazón de pedernal podría no conmoverse.