El féretro que atravesó 2.000 años de historia ha revelado un error en las dataciones por carbono 14 y vuelve a situar a la Princesa de Bagicz en el centro del debate
Cronología ajustada - La lectura de la madera apuntó a comienzos del siglo II y dejó en segundo plano la cifra antigua obtenida del diente, cuya alteración pudo deberse a una alimentación rica en proteína animal y pescado fluvial
Los restos de una momia siberiana de 2500 años muestran una cirugía de mandíbula completamente desconcertante
La figura recibe un nombre que sugiere rango elevado, aunque las pruebas materiales obligan a matizar esa etiqueta. La Princesa de Bagicz designa a una mujer enterrada en la zona de Bagicz cuyo ajuar y aislamiento llevaron durante décadas a considerarla miembro destacado de su comunidad. El apelativo no procede de un documento escrito ni de una inscripción, sino de la interpretación arqueológica basada en objetos asociados a su tumba.
Con el tiempo, nuevas excavaciones y análisis han cuestionado esa lectura inicial y han mostrado que la posición social atribuida quizá fue exagerada. Esa revisión constante del caso ha hecho necesario fijar con precisión cuándo fue enterrada y en qué contexto cultural encaja su sepultura.
El apodo aristocrático empezó a tambalearse cuando los estudios pusieron fechas más ajustadas
Un estudio liderado por la doctora Marta Chmiel-Chrzanowska y su equipo, publicado en la revista Archaeometry, aplicó un enfoque multidisciplinar al único ataúd de madera bien conservado de la Edad del Hierro romana asociado a la Princesa de Bagicz y resolvió una discrepancia de casi cien años entre dos métodos de datación.
La investigación recurrió a la dendrocronología para aclarar la distancia que separaba la cronología tipológica de los objetos funerarios y la fecha obtenida por radiocarbono a partir de un diente. Al integrar estas técnicas, el equipo pudo establecer con mayor seguridad el momento en que se fabricó el ataúd y, por extensión, la época del enterramiento.
La madera del féretro permitió cerrar una brecha de casi un siglo entre pruebas enfrentadas
El análisis de los anillos de crecimiento del roble con que se talló el féretro situó la tala del árbol en torno al año 120 d.C., con un margen de error de siete u ocho años. Esa cifra encaja con la datación arqueológica basada en el estilo de los objetos y deja en segundo plano el resultado más antiguo proporcionado por el radiocarbono.
Para explicar esa desviación, el equipo examinó la dieta y el entorno de la mujer. El estudio de isótopos estables indicó que consumía una cantidad elevada de proteína animal y posiblemente pescado de agua dulce, una circunstancia que puede introducir el llamado efecto reservorio y hacer que los restos parezcan más antiguos de lo que son.
Además, se planteó la influencia del efecto del agua dura, ya que en la zona se ha documentado agua moderadamente dura y los organismos acuáticos pueden incorporar carbono antiguo que altera las mediciones.
La erosión del acantilado sacó a la luz un hallazgo que llevaba siglos bajo tierra
El ataúd salió a la luz en 1898 cuando la erosión costera dejó al descubierto el enterramiento en un acantilado cercano a Bagicz, en el noroeste de Polonia. La línea de costa retrocede hasta un metro al año y ese desgaste permitió localizar el tronco ahuecado de roble.
Ladoctora Chmiel-Chrzanowska explicó que “el ataúd quedó al descubierto como resultado de la abrasión costera”. También señaló que “el acantilado en este lugar puede retroceder hasta un metro por año”. Junto al esqueleto aparecieron un pequeño taburete de madera y una piel de bovino, aunque esos materiales no sobrevivieron hasta la creación del Museo Nacional de Szczecin.
La comparación tipológica y la prueba de 2018 abrieron un debate que se alargó durante décadas
La datación del enterramiento había generado debate antes de este nuevo estudio. En la década de 1980, un análisis tipológico de los objetos funerarios situó la inhumación a mediados del siglo II d.C., aproximadamente entre 110 o 120 y 160 d.C. Sin embargo, en 2018 una prueba de radiocarbono realizada sobre uno de sus dientes arrojó una fecha mucho más antigua, entre 113 a.C. y 65 d.C., con una probabilidad del 93,8%. Esa diferencia cercana a un siglo obligó a revisar el caso y abrió la puerta a hipótesis relacionadas con la alimentación y el entorno.
El examen de isótopos de estroncio añadió otra capa de complejidad al estudio. Los valores obtenidos se parecen a los registrados en partes de Escandinavia, incluida Öland, lo que llevó a considerar un posible origen externo. No obstante, los depósitos glaciares de Pomerania generan firmas químicas similares, y eso dificulta distinguir entre población local y migrantes.
Marta Chmiel-Chrzanowska afirmó que “en nuestra región, los procesos glaciares han dado lugar a valores de Sr muy similares a los observados en Escandinavia”. También indicó que “seguimos buscando pruebas de migración, ya que en realidad la esperamos en esta zona”.
El cementerio cercano rebajó la idea de una figura excepcional dentro de su comunidad
El equipo recordó que el ataúd es el más antiguo de su tipo descubierto en Polonia y que su buen estado se debe en parte a que permaneció sumergido bajo el agua durante siglos. Los análisis osteológicos apuntan a que la mujer, de entre 25 y 35 años, pudo padecer una enfermedad degenerativa de las articulaciones asociada a trabajo físico intenso, y existen planes para realizar estudios de ADN con el fin de reconstruir su aspecto.
Los objetos hallados en la tumba influyeron de forma decisiva en la interpretación inicial. La mujer fue enterrada con una fíbula de bronce, un alfiler, dos brazaletes también de bronce y un collar con cuentas de vidrio y ámbar. Ese conjunto, poco frecuente en la región, llevó a describirla como princesa y a vincularla con la cultura de Wielbark, activa entre los siglos I y IV d.C.
Más tarde, la identificación de un cementerio cercano mostró que no se trataba de un enterramiento aislado, sino de parte de una necrópolis más amplia, lo que rebajó la idea de un estatus excepcional dentro de su comunidad.