China añade bacterias a la arena del desierto y demuestra con 59 años de registros que las dunas pueden transformarse en nuevo suelo
Conservación - Equipos del noroeste asiático liberan pequeñas porciones cultivadas que crean una película protectora capaz de frenar el arrastre por ráfagas y permitir que broten matas en menos de año y medio
La arena suelta y el sol intenso hacen pensar que la vida no tiene espacio. El desierto se describe como árido y como un lugar donde no crece nada, y por eso suele asociarse a la muerte y a la ausencia total de actividad biológica. Esa imagen parte de lo que se ve a simple vista, como grandes superficies desnudas y plantas muy dispersas.
Sin embargo, bajo esa capa seca puede activarse un proceso que cambia la estabilidad del suelo. Entender ese mecanismo exige observar cómo se transforma la propia arena cuando intervienen organismos microscópicos.
En China prueban una técnica que sujeta las dunas y acelera la recuperación
Científicos en el noroeste de China han utilizado cianobacterias cultivadas para formar costras biológicas artificiales que estabilizan dunas y aceleran la recuperación del suelo, en un trabajo publicado en Soil Biology and Biochemistry. Según China Science Daily, los equipos liberan semillas de suelo en zonas áridas para crear una capa fina que impide que el viento arrastre los granos sueltos.
El objetivo es fijar primero la superficie y dar tiempo a que arbustos y hierbas puedan arraigar antes de que el calor y las ráfagas destruyan los brotes jóvenes. En ensayos cerca del desierto de Taklamakan, en Xinjiang, la Academia China de Ciencias comprobó que esa costra puede consolidar la arena en un plazo de entre 10 y 16 meses.
Las protagonistas de ese proceso son cianobacterias, que son microorganismos que utilizan la luz solar para obtener energía y que ya existían hace unos 3.500 millones de años. Muchas de sus variedades captan dióxido de carbono y liberan materia orgánica simple al entorno.
En suelos pobres en nutrientes, algunas especies también transforman el nitrógeno del aire en compuestos que las plantas pueden aprovechar. Cuando colonizan la superficie arenosa, forman una película viva que sujeta los granos y crea una base donde las primeras raíces encuentran apoyo.
Esa película no se limita a cubrir la arena, porque modifica la química del suelo. Durante el primer año, la capa tratada empieza a retener nutrientes en los primeros centímetros en lugar de perderlos con el polvo. Las células muertas y los compuestos que exudan se combinan con partículas minerales transportadas por el viento y generan materia orgánica que atrapa nitrógeno y fósforo.
Las sustancias pegajosas que liberan las células cosen los granos y frenan la erosión
A medida que esos elementos se concentran, aumentan los microorganismos que se alimentan de ellos y la comunidad se vuelve más resistente a las perturbaciones. Tras lluvias breves, la zona cubierta mantiene la humedad más tiempo que la arena desnuda, lo que facilita que hierbas y arbustos desarrollen raíces antes de que regrese el calor.
La unión física de los granos se produce gracias a sustancias viscosas que liberan las propias células. Al observar una costra al microscopio se aprecia una red de filamentos bacterianos que envuelven las partículas. Entre esos filamentos aparecen azúcares pegajosos que actúan como adhesivo y se endurecen hasta formar una lámina cohesionada. Esa capa reduce la erosión y dificulta la entrada de plantas invasoras, aunque resulta frágil frente a pisadas, ruedas o labores intensas que rompan la superficie.
El respaldo más amplio de este método procede de un seguimiento de 59 años en China. Los investigadores compararon costras formadas de manera natural durante décadas con otras inducidas mediante inoculación de cianobacterias y comprobaron que la adición acorta un proceso que antes podía prolongarse quince años hasta apenas uno o dos.
Incluso en las condiciones más favorables, la consolidación completa requiere entre dos y tres años para alcanzar un estado que resista mejor las alteraciones. Los ensayos en laboratorio mostraron que una costra fabricada redujo la pérdida de suelo por viento en más de 90% bajo corrientes controladas.
Un inóculo sólido facilita la siembra en zonas inaccesibles y ya forma parte de un plan nacional
Para ampliar la técnica, el equipo del Shapotou Desert Research and Experiment Station, dependiente del Instituto Noroeste de Ecoambiente y Recursos de la Academia China de Ciencias, desarrolló un inóculo sólido transportable. Zhao Yang, subdirector de la estación, explicó a China Science Daily que “si se esparcen estas semillas sobre la superficie del desierto, las costras del suelo se formarán cuando reciban precipitación”.
El investigador añadió que “al principio intentamos trasplantar cultivos líquidos, pero desaparecían en menos de una semana”. Inspirado en la lluvia natural, el grupo probó pulverización a presión para inyectar las cianobacterias entre los granos y logró tasas de supervivencia superiores al 60%, aunque el equipo requería electricidad y carreteras. Zhao indicó que “algunos lugares son inaccesibles en vehículo, lo que hace inviable el método de pulverización”, por lo que el inóculo sólido facilita el transporte y la siembra manual o con drones.
Este material ya se ha incorporado al nuevo programa Three-North Shelterbelt, con previsión de rehabilitar entre 80.000 y 100.000 mu en cinco años, es decir, entre 5.333,33 y 6.666,67 hectáreas. Aun así, la técnica no resuelve por sí sola el sobrepastoreo ni el uso inadecuado del agua, y necesita protección frente al tráfico y al ganado para que la superficie restaurada no vuelva a degradarse durante años.