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Belorado despide a la exmonjas entre el «hartazgo y la pena»

Abc.es 
Si Borja fue conocida mundialmente por la restauración que Cecilia hizo de su Ecce Homo, el nombre de Belorado quedará unido durante años al cisma protagonizado por las exclarisas. Pero, mientras que en el primer caso el paso del tiempo fue dulcificando la sorpresa inicial y hoy se recuerda con amabilidad, en el del monasterio burgalés el estupor inicial ha ido en aumento y ha mudado, capítulo a capítulo, en perplejidad y desconcierto. Incluso ahora, cuando apenas quedan unas horas para el definitivo desahucio , Belorado y sus feligreses –que han convivido con el monasterio de clarisas desde 1358– contemplan el momento final de este culebrón entre el «hartazgo y la pena». «La gente está cansada. Está cansada del convento, de lo que ha escuchado y ha llegado al punto de no querer saber más», explica a ABC Fátima, una feligresa de la parroquia de Belorado. «Estamos hartos de esta situación, porque las hemos querido mucho, pero también hemos sufrido en este tiempo», apostilla. «Yo diría más bien pena, por el hecho de que se van y se pierde definitivamente esa presencia. Además de la espiritualidad y la oración, encontrarse con estas mujeres era realmente un testimonio verlas», añade Ángel Santamaría, el párroco de Belorado, que recuerda cómo en la Navidad de 2019 toda la población aunó esfuerzos para ayudarlas cuando un incendio en el belén casi acaba con el monasterio. Luego llegó aquel Manifiesto Católico de mayo de 2024, que implicaba su ruptura con Roma, y todo cambió. Es miércoles por la tarde, el día antes de la fecha fijada para el desahucio, y en una improvisada tertulia en la sacristía de la parroquia de Santa María y San Pedro Apóstol de Belorado analizamos cómo han vivido los feligreses la ruptura con la Iglesia católica de la única comunidad monástica de la población. «Comenzamos a ver algunos signos antes de aquel 13 de mayo, pero nunca nos imaginamos que pudieran llegar a eso», nos cuentan Natividad y Miguel, que viven en Belorado desde hace diez años, cuando se jubilaron. «Íbamos todos los días a la eucaristía en el convento y comenzamos a ver cosas raras, como que retiraron bastantes bancos, dejaron de exponer el Santísimo e incluso cambiaron la hora para hacerla coincidir con la misa parroquial, como si quisieran que no fuera nadie allí», señala Natividad. «También comenzaron muchas a faltar a los laudes», añade Miguel. El matrimonio intentó ir a misa el día antes de que hicieran público el cisma. Pero, pese a que era domingo, se encontraron el templo cerrado. Fueron pequeños detalles, apenas imperceptibles, que sólo supieron interpretar a posteriori. «En esos primeros momentos pasamos a tener el sentimiento de que, a lo mejor, no habíamos hecho todo lo adecuado, de haber visto señales y no haber sabido interpretarlas ni reaccionar», explica el párroco. «Para mí era impensable que esto sucediese», recuerda Fátima sobre aquellos momentos. «Yo ya he pasado esa etapa de culpabilidad, pero sí la tuve al principio y me preguntaba si no tendríamos que haberlas arropado un poquito más», añade. De esa responsabilidad pasaron a la pena, al comprobar la deriva en la que se sumergieron y las extrañas compañías –como el obispo excomulgado y el cura coctelero– de las que se rodearon. Comenzaron a entender que la vida monástica en Belorado había llegado a su fin, una idea que todavía hoy se resisten a aceptar. «Nos gustaría que ahora que dejan libre el convento pudiera venir hasta él otra comunidad, de las clarisas o de otra orden», coinciden todos. Ya han iniciado una campaña para recabar apoyos en Belorado para que esto sea posible. En cuanto a las siete exmonjas que este jueves serán desahuciadas, siguen manteniendo un cierto afecto. «Creo que hace tiempo que se han dado cuenta de que no les ha merecido la pena, lo que pasa es que es una huida hacia delante», interpreta Fátima. «Ahora, el propio orgullo ante esta pelea fallida que han librado no les deja vislumbrar la realidad, pero estoy segura de que con el tiempo alguna querrá volver», añade. Una posibilidad de redención que ya han vivido dos de ellas, que dejaron la comunidad hace un año y a las que el arzobispo Mario Iceta les ha levantado la excomunión. También el párroco contempla esa idea. «Todavía tenemos esa esperanza, de que algún día recapaciten y puedan volver a la Iglesia», explica Ángel Santamaría. «Ojalá entonces no seamos como el hijo mayor de la parábola, no las miremos mal cuando vuelvan, sino que tengamos ese gran corazón y los brazos abiertos para recibirlas», concluye esperanzado.

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