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No se va a acabar pronto

La guerra contra Irán lanzada por Israel con el poderoso e improvisado apoyo de los Estados Unidos apunta a un conflicto más prolongado. A pesar de las afirmaciones de Trump acerca de su victoria absoluta y del fin del conflicto en unos días, varios de sus funcionarios empezaron a incurrir en contradicciones.

El secretario de Energía, evidentemente consternado por el impacto en los precios del petróleo y del gas a nivel mundial, afirmó que la guerra durará aún varias semanas. En reuniones privadas ventiladas por medios estadounidenses, el secretario de Guerra, Peter Hegseth, también dijo que su pronóstico se extendía a unas 8 semanas.

Es difícil decirlo porque están sobre el tablero múltiples consideraciones. Estados Unidos no tenía previsto entrar a este conflicto; fue convencido, coaccionado por Benjamín Netanyahu y el gobierno de Israel. Esto quiere decir que atacaron sin un plan preciso de objetivos, metas, suministros, ataques, conclusión y salida. Es decir, las hostilidades bien podrían durar meses.

El Pentágono tiene construidos múltiples escenarios para casos de conflicto: en el Medio Oriente, en el Pacífico, China, Rusia, Mediterráneo, etcétera. Sin embargo, abordó este ataque sin un plan preciso de las metas que querían obtener: desarticular la capacidad bélica de Irán, incluso su Armada naval con más de 18 embarcaciones hundidas; minimizar al máximo o neutralizar sus instalaciones militares y su programa nuclear al máximo.

Con los bombardeos acometidos, podrían aceptar que esa meta se ha cumplido en un porcentaje elevado.

El problema político es mucho más complejo: cambiar de régimen, desmantelar el gobierno, el derrumbe absoluto del autoritario sistema de los ayatolás son metas a más largo plazo que la historia les demuestra altos grados de dificultad y miles de millones en el proceso.

Las lecciones de Afganistán y de Irak prueban que modificar la estructura de gobierno, pero sembrar semillas democráticas puede tardar una o dos generaciones en germinar.

Por ello se planteaban no una invasión, sino ataques precisos, ráfagas de bombardeos destructivos y lo demás pasaría por sí mismo. Una vez más se impone la historia y la realidad: no es así, el pueblo iraní no está listo para un viraje democrático profundo.

Aunque existan muchos segmentos inconformes con la represión, la falta de libertades, el abuso sistemático a la participación social de la mujer y muchas más, la sociedad no está suficientemente madura en un espíritu de transformación de régimen, de gobierno, de sistema de creencias.

Otro factor importante que apunta a la prolongación del conflicto: son los descendientes del Imperio Persa; podrán estar derrotados, pero seguirán peleando hasta el último de sus hombres. Un error más de cálculo en la operación norteamericana.

Irán ha demostrado en estos 17 días que, a pesar de los bombardeos sobre sus instalaciones, seguirán enviando misiles, atacando objetivos israelitas, norteamericanos y de todos los aliados que les dieron cobijo y respaldo (Qatar, Emiratos Árabes, Omán, Arabia Saudita, Kuwait, etcétera). Y esto no se acabará.

No se va a acabar pronto porque mataron al líder supremo de una teocracia, donde el sumo sacerdote, el máximo ayatolá, es el lector, intérprete y puente con la divinidad, con la interpretación del Corán, con la lectura de los deberes y responsabilidades de los creyentes en este mundo.

Por ello se vuelven tan peligrosos. Por eso es que la OTAN da un paso atrás y le responde a Trump: “Esta no es una guerra de la OTAN”, cuando les solicitó ayuda para destrabar con barcos y soldados el delicado estrecho de Ormuz. Europa registra altos porcentajes de población de origen musulmán (Francia, Reino Unido, Alemania, Países Bajos); nadie quiere provocar a esa población y convertirla en mártires con ataques planeados, orquestados e incluso suicidas al interior de naciones europeas.

Mientras más largo sea el conflicto, mayor será el impacto en las economías del mundo. Más elevado el precio del petróleo y del gas, con el consiguiente efecto en la creciente amenaza inflacionaria para Asia, Europa y Norteamérica como las regiones más afectadas, pero, en suma, el mundo entero.

Estados Unidos no calculó el efecto que esto podría tener en la economía global, y estamos presenciando las consecuencias. La definición de victoria es muy resbaladiza. Trump ha cantado ya victoria con la muerte del ayatolá Jamenei y la destrucción de múltiples objetivos estratégicos.

Sin embargo, si se retiran celebrando su triunfo, sin haber provocado un cambio en el sistema y el liderazgo, esa misma victoria cantada se convierte en algo inasible, difícil de aceptar o defender: ganamos, pero todo sigue igual. Morirá este ayatolá o su hijo, el sucesor, pero vendrán otros y después otros. No puede acabar con todos.

Por ende, podrá cantar victoria, pero no desarticuló al régimen ni terminó con las células de las Guardias Revolucionarias que deben estar activando ataques en muchas partes del mundo. La siguiente pregunta en los círculos estadounidenses es: ¿hasta cuándo?

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