Violencia e indiferencia, una suma letal
Estamos pasando de ser un país solidario frente a la adversidad ajena a otro muy distinto, en el que la indiferencia, el miedo e incluso la complicidad por inacción se han convertido en la nueva normalidad. Esto resulta especialmente peligroso en momentos en que la violencia es el pan de cada día.
El país fue testigo de un video en el que dos muchachos, vestidos con uniforme estudiantil, sostienen una discusión; luego corren y, a pocos metros, uno apuñala al otro, provocándole una lesión que finalmente le causa la muerte. Se trata de una tragedia que marca para siempre a dos familias.
Más allá de lo impactante de estas imágenes, lo más preocupante es que parece más importante grabar que ayudar. No hay señales de alarma ni intentos de interrumpir la pelea, y mucho menos una llamada de emergencia al 911. En síntesis, una frialdad alarmante.
Esa misma indiferencia se manifiesta cuando familiares reconocen que sus hijas, sobrinas u otros allegados sufren violencia y, aun así, hacen poco o nada para ayudar a interrumpir relaciones tóxicas, muchas veces con desenlaces fatales.
También está presente en vecinos y conocidos que, pese a saber de situaciones de violencia intrafamiliar, prefieren no involucrarse porque lo consideran un “asunto privado”. Esa visión debería estar superada en la sociedad costarricense: la violencia en el ámbito familiar es un problema que nos concierne a todos.
Tristemente, he conocido historias de mujeres que, aun contando con órdenes de restricción, no reciben respuesta de las autoridades cuando solicitan ayuda, ya sea por indolencia o porque algunos funcionarios se identifican con el agresor, especialmente en comunidades pequeñas. Hace algunos años, en un panel, señalamos la necesidad de mayor capacitación policial y mejores evaluaciones psicológicas, dado que algunos oficiales también eran agresores.
Y lo más grave es la presión que enfrentan las víctimas, así como la red de protección que suele rodear al agresor. Un ejemplo reciente es el caso de una exdiputada que, lejos de ser protegida por su entorno, fue expuesta a una red de complicidad que favorece la impunidad, el mayor incentivo para quienes ejercen violencia.
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Nuria Marín Raventós es politóloga.