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Cesar Chavez, el santo pecador

Un nuevo retrato del líder sindical lo pinta como una figura visionaria con fallas trágicas y frecuentemente insensible.

El riguroso reportaje del New York Times denunciando las décadas de abusos sexuales de Cesar Chavez a mujeres y niñas ha sido descrito en algunos como devastador para la comunidad latina. Yo difiero.

Es evidente que, para las víctimas de sus abusos, su perversidad fue y seguirá siendo un agravio imperdonable. También es cierto que, para quienes admiramos su lucha por los derechos de los trabajadores agrícolas, enterarnos de sus enormes falencias morales ha sido una enorme desilusión.

Sin embargo, me niego a admitir que las acciones de una persona, independientemente de su estatura, arruinen la reputación de una comunidad.

Otro error de percepción que advierto en la reacción de los catastrofistas es asumir que la comunidad mexicana define a la comunidad latina estadounidense entera.

La comunidad hispana/latina es multinacional e incluye mexicanos, puertorriqueños, cubanos, salvadoreños, dominicanos, guatemaltecos, colombianos, hondureños, venezolanos, ecuatorianos, argentinos, chilenos; es multirracial: hay blancos, descendientes de africanos, indígenas, mestizos, asiáticos y combinaciones de todo lo anterior; es diversa cultural y lingüísticamente; habla inglés, español, portugués, náhuatl, quechua, maya.

Lejos de ser una comunidad homogénea, las diferencias en identidad, idioma, política y nivel socioeconómico son enormes. Simplificarla es reducirla al absurdo. Chavez no representaba a este enorme universo.

Por otro lado, debemos reconocer que Chavez fue el chicano más conocido en la historia de Estados Unidos y que sus logros fueron muy importantes para un sector de la población.

En la década de los 60, Chavez y su sindicato de trabajadores agrícolas alcanzaron prominencia nacional y en 1975 su fuerza política fue fundamental para lograr la aprobación de la Ley de Relaciones Laborales Agrícolas, la primera en la historia del país en proteger los derechos de los trabajadores agrícolas a organizarse.

También hay que reconocerle que, siguiendo el ejemplo de los Seis Grandes del Movimiento Afroamericano en su lucha por la Justicia Racial e Igualdad, Chavez promovió los derechos civiles de los latinos.

Pero no debemos olvidar que esta no es la primera vez que una periodista profesional hace un retrato realista de las ambigüedades morales de Chavez.

En The Crusades of Cesar Chavez, publicado en 2014, al tiempo que Miriam Pawel hace un merecido reconocimiento de su “profunda humanidad”, desafía la imagen heroica tradicional, casi santificada, que sus seguidores le adjudican.

En su libro, Chavez emerge como una figura visionaria pero con fallas trágicas; como un estratega brillante que a menudo tropieza; y como un organizador astuto y curtido en la calle pero frecuentemente insensible.

Pawel denuncia su estilo autoritario de liderazgo; su resistencia a adaptarse a las cambiantes condiciones laborales; su priorización de la pureza ideológica por encima de los logros prácticos; sus miopicas protestas en la frontera para impedir el ingreso de trabajadores indocumentados en contubernio con “la Migra”; su indiscriminado uso de “purgas” de afiliados al Movimiento que le cuestionaban.

A mí me tocó oír las críticas indignadas de líderes comunitarios que, en vez de reflexionar sobre los señalamientos contra Chavez, enjuiciaban a Pawel por publicarlos.

Y hoy, cuando oigo a quienes vivieron de cerca sus infamias y aseguran que no lo denunciaron para no perjudicar a La Causa, me acuerdo del silencio criminal de la izquierda argumentando que delatar los crímenes de Stalin era darle armas a la derecha para dañar a la Unión Soviética.

Afortunadamente para la historia, la verdad se impuso entonces y se impondrá ahora reconociendo los méritos de un luchador por la justicia que se perdió en el camino por su endiosamiento y su ambición de poder.

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