Minerales críticos, rutas marítimas y utopías libertarias: lo que Groenlandia esconde y el deshielo promete

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El deshielo glaciar ha sorprendido por su rapidez, a la vez que desconcierta a la comunidad científica el comportamiento de la banquisa helada. Mientras Groenlandia lanza una advertencia sobre la habitabilidad planetaria del futuro, algunos ven en el calentamiento una oportunidad geoestratégia: Acceso a minerales críticos y recursos energéticos; nuevas rutas de navegación; centros de datos refrigerados a coste cero… Promesas de una Groenlandia caliente que, en realidad, no son tan sencillas de cumplir. En abril de 2024, un avión Gulfstream III de la NASA sobrevolaba Groenlandia, investigando el deshielo glaciar, cuando sus radares tropezaron con algo más que el aburrido continuo blanco. Un entramado de túneles horadados en el serpenteaban en una ciudad oculta, con lo que parecían amplios depósitos o estancias tan grandes como hangares. Enseguida, los veteranos de la agencia identificaron aquello como los restos… no de otra civilización, pero sí de otro tiempo. El de la Guerra Fría. Sin querer, habían tropezado con Camp Century, un complejo militar secreto que los EE.UU. construyeron en 1959. Aunque años después se vendió como un campamento para investigar la supervivencia humana en entornos extremos, los 200 habitantes de aquella pequeña ciudad bajo el hielo realmente estaban metidos en un programa de lanzamiento de misiles . Programa que se canceló, dada la crudeza del territorio groenlandés. William Colgan es parte del equipo que, desde 2017, monitorea el deshielo en esta zona del norte de Groenlandia. Él conocía de la existencia –aunque no el punto exacto– de Camp Century. Y le preocupaba. “Cuando fue construido, los ingenieros del Ejército eligieron deliberadamente un sitio donde no había deshielo en verano”, explica este climatólogo de la Universidad de Copenhague. “Ahora no estamos muy seguros de qué pasará con Camp Century en el futuro, a medida que el clima cambie”. En concreto, su preocupación estriba en los “residuos dejados por 200 hombres durante más de seis años”. Aguas contaminadas y líquidos refrigerantes del reactor nuclear que alimentó al campamento. “Cuando abandonaron, iba a quedar sepultado por la nieve y se suponía que nunca volvería a ver la luz”. Pero esto está empezando a cambiar, a medida que Groenlandia gana temperatura. Esta inmensa isla, cubierta en un 80% por hielo de más de 3.000 metros de espesor, se calienta a un ritmo sin precedentes. Marc Oliva, investigador de la Universitad de Barcelona con varias expediciones al noroeste groenlandés, lo confirma: “Se está viendo un incremento de temperatura en todo el Ártico. Si ha aumentado un grado la temperatura global desde mediados del siglo XIX, en el Ártico serían cuatro grados”. Desde los años 70, la región se ha calentado al doble de la tasa media mundial. “Rutas (con trineo) que hice son intransitables, ahora hay mar abierto”. Así retrata el cambio climático otro hombre que lleva 40 años explorando Groenlandia. Ramón Larramendi, quien vive durante buena parte del año en la isla más grande del mundo, es testigo de ese derretimiento glaciar y de la banquisa (mar helado) que ha hecho de la región ártica la zona cero de la emergencia climática. Las cifras del deshielo son estremecedoras: más de 5 billones de toneladas de hielo perdidas desde 1992, con un promedio de 279.000 millones de toneladas anuales según la NASA. El ciclo 2023-2024 marcó el 28º año consecutivo de balance negativo. Casi tres décadas perdiendo hielo. La climatóloga danesa Dorthe Dahl-Jensen, galardonada con el Premio Fronteras del Conocimiento, advierte que veremos veranos árticos sin hielo en los que los barcos podrán atravesar libremente el océano de forma habitual. Pero las consecuencias van más allá, alterando potencialmente la circulación oceánica que regula el clima europeo. “Más deshielo en Groenlandia implica una inyección de agua dulce en el Atlántico Norte. No sabemos qué pasará”, reconoce Oliva. Si todo el hielo groenlandés desapareciera, el nivel del mar subiría siete metros. Este escenario es impensable, pero no es descabellado imaginar que la corriente atlántica que nos trae aguas cálidas a Europa colapse, con implicaciones que, en el peor de los casos, sumiría al norte del continente en una pequeña glaciación. Y a los trópicos, a calor insoportable. ↠ Una tercera derivada es la del permafrost. Al deshacerse el suelo congelado, este libera gases de efecto invernadero atrapados durante milenios, acelerando el calentamiento. Donde había hielo, ahora crecen arbustos: casi 29.000 kilómetros cuadrados han pasado del blanco al verde en tres décadas. No es esperanzador. Sobre todo para los moradores de casas cuyos cimientos se asientan en estos terrenos: “Pueden colapsar”, recalca Oliva, quien conoce de viviendas que sufren de grietas por el calentamiento ártico. El cambio climático afecta a los groenlandeses, aunque Oliva y Larramendi coinciden en que si hay un pueblo que sabrá adaptarse será el inuit, autóctono de esa región. Llevan siglos haciéndolo. Sin embargo,“lo que pasa en Groenlandia no se queda en Groenlandia. Tiene repercusiones globales». ↠ Un deshielo del que no se conoce todo. El deshielo global avanza hacia un punto crítico. En diciembre, un estudio en Nature Climate Change advertía que el número de glaciares que desaparecen cada año en el planeta aumentará de forma abrupta en las próximas décadas. Eso es cierto, pero, como recuerda Dhal-Jensen, hay mucho hielo en Groenlandia y nada hace pensar que veamos una Groenlandia plenamente verde. Eso sería apocalíptico y no hay ningún escenario que lo contemple. Eso no quita para que con un calentamiento de +1,5 °C de media, respecto a la era preindustrial, la desaparición de glaciares alcance su pico de extinciones alrededor de 2041. Para mediados de siglo, perderemos unos 2.000 al año. Ese pico le llegaría a Groenlandia más hacia el final de la presente centuria. No ha hecho falta esperar a ello para que el cambio climático haya calentado las relaciones internacionales y despertado los fantasmas de la Guerra Fría en Groenlandia. Groenlandia forma parte de las regiones con potencial para abastecer minerales esenciales para la transición energética y la industria de defensa. Según analiza el profesor Alfredo A. Rodríguez Gómez (UNIR) en The Conversation, la isla podría contener hasta 235.000 toneladas de litio y 6 millones de toneladas de grafito. Los dos, con destino a baterías, placas solares o nuevos materiales. El yacimiento de Kuanenersuit alberga el tercer mayor depósito de tierras raras del mundo (neodimio, disprosio, terbio), elementos usados en pilas, turbinas eólicas y sistemas de defensa. También hay algo de uranio. “Yo vivo a 3 kilómetros de allí. ¿Te lo imaginas a 3 kilómetros de tu casa, con 2.000 trabajadores extranjeros en un pueblo de mil personas? Eso no puede funcionar”. Larramendi, no obstante, recuerda que los groenlandeses no se oponen a toda la minería. “Saben que puede pagar la independencia. Hasta ahora se trataba de llegar a acuerdos con algunas compañías”. Ana Belén López Tárraga (AECT Duero-Douro) apunta también a sus fondos marinos, con “importantes reservas de gas y petróleo sin explotar». Sin embargo, a la crudeza de la climatología se suma el difícil acceso a los minerales más codiciados. El sur tiene intrusiones que podrían ser interesantes. Sin embargo,“en Groenlandia, el problema que tenemos es la logística. Cuesta mucho moverse (y mover maquinaria)”, precisa Marc Oliva. “Ya tenemos la tecnología para hacerlo, pero a escala corta de tiempo lo veo un poco complicado”. ¿Puede facilitar el deshielo el acceso a estos minerales ocultos? Relativamente sí. A través de los fiordos del norte. Ahora, los yacimientos están en la costa, mucha de la cual ya está deglaciada. Y con ello, también, explotada turísticamente. La clave climática para la explotación minera quizás no esté tanto sobre el terreno, sino en la rotura de la banquisa helada, que deja paso a los barcos para transportar lo extraído. El deshielo abre rutas marítimas que promete revolucionar el comercio mundial: un barco de China a Europa, por el norte, reduciría el trayecto a la mitad respecto a Suez. Rusia controla la ruta del mar del Norte y posee la mayor flota de rompehielos del mundo; Moscú ha reactivado viejas bases soviéticas y desplegado sistemas S-400. Las navieras chinas buscan establecer presencia logística Larramendi pone el foco en un dato: “El año pasado China envió el primer barco portacontenedores serio desde la ruta ártica. En 2026 tiene programados 16. Y cientos, para finales de esta década”. Añade el profesor Oliva: “Hay una pinza Rusia-China para ver cómo se aprovecha todo el sector de la ruta asiática a través del Ártico. Todos los recursos que están offshore (no en tierra firme)”. Entretanto, Rusia sigue explotando recursos energéticos allá donde puede en el Ártico. “Pero China está construyendo a una velocidad impresionante rompehielos militares nucleares”. Groenlandia ocupa posición neurálgica en el corredor que la une Islandia y Reino Unido). Estados Unidos mantiene desde 1951 la Base Espacial de Pituffik, vital para su sistema antimisiles. “Desde luego, están acostumbrados a la presencia militar”. ¿Se enfrentan ahora a un paso más? Un territorio libre de impuestos, de regulación, donde el capitalismo en su versión más extrema cabalgue a lomos de transacciones aseguradas por tecnología blockchain y donde la minería no requiera de pico y pala, sino de criptomonedas. ¿Cuál es el recurso que más necesitaría ese hipotético criptoestado? Datos. Centros de datos refrigerados a coste cero, a poder ser. Bienvenidos a… PRAXIS. En el verano de 2024, cuatro miembros de Praxis —una organización tecnolibertaria que aspira a fundar ciudades-estado desreguladas — aterrizaron en Nuuk para tantear la compra de Groenlandia. Su fundador, Dryden Brown, ha descrito la isla como el lugar ideal para construir “un prototipo de Terminus”. Es el mismo nombre que su amigo Elon Musk ha propuesto para una futura ciudad en Marte. Según informó Reuters, la idea fue tomada en serio por Ken Howery, embajador de Trump en Dinamarca, la primavera pasada. Él es cofundador de un fondo de inversión junto a Peter Thiel, promotor de Praxis y confundador de Paypal junto a Musk. Praxis dice contar ya con más de 151.000 miembros y una financiación que supera los 525 millones de dólares “para fundar una nueva ciudad”, con respaldo de figuras como Sam Altman (OpenAI), los hermanos Winklevoss y Joe Lonsdale (Palantir). Los centros de datos necesitan electricidad y refrigeración. El cambio climático juega a favor de estos planes. Un estudio publicado en Journal of Climatology proyecta que la reducción de los vientos extremos invernales en el sur de Groenlandia (que actualmente fuerzan la desconexión de los aerogeneradores) podría hacer viable la instalación de parques eólicos en torno a Cabo Farewell. Este es uno de los lugares más ventosos del planeta. Si el frío deja de ser tan extremo, los aerogeneradores serían, además, más eficientes. En paralelo, el deshielo multiplica el potencial hidroeléctrico. “El excedente de energía limpia que va a tener Groenlandia si realmente explotaran la energía hidroeléctrica es absolutamente impresionante”, explica el explorador Ramón Larramendi. “Obviamente el deshielo facilita. La capital se nutre únicamente de energía hidroeléctrica”. El 70% de todo el consumo de la isla proviene de turbinas movidas por agua. El gobierno groenlandés es plenamente consciente de este atractivo a ojos internacionales. “Nuestro clima frío y nuestros recursos de energía renovable nos convierten en el candidato perfecto para albergar centros de datos”, declaró el ministro de Energía Kalistat Lund, a finales de 2024. Para los promotores de la tecnoutopía ártica, esta abundancia energética a coste casi cero convierte a la isla ártica en el laboratorio perfecto esa sociedad al margen de los estados tradicionales. “Expandirse a Groenlandia puede ser el amanecer de un nuevo Destino Manifiesto (expansión territorial por mandato divino)”, declaró en 2025 el inversor Shervin Pishevar a Reuters. Pero la idea de una comunidad libre de regulación no es nueva. Y no ha salido bien. En 2004, hubo un intento libertario en New Hampshire que terminó con constantes ataques de osos, en busca de comida basura. La ausencia de impuestos no permitía una recogida de residuos eficaz. Los animales terminaron habituándose a los restos de alimento hipercalóricos y adictivo que arrojaban los habitantes y que atrajeron a los osos. Paradójicamente, dos décadas después, varias poblaciones árticas están teniendo problemas con los osos polares, que acuden a los pueblos, hambrientos, tras ver su caza mermada por el cambio climático. Lo primero que sorprende a quien pisa Groenlandia es que sus 57.000 habitantes no forman un bloque monolítico. Así lo reseña el profesor Oliva. “Si vas al sur, a la zona de Nuuk, la capital, es un ambiente mucho más urbano, con una población más cosmopolita, más daneses. La visión es un poquito diferente que en ambientes más remotos». Lo que sí comparten casi todos es un anhelo de emancipación. “Quieren ser un país libre. Y el problema que tienen es que no tienen suficientes recursos”, resume Oliva. Los inuit con los que ha convivido en expediciones científicas “quieren mejorar su vida, mejorar internet, mejorar el servicio de hospitales… No están cerrados a cambios, pero sí quieren mantener sus medios de subsistencia tradicionales: la caza del narval, del oso polar, del reno”. Esto también está cambiando por el cambio climático y cultural. Algo que, a juicio de Larramendi, les está llevando a encabezar las tasas mundiales de suicidio entre varones jóvenes. El resentimiento hacia Dinamarca aflora en cuanto se escarba un poco. “Un sentimiento antidanés real, de cortar con el yugo colonial, que es una palabra que ellos emplean a veces”, señala el explorador, que reside en el sur de la isla. “Toda la historia colonial está plagada de episodios poco gloriosos”, añade, en referencia a políticas como la prohibición de lenguas o las esterilizaciones forzadas que menciona también Oliva. Esa herida explica por qué, paradójicamente, una parte de la población no veía con malos ojos a Estados Unidos antes del órdago de Trump. Al menos así lo valora Larranemendi. “Era un país bastante poco antiamericano. La posibilidad de una libre asociación, planteada en términos diplomáticos, no hubiera sonado nada mal”, reconoce . “La posibilidad estaba para ganar Groenlandia con la diplomacia y ganar el alma de la gente. Ahora, ha perdido al alma de la gente”. Lo que los groenlandeses rechazan de plano es ser tratados como mercancía o como un territorio vacío a la espera de ser explotado. “Obviamente, toda la población está en contra. Es humillante y ultrajante, insultante”, al hilo de una propuesta de anexión en los términos insinuados por Trump. Tampoco aceptan que la minería arrase sus comunidades. El presidente de gobierno convirtió las elecciones en una especie de referéndum sobre si abrir la mina de Kuanenersuit y lo ganó contra pronóstico. El resultado fue una ley que prohíbe la extracción de uranio, aunque el debate de fondo —quién pagará la independencia si no es la minería— sigue abierto. Y ahí Trump tiene una baza para negociar sin necesidad de anexión: Regulaciones más laxas. Oliva lo confirma desde su experiencia con los cazadores del norte: “No les gusta hablar mucho de política, pero te encuentras esa visión: ¿por qué daneses sí y americanos no? Yo quiero hacer lo que yo decida, no lo que digan otros que yo quiero ser”. Lo que define a los inuit, coinciden ambos entrevistados, es una identidad forjada en la adversidad y una capacidad de adaptación que ninguna potencia exterior debería subestimar. Y Larramendi lanza un aviso a navegantes: “La geografía define a la población y define la identidad. Ya pueden venir los americanos, puede venir quien quiera, que ya se irán. Ellos piensan así. Nosotros permanecemos”. Al pesar de que el hielo escapa más rápido que nunca.

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