Salman Rushdie: «Esta es la época más violenta en la que he vivido»

Abc.es 
Al otro lado de la pantalla son las nueve de la mañana y Salman Rushdie (Bombay, 1947) sonríe aunque no le guste madrugar: prefiere la noche, también para escribir. Acaba de publicar 'La penúltima hora' (Random House), su regreso a la ficción después del ataque terrorista que sufrió en 2022 y que casi le cuesta la vida. Es un libro de cuentos donde la muerte está cerca, pero no espanta al humor. —Señor Rushdie, ¿cómo está? —Estoy muy bien, muchas gracias. —Lo decía por el título de su nuevo libro, 'La penúltima hora'… —A ver, espero que no sea el final, que no sea el crepúsculo. Este es un libro que aborda el tema de la mortalidad, evidentemente, de distintas maneras. Pero no es un final. —En estos cuentos vemos a muchos ancianos: dos que se odian pero que hacen compañía, otro que se convierte en el juez del mundo, otro que es un fantasma que todavía tiene una historia que contar… —Es que yo ya no soy joven [y ríe]. Tengo cierta experiencia con la vejez, y lo que quería hacer era escribir sobre el acto final de la vida, cómo las personas se enfrentan a ello: con aceptación, con serenidad, con decepción. A lo mejor sienten rabia, o tranquilidad, o una cosa detrás de la otra. Quería profundizar en cómo abordábamos esto de estar cerca del final. —¿Y cómo lo aborda usted, con qué actitud? —Mi actitud es que, bueno, yo tengo el plan de vivir para siempre [y sonríe]. —¿Y también de escribir para siempre? —Mientras pueda pensar en cosas nuevas que hacer, sí. No me gusta nada repetirme: siempre intento buscar elementos nuevos, cosas que no he abordado antes, algo fresco. Mientras pueda seguir pensando de esta manera, seguiré, sí. —Su colega Julian Barnes acaba de publicar su última novela. Dice que ya no tiene nada que decir. —Creo que es algo muy arriesgado, ¿no?, anunciar tu jubilación… Porque de repente se te ocurre algo bueno al día siguiente [y ahora ríe]. Aunque Philip Roth también se retiró. Y siempre me he preguntado qué es lo que hizo después. Porque Philip era un escritor muy disciplinado, escribía todos los días. Y de repente, ¿qué? Paras y tienes mucho tiempo para gastar. Pero bueno, Philip parecía feliz. Hablé con él después de que anunciase que se retiraba y parecía muy feliz con su decisión. Vivió un par de años más y creo que no se arrepintió nunca. Creía que ya había cumplido su tarea. Pero yo no. Todavía me quedan cosas por hacer. —En muchos de estos relatos vuelve a la India. En un momento, el narrador dice: «Dondequiera que me encuentre, mi corazón a menudo parece estar subiendo a pie por Westfield Compound Lane. Muchas de las historias que he contado nacieron allí». —Este vecindario pequeñito de esta ciudad tan grande [Bombay] tiene mucho significado para mí, porque es donde nací, donde crecí. Pensaba que no iba a volver [su último viaje a India fue antes de la pandemia], pero apareció esta historia y… —¿Es inevitable volver? —Para mí parece ser así... Me siento en casa escribiendo sobre India, sé lo que estoy haciendo, sé dónde estoy como escritor: es una inspiración infinita para mí. —La historia de la literatura está llena de escritores desarraigados. ¿Es casualidad? —La migración siempre ha sido un tema importante para mí. En mi caso es una migración doble: desde la India hasta Inglaterra y luego desde Inglaterra hasta los Estados Unidos. De cierta forma, mi vida está configurada por estos dos viajes. Y eso está en el centro de mi proceso literario y de mi pensamiento literario. Siempre he pensado que sin mi escritura me sentiría sin hogar. La escritura es una manera de construir un hogar sobre una página. —¿Se escribe mejor desde lejos, entonces? —A veces es útil el dar un pasito atrás del lugar sobre el que escribes y ver más claras las cosas. Pero no estoy seguro. A veces envidio a los escritores que están muy arraigados en un sitio y dedican toda su vida a nutrirse de esas profundas raíces. Para mí ha sido una experiencia muy diferente. Y supongo que en el fondo esto se trata de utilizar de la mejor manera aquello que tienes. —Uno de sus personajes dice que el gran privilegio de la vejez es la libertad para poder decir lo que se piensa. —Hay muchos escritores jóvenes que se preguntan qué es lo que está bien escribir, qué es correcto y qué no: sienten la presión social sobre ellos, sobre todo los que empiezan. Una de las ventajas de llegar a esta edad es que me da igual todo. Si tengo algo sobre lo que escribir y creo que merece la pena, eso es lo único que me importa. Y la presión externa no me afecta. Hace un par de años me borré Twitter. Decidí que ya no quería tener ese ruido en mi cabeza. Y fue una decisión maravillosa. Aquel ruido era muy dañino, nada saludable: te distrae de lo que deberías estar pensando. Y me gusta haberme movido a un tiempo más antiguo, al tiempo de antes de las redes sociales. Ahí es donde vivo ahora. —La mayoría de estos cuentos tienen un componente sobrenatural, mágico o fantástico. No es difícil pensar en 'Las mil y una noches'. —Llevo leyendo 'Las mil y una noches' toda mi vida. No sé por qué la gente piensa en estas historias como cuentos para niños, cuando son para adultos. —En el último relato del libro, 'El viejo de la piazza', la lengua se retira del escenario y el narrador dice: «No tenemos medios para saber cómo van a continuar las cosas. Nuestras palabras nos fallan». —Este cuento es una alegoría… Lo que yo siento es que aquí, en Estados Unidos, y tal vez en otros lugares también, la sociedad está profundamente dividida: no podemos hablarnos los unos a los otros. Incluso aunque utilicemos el mismo lenguaje, no nos entendemos entre nosotros. Y esto se ha convertido en algo sumamente peligroso. Estamos viviendo en un lugar muy peligroso, un lugar donde no podemos entendernos, donde no tenemos un idioma común. —Usted publicó en 2017 'La decadencia de Nerón Golden', una sátira sobre Donald Trump. ¿Se quedó corto? —La realidad ha superado por mucho a la ficción, mucho más de lo que cualquiera hubiese pensado. Lo fue ya la primera vez. Y tengo la misma sensación que tiene todo el mundo en todas partes: que algo horrible sucede cada día. Yo siento que hay un inicio de una resistencia, un inicio de un rechazo, pero Trump solo lleva un año, le quedan tres años todavía por delante. Es mucho tiempo. —¿Son malos tiempos para el humor, ahora que toda la realidad parece una caricatura tantas veces? —Muchos escritores dicen que cuanto peor le va la sociedad mejor le va a la literatura. Porque de pronto tienes temas. Si piensas en el periodo de la Unión Soviética, la literatura rusa era brillante. Y desde el final de la Unión Soviética… tal vez no tanto. Las malas épocas producen buenos libros: ocurre muchas veces. Pero sería más fácil vivir en un mundo mejor. —Un mundo aburrido, monótono, ¿no? —Sí, sí: lo aburrido está subestimado. —Acaba de estrenar en Sundance el documental sobre su intento de asesinato y sobre su recuperación ['Knife: The Attempted Murder of Salman Rushdie]. ¿Cómo se lleva con la memoria del trauma? —Hacer el documental y escribir 'Cuchillo' son dos cosas que fueron de la mano, una al lado de la otra: estaba escribiendo esas memorias a la vez que empezamos a trabajar en el documental. Fueron las dos maneras que tuve de enfrentarme a lo que me sucedió. Ahora mismo siento que ya lo he abordado, que ya he tratado el tema y que puedo hacer otras cosas. Aunque ver el documental terminado todavía es algo que me impacta mucho. Porque me veo horrible [y ríe]. —Pero le han sentado bien los años: ahora se le ve mejor. —Me he recuperado, sí, pero… En el documental hay imágenes muy explícitas del daño causado por el ataque [fueron quince puñaladas]. En la sala hubo muchas personas que gritaron, que estaban en shock al ver estas imágenes. Y hubo una mujer que salió corriendo de la sala [vuelve a reír]. Es un poco hardcore, sí. Pero lo puedo ver y decir: vale, he mejorado. –¿Sigue viviendo con tanta seguridad como al principio? —No creo que ahora deberíamos hablar de eso, pero… Lo que ha sucedido es que en cualquier tipo de evento público ahora la seguridad es necesaria. No solo para mí, sino para todo el mundo. Para que todo el mundo se sienta cómodo. Aunque no hace falta un ejército, claro [y suelta otra risa]. El mundo se está acostumbrado a la idea de que la seguridad es necesaria. —No parecen buenas noticias. —No lo son. Vivimos en un tiempo de muchísima violencia, no solo aquí, en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Esta es la época más violenta en la que he vivido. Y no hablo solamente de una violencia estatal: es violencia de unos contra otros, también. Y en Estados Unidos tenemos el problema de las armas de fuego, que facilita la violencia. —Hace unos días, Jonathan Rauch publicaba en 'The Atlantic' un artículo titulado 'Sí, es fascismo'. Y decía que se había resistido a usar el término, pero que ahora necesitaba usarlo para describir la situación actual. —Fascismo es una palabra que debería utilizarse con mucho cuidado. En la historia de España tenéis un ejemplo claro de lo que fue el fascismo. Y por supuesto en Italia y Alemania. Yo mismo me he resistido a utilizar esta palabra sobre lo que está sucediendo en Estados Unidos ahora mismo. Pero cada vez es más difícil resistirse, porque la situación cada vez es peor. Y hay personas en esta administración, unas cuantas, que son fascistas: por ejemplo, Stephen Miller [asesor de seguridad en la Casa Blanca y mano derecha de Trump]. Él es un fascista de primera línea. Y hay más personas en esta administración que están llevando el autoritarismo a un punto muy extremo. No sé cuántos hilos están tirando del presidente, y cuánto es él. Es muy difícil saber qué hay en su cabeza, si es que la tiene. En general, tengo cuidado con el uso de la palabra fascismo. Y no creo que estemos ahí, pero creo que nos dirigimos ahí.

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