«Dejar una campaña olímpica cuesta, pero el deporte tiene que hacerte feliz»

Abc.es 
De promesa olímpica a referente del wingfoil internacional. A sus 25 años recién cumplidos, la catalana Iset Segura representa como pocas regatistas la evolución natural de la vela moderna. Formada en la cantera clásica —Optimist, 420 y clases olímpicas—, su carrera deportiva la llevó a lo más alto del panorama internacional antes de tomar una decisión valiente: abandonar el camino olímpico para explorar nuevas formas de navegar. Hoy es una de las referentes del wingfoil internacional y protagonista, además, de una historia humana que trasciende el deporte: el rescate de un padre y su hija en alta mar, un gesto que le valió el reconocimiento oficial del presidente de Hungría. —Empecemos por el principio. Su historia en la vela arranca muy pronto, como la de tantos regatistas. ¿Cómo fueron esos primeros pasos? —Fue ya desde pequeña. Mis padres navegaban y yo pasaba todos los fines de semana en el club. Probé el Optimist y me gustó enseguida. Me subí por primera vez y ya no quise bajarme. Me enganchó la sensación de libertad, de manejar algo por mí misma, de competir, pero también de compartir tiempo con amigos. Desde muy pequeña el club fue mi segundo hogar. Me gustaba competir. Todo fue muy natural. Poco a poco fui compitiendo más, viajando, creciendo dentro del deporte. —Y además con resultados muy destacados: campeona de Europa en Optimist, luego 420, podios mundiales en Nacra 15, Nacra 17… —Sí, fueron muchos años muy intensos. Tuve la suerte de que se me diera bien desde el principio. Fui campeona de Cataluña, subcampeona de Europa… pero sobre todo aprendí mucho. El Optimist es una escuela brutal, no solo deportiva, también personal. Aprendes a ganar, a perder, a gestionar frustraciones, a convivir y también a hacer muchos amigos. En 420 navegué con Irene Hueto, luego pasé al Nacra 15 con Max Rondó y conseguimos la plata mundial. Después vino el Nacra 17 con Marcos Hernández, donde logramos el bronce mundial junior. Fueron etapas muy exigentes, pero también muy bonitas. —Todo apuntaba a una carrera olímpica clara, y sin embargo decide cambiar radicalmente de rumbo. ¿Por qué? — Fue una decisión muy meditada. Estaba entrenando en Lanzarote, centrada en el Nacra 17, y por casualidad empecé a probar el wingfoil casi como desconexión. Al principio era solo diversión, pero poco a poco me atrapó. Sentí algo muy diferente: libertad, inmediatez, menos estructura, menos presión. Me di cuenta de que estaba disfrutando más que compitiendo por objetivos que ya no sentía como míos. —No es fácil dejar una estructura tan marcada como la olímpica. —Sí, cuesta mucho. Hay una presión externa y también interna: parece que si sales de ahí estás renunciando a algo. Pero entendí que no todo el mundo tiene que seguir el mismo camino. Dejar una campaña olímpica cuesta, pero el deporte tiene que hacerte feliz. El wingfoil me devolvió la ilusión. —Ahora está en el circuito internacional de Wingfoil. - Sí, es un circuito muy dinámico. Es más parecido a la vela ligera en formato racing, con ceñidas, popas y táctica. Es diferente del freestyle o del slalom. Aquí se navega mucho con estrategia, lectura del viento y gestión del material. Es muy exigente físicamente, pero también muy técnico. —¿Cómo ve el futuro del wingfoil? ¿Puede llegar a ser olímpico? —Está en el debate y se ha hablado bastante de esta posibilidad. Ahora mismo es una clase muy abierta, con marcas distintas, materiales distintos… Eso le da riqueza, pero también complica una posible entrada olímpica. Para ser olímpico tendría que convertirse en una clase monotipo, y eso cambia mucho las cosas. A mí me gusta que ahora sea más accesible y variado. Veremos qué pasa. —Y luego está uno de los episodios que le ha marcado fuera del deporte: el rescate de un padre y una hija perdidos en alta mar en Grecia. —Sí, eso fue muy fuerte. Estábamos entrenando y al llegar a tierra nos avisaron de que un padre y su hija llevaban mucho tiempo a la deriva desaparecidos. Y sin pensar más allá, salimos a buscarles. La realidad es que muy angustioso, porque encontrar a alguien en el mar es realmente difícil. Cuando los vimos fue un alivio enorme, pero aún quedaba volver a tierra, además se estaba haciendo de noche, pero ahí no terminó todo. Estaban agotados, asustados, sin flotación. Recuerdo la tensión. Cuando les encontramos mi compañero se fue rápidamente a tierra a buscar ayuda y yo me quedé con ellos, les di mi tabla, intenté tranquilizarles, aunque yo también estaba muy nerviosa interiormente, pero les intenté transmitir calma. Estuvimos casi una hora esperando hasta que llegó ayuda. Sabes que cualquier error puede ser grave. Pero al final llegó una embarcación y afortunadamente todo salió bien. Fue un momento muy intenso. —Y después vino el reconocimiento oficial… - Sí, fue una cosa totalmente inesperada. Al cabo de unas semanas recibo una llamada de un número extraño, y era del gobierno de Hungría, que se ponía en contacto con nosotros para informarnos que el presidente del país quería concedernos una distinción. Nos invitaron a una ceremonia y el día que nos condecoraron nos reencontramos con la familia y fue muy emocionante. La realidad es que no haces estas cosas pensando en premios, era una cosa que si nos había pasado por la cabeza, fue una sorpresa, pero lo que está claro es que te deja una huella muy profunda. Te das cuenta que el deporte también puede servir para salvar vidas. —¿Qué se lleva de todo esto, dentro y fuera del deporte? —Que el mar es maravilloso, pero hay que respetarlo. Y que ayudar a los demás es algo que debería salirnos de forma natural. En el agua todos dependemos de todos. Eso no se olvida y es una cosa que nos acordaremos toda la vida —Para terminar, ¿qué objetivos tiene ahora por delante? —Mi intención la temporada pasada era la de acabar de la mejor forma y posición posible y seguir creciendo en el circuito. De cara a este nuevo año me gustaría estar entre las tres mejores del mundo. Pero sobre todo, seguir disfrutando. Si pierdo eso, no tendría sentido.

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