Manuel Viso, médico: «El crujido de las patatas fritas activa la dopamina, el neurotransmisor del placer, y tu cerebro aplaude»

Abc.es 
Explica en una de sus últimas publicaciones en las plataformas digitales el doctor Manuel Viso, especialista en hematología y medicina interna, que el gesto inocente de abrir una bolsa de patatas fritas suele ser el principio de una cadena difícil de detener . Pero ojo porque no es culpa nuestra, sino nuestro cerebro. Así ya que podemos culpar a la neurociencia de este asunto. «Están diseñadas para que no puedas parar», explica el divulgador, que ahonda en el poder adictivo de estos snacks. El médico apunta en la grabación que ha sido publicada en Tik Tok que el popular aperitivo combina varios estímulos que engañan al cerebro y lo incitan a seguir comiendo. «El crujido activa la dopamina, el neurotransmisor del placer, y tu cerebro aplaude», afirma en el vídeo. Una sensación rápida de recompensa, unida al sabor salado y graso, que se convierte en una trampa para el sistema nervioso. A este «combo perfecto», como lo define el creador de contenido, se suma un fenómeno fisiológico conocido como sensory-specific satiety o saciedad sensorial. Que se trata de un fenómeno psicobiológico, que hace que cuando un alimento ofrece múltiples estímulos -textura, sonido, sabor intenso- el cerebro retarda la señal de saciedad. El resultado es que no te cansas del sabor y sigues comiendo más de lo que necesitas. Además, la textura de las patatas juega un papel decisivo. «Se deshacen rápidamente en la boca, y eso hace que el cerebro interprete que no tienen muchas calorías», apunta el médico. Sin embargo, la realidad es bien distinta: la mayoría de las bolsas contienen entre 500 y 550 kilocalorías por cada 100 gramos . Una bolsa de 150 gramos -una de las más comunes- puede alcanzar fácilmente las 800 calorías, casi lo mismo que una comida principal. Otro componente que potencia la adicción es el glutamato monosódico, uno de los realzadores del sabor más utilizados por la industria alimentaria. «El glutamato amplifica la intensidad del gusto umami y refuerza el deseo de seguir comiendo», añade el experto. Este compuesto, junto con la mezcla de grasa, sal y textura crujiente, genera lo que los expertos en neurociencia alimentaria llaman un punto de felicidad (bliss point), el equilibrio perfecto entre placer y estímulo. «Si no puedes parar, no eres débil, las patatas son fuertes, no eres tú, son ellas», indica.

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